2 mayo, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

El hombre llegó solo. 

Vestía una chaqueta de lino gris, descolorida, y unas botas de piel que, cubiertas de polvo, parecían haber caminado medio mundo.

La cantina, repleta de parroquianos eufóricos, era un hervidero de carcajadas, gritos desafinados y vasos chocando como olas. Una nube de humo de tabaco flotaba densa, y el olor a sudor y alcohol caldeaba aún más el aire espeso.

Pero el hombre no titubeó. Empujó las puertas abatibles sin dudar y, con la familiaridad de quien regresa a un lugar conocido, fue directo a ocupar el único asiento libre al final de la barra: una silla que suele estar desocupada por ser la más incómoda para quienes van en grupo, pero para aquel solitario parecía ser el lugar mejor ubicado, el que lo aislaba de la vorágine del mundo.

Quino, el barrista, se acercó servicial. Con voz farragosa y en un español trastabillante, el hombre pidió una cerveza, oscura, y la bebió a sorbos lentos, ceremonioso, con la parsimonia que pueden obsequiarse quienes han dejado atrás las urgencias del día a día y ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte.

No hizo gestos a la estridencia de los borrachos que por momentos lo apretaban, ni se distrajo en reconocer el lugar, como hacen la mayoría de los foráneos: su mirada y sus pensamientos parecían clavados en un lugar y en un tiempo muy lejanos, y saboreaba su bebida con la actitud irremediable de los condenados.

Presentimiento, un bolero insustituible en las cantinas del puerto, se hacía lugar entre el escándalo: “Sin saber que existías, te deseaba/antes de conocerte, te adiviné” …  Al fondo del salón, un par de guitarristas, vestidos de blanco, se desgañitaban en un inútil esfuerzo por hacerse oír. “Llegaste en el momento en que te esperaba” …

Desde el otro extremo de la barra, disimuladamente, observé al hombre. En el color de su piel, en los ojos hundidos, en la nariz ligeramente aguileña, creí adivinar rasgos familiares. Algo que me era próximo, aunque no podía nombrarlo. La barba blanca cerrada, lo inexpresivo de su rostro, la austeridad de sus gestos… un inexplicable halo de soledad lo acompañaba.  

Apuró el último trago de cerveza, levantó la mano y pidió un escocés “normal y corriente”. Quino, le sirvió un Black Label, “en una copa a la que añadió la misma cantidad de agua, partió el hielo con un picahielos y echó dos bonitos pedazos”. Minutos después, uno de los meseros le acercó un plato surtido de botanas que apenas si probó. Era evidente que el hambre no lo había traído.

No duró en la cantina más tiempo de lo que lleva beber una cerveza y un par de whiskies dobles. Pagó la cuenta y dejó sobre el mostrador un billete. Casi anochecía cuando se abrió paso entre los bebedores que invadían los pasillos y salió a la calle con su infinita carga de abandono y el andar firme de quienes han caminado demasiado para mirar atrás.

No nos saludamos.

Ni siquiera sé si me vio, si se fijó en algo o en alguien.

No volveremos a coincidir.

Ahora sé que sólo la providencia nos reunió en el mismo milagro con el que se cruzan las órbitas de planetas y cometas.

Ofuscado por los efectos de la embriaguez, pagué mi cuenta y salí. Cinco tragos, la medida correcta para un jueves de septiembre.

Había oscurecido y sentí la humedad habitual de las noches del puerto. El aire limpio olía a sal. Las calles empedradas relucían solitarias. Una patrulla, con sus parpadeantes luces bicolores, iluminó de azul y rojo las piedras grises de la muralla.

De repente, una revelación me estremeció: yo ya había visto ese rostro. 

Llegué a casa con el corazón acelerado y, en medio de mi embriaguez, rebusqué con urgencia entre los estantes desordenados de mi biblioteca.

Finalmente, avanzada la madrugada, di con el viejo volumen de las Lecturas Clásicas para Niños. Allí, en apenas un capítulo, se narra la leyenda del Holandés Errante, el marino condenado a navegar sin descanso por la eternidad. Leí con avidez, pero, no, en la fantástica historia no había descripción alguna de la fisonomía del navegante.

Y, sin embargo, yo lo había reconocido.

Ya asomaba el amanecer cuando me venció el cansancio. Y volví a soñar un sueño de mi infancia, que me acompañó durante años, en el que veía con claridad el rostro del marinero que, castigado por su audacia, tocaba tierra una vez cada década.

Desperté sobresaltado y con la certeza de haber sido testigo de un prodigio. Más tarde, cuando asomé a la calle, el cielo estaba plagado de nubarrones que el viento arrastraba con coraje. 

Con el pecho oprimido por la emoción, murmuré:

¡Hasta siempre, marinero!

En la bitácora del puerto, quedó asentado el zarpe de un barco a vela esa madrugada, con destino incierto.

Volví a la cantina al otro día. Quino no pudo recordar al hombre, ni el billete antiguo de cinco libras que había dejado sobre la barra.

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