11 octubre, 2026

El hombre que caminaba sobre el agua ( y II) – Desde el Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

“Yo le dije lo que sabía, doctor: que seguro hubo una época en la que eran muchos, tantos que se les encontraba con regularidad por distintos rumbos de la montaña, y los abuelos tuvieron que inventar una palabra para nombrarlos: Sinsimito. Cuando alguien decía: ‘Me encontré al Sinsimito’, todos sabíamos que hablaba de un gigante de más de dos metros de altura, cubierto de pelo lacio y largo, con los pies enrevesados, pestilente e inofensivo. Preparaban sus refugios con zacate y bejuco, tan bien construidos que se mantenían secos durante la temporada de lluvias. No andaban en grupo ni en pareja, sino solos, como si entre ellos trajeran una enemistad insuperable, y eran los machos quienes se ocupaban de los hijos. La mayoría de nuestros antepasados los conocieron y nos hablaban de ellos sin temor, como se refiere uno a los pájaros o a los tapires. Yo acompañaba a mi padre cuando nos topamos de frente con uno: con la escopeta lista, amartillada, a cuatro o cinco metros de distancia, mi padre no se atrevió a dispararle. Y los dos vimos en su mirada una tristeza que no era de animal ni de humano, sino de otro mundo. Cuando se lo contamos a mi madre, aprovechó para reiterarnos su creencia: ‘Se los repito, incrédulos: ¡son ángeles abandonados, miserables que no hallaron el modo de volver a sus territorios de santidad!’. Quizás ella tenía razón y un día consiguieron la forma de partir, desaparecieron y, como es normal, sus recuerdos se nos están yendo, y hasta la palabra que los representaba tendrá que desaparecer porque ya no hay para qué usarla”.

…..

Pasaron semanas en aquellos ejercicios vespertinos de imaginación, más que de memoria, con los que el sabio intentaba esculcar lo que supieran de los gigantes. En ocasiones, parecía dormir con los ojos abiertos mientras escuchaba los recuerdos y sueños de todos los que quisieron compartir su testimonio, pero no daba señas de hastío o cansancio, a pesar de que las sesiones se prolongaban durante horas, pues algunos aprovechaban para contarle alguna pena disimulada, algún rencor mal tratado o alguna envidia persistente. Pegado al fogón, vigilando que no se quemara su guiso de la tarde; abriendo bejucos para alcanzar una piñuela; haciendo en el patio un almácigo de cilantro o contemplando el ennegrecimiento de las nubes desde el tronco de la ceiba, escuchó los miedos y los sueños con que lidiaba aquella comunidad de remontados.

“En las tres ocasiones en que acudí a compartirle mis recuerdos no vi en su rostro ninguna expresión. Sólo insistió en que fuera fiel a los hechos, que exprimiera la memoria y le diera detalles del encuentro que tuvimos con el gigante: a qué distancia, el color de la piel, de los vellos y de los ojos, la estatura, las manos, algún rastro de vestimenta, un aura, el humor que nadie puede esconder. Así comprendí que el sabio, con todo y que era capaz de caminar sobre el agua sin mojarse los pies y entre espinas sin lastimarse, no podía leer nuestros pensamientos y sólo adivinaba, intuía, nuestras emociones.”

Una tarde limpia de melancolías, en que regresaban de recoger nances, el sabio avisó que su estancia en el pueblo llegaba a su fin y continuaría su inacabada búsqueda de la verdad. Aprovechó los resplandores del sol rojísimo de ese día para entrar al patio de cada casa a revisar la salud de las siembras y despedirse. Habló en voz baja con cada familia, como confiándole a cada una algún consejo especial; acarició el rostro de los niños; intentó contener con su sonrisa la tristeza de huérfanos que había en los lugareños; cenó unos pedazos de yuca cocida y no quiso que le prepararan alimentos para el viaje. Antes del amanecer, acompañado por el ladrido vehemente de los perros, cuyo eco se alargaba al doblar en las esquinas de las calles dormitadas, el sabio se internó en el monte con su carga incalculable de conocimientos. No se supo qué rumbo agarró, porque los ladridos se bifurcaban y se oían por todos lados. Pero no tardaron en volver a saber de él.

Los altísimos círculos que dibujaban unos zopilotes al volar al borde de las nubes anunciaron que había un muerto en la montaña. Un par de campesinos, que se habían internado en el monte siguiendo el rastro de un tepezcuinte, se aproximaron al lugar en el que comenzaban a aterrizar los carroñeros. Divisaron un bulto colgando de una rama no muy alta de un árbol de guásimo. Se acercaron hasta descubrir que lo que pendía de aquel gajo frágil era la levedad de las pocas carnes y de los huesos del sabio.

Los hombres regresaron apresurados a enterar al pueblo del hallazgo: “Se mató el sabio, se mató el sabio”, gritaban a todo pulmón desde media calle, y ahí se fueron todos a la carrera, varones y mujeres, niños y adultos, cincuenta y siete cristianos en total, incluyendo a los críos de brazo, a comprobar la fatídica noticia: había anudado al cuello las mangas de una camisa y pendía de una rama seca, hecho una piñata obscena a la que, tímidamente, se fueron acercando. El sabio tenía la cabeza inclinada hacia la izquierda y los ojos azules estaban fijos en algo que no era de este mundo; el pecho estaba desnudo, sólo cubierto por un pelambre blanco que también le protegía parte de la espalda; las manos y los pies que conocimos pálidos habían ennegrecido y se veía pequeñito, como si la muerte le hubiera quitado tamaño. El rostro era el mismo de siempre, inexpresivo, sin ningún gesto que revelara emoción o sufrimiento.

No se recuperaban del azoro cuando advirtieron que, además de zopilotes, se habían congregado cientos de aves, de diversos tamaños y colores, que disputaban o defendían sus espacios en los árboles que rodeaban al ahorcado. Poco a poco el alboroto de los pájaros fue aumentando hasta que, casi al anochecer, como si se hubieran puesto de acuerdo, callaron y lo profundo del silencio hizo que la gente hablara quedito, como si no quisieran alterar la paz que se había asentado en el monte.

Las mujeres recolectaron cuanta flor hubo en los alrededores y las amarraron en grandes manojos, con los que hicieron un cerco de color alrededor del colgado. Nadie se atrevió a tocarlo y tampoco hablaron sobre la posibilidad de bajar el cadáver. Todos coincidieron en que era más digno y menos cruel que se lo comieran los zopilotes, a que el cuerpo se pudriera bajo tierra o se convirtiera en cenizas por el fuego. Así que encendieron unas fogatas nomás para custodiarlo esa noche, y ahí se quedaron los varones adultos, recordando sus palabras, acompañando a un muerto que seguía viéndolos con la misma mirada de cuando estaba vivo.

Quizás atraídos por el resplandor de las hogueras, los acompañaron en el desvelo un gran número de animales que, con sus ojos convertidos en brasas, animaron las horas más oscuras. Al salir el sol pusieron a los pies del ahorcado una cruz grande de hojas y, no sin el sofoco de la tristeza, se marcharon cabizbajos y en silencio, para que las aves carroñeras se hicieran cargo.

La zopilotera duró meses porque ningún animal se atrevió a profanar el cuerpo, que tampoco se corrompió, y ni las moscas lo rondaron, sino que se quedó tal cual, muerto, pero con el cabello, la barba y las uñas creciéndole; cada vez más flaco y vistiéndose del verdín que cubre los troncos de las plantas.

Iban a verlo de vez en cuando, al principio nomás por el deber cristiano de acompañar al muerto, pero al paso de los días los fue invadiendo el germen de la curiosidad y, sin querer, fueron testigos de su increíble transformación. Al cabo del primer mes percibieron que aquello no era cosa de este mundo y familias enteras pasaban el día junto a aquel accidente de la naturaleza que había convertido a un hombre muerto en vegetal vivo: primero el cuerpo colgado enverdeció y lo poblaron mariposas; después lo fueron envolviendo los bejucos hasta inmovilizarlo y comenzó a florear; de repente, un chupaflor anidó en lo que habían sido sus barbas y, a fuerza de costumbre, se transformó en una vara que fue encarneciendo hasta ser un tronco decente. Ahí se quedó en el monte, convertido en un Pich gigante que, como si nada, se engulló al guásimo y siempre está plagado de nidos e iguanas.

“Aventuramos que el sabio se mató porque ya no alcanzó a conocer a los gigantes que, quizás, representaban su camino de salvación, una especie de últimos mensajeros hacia otras dimensiones. Se le cerraron los caminos para salir de este mundo y, como se dice ahora, ‘escapó por la puerta falsa’. Coincidimos también en que su único destino fue el cielo.”

Enfiestados con la presencia inspiradora del sabio, ni cuenta se dieron cuando los chapulines desaparecieron y retornó el orden a ese lado de la tierra. Gracias a sus enseñanzas, huyó del pueblo el sentimiento de pobreza y, a pesar de lo escaso de las reservas de comida, las familias volvieron al disfrute de la vida simple que sólo la Madre Naturaleza puede prodigar.

De la plaga de langostas nomás quedó lo necesario para alimentar a las aves, y las siembras recobraron el buen humor. Otra vez hubo cosechas abundantes y, aunque todos andaban harapientos, sin cartuchos para las escopetas ni petróleo para los candiles, se acomodaron tan bien al ritmo del monte que a nadie se le ocurrió salir en busca del progreso que se habían llevado los taladores.

“Nos ajustamos a la bendición de la montaña y éramos un grupo de familias salvajes, satisfechas y en paz, viviendo en casas de lujo de un pueblo inservible. Pero bien dicen que los malos hábitos no se olvidan, porque bastó que aparecieran los primeros chicleros para que se nos hiciera agua la boca al imaginar el dulce del azúcar, y nos descubriéramos desnudos al verlos con sus ropas de tela gruesa.”

…..

“Es verdadero, doctor. En varias ocasiones vimos al sabio caminar sobre las aguas de la laguna. El sabio acostumbraba ir al anochecer a enjuagarse. En la orilla se quitaba la ropa y, en calzoncillos, se echaba agua encima con una jícara hasta empapar su enredado pelo blanco. Nadie se pudo explicar cómo aguantaba las nubes de mosquitos que se le arremolinaban, pero lo cierto es que ni lo picaban: nunca le vimos una sola roncha en los brazos. Pues el hombre se metía al agua y sus pies no se hundían en el lodo de la orilla. Como si estuviera sobre un espejo, daba pasos sobre la superficie y sus pisadas no levantaban ni una onda. Sí, doctor, todos tuvimos la bendición de ser testigos de aquel milagro.”

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