11 octubre, 2026

El hombre que caminaba sobre el agua (I) – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Fue en uno de los días de abatimiento causados por la plaga de langostas cuando apareció el sabio. Salió del monte abriéndose camino entre la turba de insectos voraces que se levantaban a su paso, avanzó lentamente por la calle principal y se detuvo bajo la escasa sombra de la deshojada ceiba del centro del pueblo. Todos salieron cuando el ladrido de los perros delató su presencia y, hasta entonces, don Ciro recordó que, con el alboroto para espantar la plaga, no había prestado atención a los insistentes cantos del pájaro carpintero que, después de mucho tiempo, volvía a anunciar el arribo de un extraño.

—Haciendo de tripas corazón, nos acercamos —me comenzó a contar con inocultable emoción don Ciro.

El hombre estaba sentado sobre sus piernas, como dormido con los ojos abiertos, porque tenía la mirada fija en algún lugar muy distante y no parpadeaba. Los insectos se le subían por todos lados, buscando qué comerle, y él ni siquiera pestañeaba cuando brincaban desde su nariz para seguir su rumbo de hambre insaciable.

Tenía casi todo el rostro cubierto por una barba blanca que le llegaba hasta el pecho. Su cabello era ondulado, largo y se adivinaba tieso como crin de caballo. Por su apariencia venerable, desde ese primer momento se ganó la devoción y el aprecio de todos.

“A pesar del tizne y el polvo que cubrían sus ropas raídas, de la suciedad que se adivinaba en todo su cuerpo, tenía un gesto de placidez que nos hizo olvidar las angustias del mundo y nos colmó de una felicidad nueva, profunda.”

Al volver de su recóndita meditación, descubrió que todos, adultos y niños, reían como enloquecidos, atacados por un extraño arrebato de excitación. Los miró sin sorpresa, como si los conociera de siempre, y en sus ojos azules los lugareños advirtieron que él también reía.

Se puso de pie. No era un hombre alto y, con la naturalidad de un viejo conocido, los invitó:

—Hermanos, demos gracias a nuestra madre naturaleza por el alimento que nos obsequia.

Agarró un chapulín que se había enredado entre su barba y, en lugar de pisotearlo, lo olió casi con placer y lo desapareció entre el bigote espeso que ocultaba sus labios. De la docena de chapulines que se comió aquella tarde, sólo escupió las patas traseras y todos, con alegre solidaridad, en un juego inexplicable, terminaron almorzando insectos, siempre eufóricos, animados por la facilidad con que aquel hombre, encarnación de sabiduría y bondad, saboreaba el crujir de alas y cabezas.

Aliviada el hambre, habló con su voz gruesa, recóndita, de sabio:

—La Madre es natura, hermanos, y en su providencia está el equilibrio entre sus hijos. Nada es malo ni todo es bueno en su totalidad. Cada cosa tiene un lugar preciso en el universo, una responsabilidad con la creación. Son nuestros humores los que alteran el orden de los elementos. ¡Vean a las aves cómo cantan agradeciendo la abundancia de alimento! En cambio, véanse ustedes, como si estuvieran abrumados por esa felicidad ajena. ¡Alégrense con el milagro de esta vida que es apenas un paso en el camino de la eternidad! Vengan, sin pena ni miedo, tomémonos de las manos y hagamos un círculo alrededor de este árbol que nos acerca al cielo.

Y ahí nos quedamos haciendo lo que nos decía el sabio —siguió contando don Ciro—, embelesados por sus palabras vigorosas que revelaban su sabiduría.

Después de abrazar entre todos a la ceiba, igual que niños alborozados, el sabio dedicó varios minutos a dar algunos consejos sobre cómo aprender a enfrentar la adversidad, algo así como que a la vida hay que encontrarle la vuelta, igual que a una guanábana podrida, a la que nomás le aprovechas lo bueno y lo demás sirve para alimentar a los gusanos, que son criaturas con el mismo derecho a vivir que los demás animales.

Le ofrecieron compartir alguna de las viviendas que habitaban, pero él prefirió acomodarse al otro extremo del pueblo, lejos de los ruidos de los niños y de las conversaciones de los adultos, nada más con las cosas que acarreaba en un morral de lona y que, seguro, no eran muchas.

No aceptó ninguna de las cosas que le ofrecieron, ni el quinqué, ni las tortillas, ni la hamaca. Él agarró para un lado y los demás para el otro; sin embargo, los del pueblo iban con el ánimo repuesto, sin el desconsuelo que los martirizaba apenas unas horas atrás, saboreando la frescura suave de aquella noche nueva, llena de buenos augurios en el croar de los sapos y en las estrellas que a cada rato se desprendían del firmamento.

“Estuvo en el pueblo entre cuatro y seis meses, enseñándonos a comer gusanos de palo, hueva de hormiga, cogollos de bejuco, corazón de palma y un montón de plantas que ni imaginábamos que fueran alimento. También nos enseñó a criar abejas y, en el frente de las casas, colgamos troncos huecos para alojar nuestros insectos domesticados. Lo que él deseaba, nos dijo, era limpiarnos la inmundicia de la vanidad y devolvernos a la armonía que prevaleció antes de ser corrompidos en esta tierra.”

Les contó que, en algún tiempo, antes de que los abuelos levantaran sus templos y pirámides, los hombres y mujeres eran una misma familia y sólo imperaba la felicidad entre los montes. Que junto al progreso llegaron la avaricia y el sufrimiento, y que a comunidades como aquella, perdida en la soledad de la montaña, les tocaba recomponer la convivencia perdida.

“Para ser sincero, doctor, no comprendíamos mucho de sus enseñanzas, pero lo escuchábamos absortos, memorizando sus palabras y deseosos de instruirnos en esos asuntos del espíritu y de la naturaleza que, eso sí, nos devolvían la esperanza.”

Entre sesiones de meditación, oraciones a la ceiba, asado de chapulines, rastreo de gusanos y cosecha de miel, los días se fueron rápidos y felices, como si todos en el pueblo hubieran retornado a la niñez y encontrado un padre que sabía los secretos del bien vivir.

Todos andaban entretenidos en el aprendizaje de guisos naturistas, el descubrimiento de virtudes herbolarias y el disfrute de la existencia simple, a secas, como exhortaban las enseñanzas del sabio.

Las langostas siguieron su ruta de desolación y el monte recuperó su verdor. Mientras tanto, el sabio ocupaba los sopores de las tardes para hablar, siempre con su mirada azul atisbando el infinito, sobre los conflictos del existir y las incalculables posibilidades del espíritu.

“No son ignorantes”, los regañó cuando alguna mujer se lamentó de haber elegido el destierro y que, por ello, los hijos no conocieran la escuela.

“La razón se construye desde los sentidos y cada quien tiene un pedazo de realidad que, cuando se juntan, da lugar al conocimiento. Ver el mundo con los ojos de otros es el principio del saber. Pero, así como se puede vivir sin comer carne, a nadie mata andar sin saber lo que saben los demás.”

Entreveraba sus enseñanzas con historias inconcebibles para las mentes aprisionadas en la frontera de la montaña. Les habló del mar y sus monstruos, más grandes que las pirámides; de navegantes eternos que empeñaron el alma para vencer tormentas; de ciudades de arena donde el sol no se ocultaba y cuyos habitantes eran ciegos; de hombres que renegaban de la vida, agobiados por la inmortalidad. El mundo es tan grande, les reveló, que no alcanzaban los sueños para abarcarlo.

Ellos le habían contado sobre su permanente andar en los montes, de las agresiones que los empujaron a lo profundo de la montaña, de los madereros que les obsequiaron el pueblo, de las desgracias y alegrías que guardaban en la memoria, y nada más los escuchaba entre bostezos, como si estuvieran repitiendo cosas que él ya sabía.

Un día, pasado el azoro que había causado a todo el pueblo al descubrir que caminaba sobre el agua, los sorprendió con una pregunta.

—¿Qué saben de los gigantes que viven por estos rumbos? —inquirió una tarde, cuando la ceiba había recuperado el verdor de sus hojas y todos cabían en su sombra grande y redonda.

Los tomó desprevenidos porque hacía años, desde mucho antes de la construcción del aserradero, que no habían vuelto a hablar ni a recordar a aquellos desventurados moradores del monte. Intentaron juntar los retazos que encontraron en la memoria, pero eran incompletos y contradictorios. Así que el sabio les encargó que cada quien recogiera sus recuerdos y, de tarde en tarde, se los fueron contando, uno por uno, hasta que aquella vespertina sesión de invocaciones se volvió una práctica cercana al desahogo o a la confesión.

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