Inosente Alcudia Sánchez
Conocí al doctor Isaac Salvatierra Castilla al pie de mi hamaca. Llevaba dos o tres años viviendo en el pueblo, pero no habíamos intercambiado ni los buenos días, hasta esa mañana en que, a instancias de mi mujer, fue a verme. Su apariencia no correspondía con la extensión de sus apellidos ni con sus estudios. Era moreno, de escasas cejas y bigote ralo, y vestía como cualquiera de los chicleros, con camisas y pantalones de tela gruesa color café, botas de hule y sombrero de paja. En una ocasión le pregunté por qué no usaba ropas blancas como los de su profesión y me contestó que los colores eran invento de comerciantes para mejorar su negocio:
—Don Ciro —me aleccionó—, la diferenciación más superficial entre las cosas es la de los colores. Privilegiar el color es negar los demás atributos de la naturaleza.
Al hablar, el doctor Isaac parecía otro. Su trato delicado y su manera de expresarse revelaban enseguida a un hombre de ciudad. Sin embargo, de no ser porque tenía el aval del comisario, pocos se hubieran atrevido a confiar su salud en ese individuo tan común e, incluso, tan pequeñito.
Hasta antes de mi enfermedad lo había visto de lejos y se me figuraba, a lo mucho, un charlatán en desgracia. No nada más a mí: un día, a la salida del templo, escuché a una señora afirmar convencida, “¡Ese doctor Isaac es un matacochinos!”. Y es que el servicio más demandado al doctor era de carnicero, labor que desempeñaba como un verdadero especialista del fileteo y el deshueso, y muy pocos se arriesgaban a cambiar sus curaciones de yerbas por las medicinas que él recetaba. Además, sus apellidos eran un lastre que en lugar de enaltecerlo se prestaban para la sospecha y la burla, porque, como él mismo llegó a confesarme, “quién puede confiar en un indio doctor que además se apellida Salvatierra Castilla”.
El caso es que estaba yo a la buena de Dios, aturdido en el letargo de una de esas dolencias del espíritu que te enferman el cuerpo, con varios días tirado en la hamaca sin abrir los ojos, cuando mi mujer lo llevó a auscultarme. Sin averiguar las causas de mi postración, el doctor descifró mi padecimiento desde su primera visita y, quizás porque sufría dolencias parecidas, con la terquedad de mula mañosa me sacó de mis desvaríos -si bien las pesadillas se me quedaron años-. Iba diario, siempre al atardecer, recién bañado y oloroso todavía a jabón, a preguntar cómo me sentía, a escucharme el corazón, y comenzamos a enredarnos en pláticas interminables, hasta que construimos una rutina en la que se apropió de mis tardes y de mis memorias, aunque lo correcto es decir que compartimos silencios y el intento por reinventar a fuerza de palabras lo que habíamos sido. A nadie extrañó la asiduidad vespertina del doctor. Sentados en la terracita que da a la calle, decíamos adiós a las familias que aprovechaban la frescura del anochecer para acarrear agua o a los trabajadores que volvían sucios y cansados de desangrar las matas de chicle. “Hasta se parecen”, se burló mi hija, una tarde de aguacero torrencial en que eché de menos su visita. Esa noche, en el agobio de la duermevela, lo soñé como el hijo y el hermano que no tuve, como mi padre muerto, y entendí que compartir recuerdos nos había hermanado, igual que si lleváramos la misma sangre, y me propuse dispensarle un afecto leve, el único que merecen las querencias temporales.
El doctor había sido criado en una de esas casas grandes de los pueblos de la costa, donde su madre se esmeraba por servir con mansedumbre a los dueños, una pareja de las que llaman “buena familia”, pero a la que el destino le había negado el privilegio de la descendencia. Éstos, en un gesto de piadosos cristianos, lo habían adoptado y, por eso, acarreaba un nombre que siempre, a donde fuera, le descubría su origen bastardo.
Sus padres adoptivos lo enviaron a la escuela, lo vistieron con las ropas que habría usado su primogénito, le dieron trato y cariño de pariente y lo obligaron a estudiar medicina para confiarle, algún día, el resguardo de la salud familiar.
Isaac se aplicó a sobrevivir la crueldad de sus compañeros, que le embarraban de lodo la camisa limpia, lo empujaban al charco con los zapatos nuevos y, cuando lo veían de lejos, le gritaban “pelo de zorro”, burlándose de aquel cabello rebelde que en vano intentaba domesticar con plastas de vaselina. También se empeñó en cumplir los deseos de esas buenas gentes que se propusieron cambiar para bien su existencia.
Nunca tuvo novia. Se sentía como un espantapájaros dentro de las ostentosas ropas y los apellidos largos que lo cobijaban. Sólo en la escuela superior, lejos de los prejuicios de su pueblo, las tres o cuatro compañeras del grupo —citadinas ignorantes de las tribulaciones de los discriminados— se le acercaban confianzudas, revoloteando con la ingenuidad de animalitos silvestres en busca de su auxilio académico.
Isaac Salvatierra fue el mejor estudiante de su generación. Tenía aptitudes sobresalientes para la cirugía y el diagnóstico, y era un anatomista excepcional. Al cabo, méritos superfluos e inútiles porque apenas comenzaba a disfrutar el entusiasmo del deber cumplido cuando la viruela cayó sobre la ciudad de sus padres como una maldición, matándolos a fuerza de fiebres y granos que los pudrieron vivos.
No tenía más de un mes de haber regresado al hogar llevando bajo el brazo el pergamino de letras manuscritas que acreditaba su formación de médico cirujano y con el sueño de fundar un consultorio desde el cual ganarse la vida y cumplir el encargo de velar la salud familiar. Portaba con orgullo sus ropas blancas, incluida la bata con sus iniciales bordadas en mayúsculas grises que sus padres habían mandado a hacer, a su medida, con el mejor sastre de la localidad, como regalo de graduación. Era el premio, llegó a pensar, a sus tribulaciones infantiles y al generoso esfuerzo de sus padres, y hasta se atrevió a fantasear con el amor después de conocer a Araceli, una vecina adolescente de cabellos rojos cuya risa era un torrente de despreocupación que empapaba de alegría las tardes somnolientas en que acompañaba a su madre a la misa de seis.
El doctor Isaac entendió muy pronto el mensaje del infortunio: era uno de esos seres sin derecho a la felicidad completa, un error de la providencia, un impostor fallido. La enfermedad llegó de un día para otro, impregnando de miedo y dolor, de llanto y muerte, la brisa salobre que rebotaba en las atrancadas puertas y ventanas de la ciudad. No hubo familia que quedara a salvo de la desgracia y el doctor Isaac sólo pudo atestiguar cómo sus padres se fueron pudriendo en el ardor de las llagas, acostados sobre hojas verdes de plátano para refrescar sus heridas. “No los pude curar ni me atreví a librarlos de su sufrimiento”, murmuró el doctor en una de nuestras pláticas, protegido el temblor de su voz por la oscuridad de una noche nublada.


