17 octubre, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Hoy me interné en los acahuales. Seguí uno de tantos caminos abiertos en el pasado, en los tiempos de los auges maderero y chiclero. Salí nomás porque sí, a caminar y a evocar los relatos de mi abuelo, a sentir los olores del monte, a intentar ver lo que sus ojos vieron, a imaginar el mundo que alguna vez se asentó en esta parte de la tierra.

El silencio del monte, poblado de ruidos que siempre están ahí a la espera de ser escuchados, me acompañaba paso a paso, como recogiendo el sonido de mis pisadas.

Caminaba apuntando en la memoria cerros y piedras, troncos chamuscados en los que se adivinaban los estragos de las quemazones que, años atrás, habían enralecido la montaña.

Vi árboles y comejenes que no dudo ya estaban desde la época de los madereros; encontré restos de urbes monumentales que seguro fueron construidas por gigantes; percibí olores y ruidos que eran mensajes en el idioma del monte; vi estelas que aún conservaban la escritura preciosista de nuestros antepasados. Me detuve para curiosear algún ave que anidaba, a espiar una madriguera de armadillos, a recoger ciricotes y nances que mi madre convertiría en dulcísimas conservas.

Regresé al pueblo todavía con sol, por el lado del cementerio atestado de tumbas anónimas, y alcancé a ver los montones de piedra con que se construiría el arca de doña Asunción. En vano intenté adivinar el lugar donde había estado el tinglado de La Carlota y sus muchachas, porque todo era un montazal que cada vez se acercaba más al pueblo, como queriendo ser parte de la costra de tiempo que ocultaba el origen de ese caserío construido con el miedo de sus fundadores y las ambiciones de quienes llegaron después.

La luna, una marca de tiza blanca en la pizarra transparente del infinito, se enfilaba hacia lo más alto de un cielo limpio en el que se dibujaban las veloces manchas grises de las golondrinas, y el sol rojísimo caía al otro lado de la tierra, una rutina sempiterna que atestiguaron los gigantes a lo largo de su indescifrable existencia.

Pasé al lado del galerón desvencijado donde se pudrían los fierros del aserradero y, como si fuera la primera vez, me sorprendí al ver las calles blancas solitarias, polvorientas, con los cedros en fila como una hilera de gigantes. La mayoría de las casas de madera que levantaron los polacos estaban adornadas por buganvilias rojas y el humo de los fogones impregnaba la tarde de un olor parecido a la nostalgia.

Trueno y Relámpago, enésima generación de los perros de la casa con los mismos nombres, salieron a recibirme con el entusiasmo de siempre, zalameros, restregándose entre mis piernas. Encontré a mi madre en el patio, en su rutina de barrido de cada tarde, levantando hojas secas y cualquier cosa que a su juicio ensuciara su solar apretado de plantas, en el que sobresalía, muy alto, un árbol de caimito, y unos naranjos que circundaban la propiedad. Con la escoba espantaba unas gallinas cluecas que rascaban y picoteaban entre la basura, listas para encaminarse con sus pollos a su lugar de pernocta.

Sonrió y me abrazó fuerte, como si tuviera mucho tiempo sin verme. Seguro sabía que yo estaba volviendo de los confines de la memoria de don Ciro Cahuich Aké, mi abuelo, último sobreviviente de las ocho familias fundadoras del pueblo y de una generación que sólo existió para quienes los conocieron porque no precisaron acta de nacimiento ni identificación alguna que diera testimonio de su paso por esta tierra.

Entré de nuevo a la casa, dejé el sombrero entre la cornamenta de una cabeza de venado que adornaba la salita y me acomodé en la hamaca donde mi abuelo descansaba al volver del monte, reposaba la siesta, platicaba con las visitas, sudaba las calenturas, dormía con sus fantasmas, escuchaba la radio hasta que las transmisiones se ahogaban en un chasquido eléctrico. Cerré los ojos y recordé mi infancia, cuando yo le quitaba las sandalias, y volví a observar sus pies gordos, medio cuadrados, como caparazones de tortugas, cenizos por el polvo de tantos años de andar los caminos de la montaña.

Mi madre calentaba la comida en el fogón de la cocina abierta, sin paredes, que era parte del patio, cuando salí a buscar agua al pozo para lavarme la cara. Con su voz bajita, tímida, me dijo sin quitar la mirada de la olla donde empezaba a hervir un puchero de gallina:

—Tampoco vayas a creer todos los cuentos que te contaba tu abuelo.

Desde los acahuales que rodeaban el pueblo, las chachalacas habían comenzado con su griterío, que era anuncio del anochecer y de la hora de encender los quinqués y cerrar las ventanas.

—Madre, ¿de qué murió tu tío Santiago?

—No, hijo, si él no está muerto. Es tan buena gente que los aluxes y los gigantes lo cargaron al otro lado de la vida, allá a donde quería ir el sabio. Cualquier día se nos aparece, tan campante y quitado de la pena como cuando se fue.

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