14 agosto, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

La última en contagiarse fue su madre natural. Estaban en la cocina, preparando el atole para alimentar a los dos enfermos que se quejaban sin parar en un cuarto aledaño, cuando el doctor Isaac descubrió en las mejillas maternas el sonrojo de la fiebre. Casi con pánico, sintiendo que la garganta se le cerraba, palpó la frente de su mamá, sólo para comprobar que sí: algo hervía dentro de ese cuerpo menudito que lo había traído al mundo.

Alzó la manga izquierda de la bata que llevaba la mujer y vio que, en el lugar donde había aplicado la vacuna de linfa, un poco abajo del hombro, se elevaba una ampolla casi transparente, como si las carnes enjutas hubieran despreciado aquella oferta de salvación.

Dispuesto a compartir el destino de sus amados, sintiendo en las sienes el palpitar frenético del corazón, ese mismo rato el doctor Isaac agarró una jeringa, extrajo de su mamá el líquido blancuzco y se lo inyectó, con mano temblorosa, como quien se administra la certeza de su propia agonía.

Después entraron a alimentar a los moribundos.

Afuera, el sol hacía brillar las calles solitarias, pero el cuarto estaba apretado por una oscuridad titubeante que se movía sobre las paredes, huyendo de la flama de un quinqué asentado en el buró que separaba las dos camas. El doctor Isaac sintió el olor picante a sulfa y a carne podrida y tuvo que respirar profundo para evitar un estornudo.

Hasta entonces, su mamá y él habían usado tapabocas cada vez que entraban a la recámara. Ahora compartían la certeza de que también comenzaban a morir y se abandonaron al abrazo de la fatalidad. Mientras él les alzaba la cabeza, su madre les metía en la boca cucharadas de atole tibio, cuatro, cinco, igual que si fueran cotorros tiernos.

—Me voy a acostar un rato —le dijo ella al salir del cuarto.

Antes había limpiado los cuerpos purulentos y los había salpicado con un polvo amarillo, sólo por no dejar.

Isaac se dirigió a cerrar las ventanas y a atrancar la puerta. Sacó medio cuerpo para contemplar por última vez lo que había sido el entorno de su vida. No había nadie ni se escuchaban ruidos. A su derecha, la calle bajaba hasta la orilla del río, cuya corriente arrastraba troncos y moradas flores acuáticas. A la izquierda sólo se extendían las fachadas iguales, altas y pintadas de cal, con puertas y ventanas cerradas.

Entonces procedió, con resignación firme y sin asomo de miedo, a enclaustrarse y aguardar lo inevitable.

Su madre no volvió a levantarse de la cama.

Él se dedicó a esperar la muerte: la de los otros y la suya, idéntica muerte, una sola para todos.

Para sobrellevar la vigilia, en acecho de los síntomas mortales, el doctor Isaac se ocupó en cavar en el patio cuatro agujeros profundos, dispuesto a dejarse caer en cualquiera de ellos, llegada la hora, y a cubrirse con cal viva. Quería estar preparado para atestiguar el sucio espectáculo de la muerte.

Primero enterró a su madre adoptiva. Horas más tarde, a su papá. Unos días después, a su madre biológica.

Ese parecía ser el fin de los Salvatierra Castilla, una familia tocada por la calamidad justo cuando la vida les parecía alborada de un futuro mejor. Así debió pensarlo el doctor Isaac mientras imaginaba malestares que no aparecieron, porque no recordaba haber sufrido siquiera una gripe en aquellas semanas de horror. Y quedó abierto el hueco de la tumba que le correspondía.

Pero no volvió a salir de la vivienda.

Durante unos años —dos, tres, quizá más— se quedó a vivir de la caridad de los vecinos, entre las telarañas, los murciélagos, las ratas y toda clase de bichos y sabandijas que poblaron la casa grande de sus finados padres. El patio se tupió de bejucos y cadillos. La humedad fue descascarando las paredes.

Hasta que un día, como si fuera voluntad del mismo demonio, lo acuchilló el frío que provoca el miedo a morir.

—Sí, don Ciro, el temor a la muerte es como la muerte misma. A todos nos llega.

Me lo afirmó por experiencia.

Después de haberse soñado podrido y alimento de las moscas, por primera vez se sintió hecho una desgracia. Olió el hedor que despedía su cuerpo y sufrió náuseas, pánico, asco de sí mismo.

Era de madrugada y, trastabillando en la media claridad del cielo estrellado, llegó hasta el pozo. Se vació encima el primer balde de agua y sintió como si mil espinas diminutas se le clavaran en la piel. Se deshizo de las ropas percudidas y siguió enjuagándose, disfrutando el frío que le escurría hasta los pies, el temblor que lo estremecía cada vez que la brisa llegada del mar, con su olor a lodo, le lamía el cuerpo.

La claridad del amanecer comenzaba a borrar el brillo de las estrellas más débiles cuando entró a la casa y se cubrió con su bata de doctor, polvosa, impregnada del tufo del desamparo, pero libre ya de sus pestilencias.

Ese día el doctor entendió aquello de que los designios de Dios son inescrutables.

Y del miedo pasó a la impotencia, al coraje, al regodeo en el dolor que le había dejado la epidemia, la cual lo devolvió, en cuestión de semanas, a la orfandad más absoluta: la de aquel que nace a la intemperie y es abandonado al hambre de las bestias carroñeras.

—¿Acaso hay alguien preparado para la desgracia? —me llegó a preguntar el doctor Isaac, como si le urgiera justificar aquel periodo infame de su existencia.

La normalidad poco a poco se instaló afuera de su encierro.

Escuchaba el trote de los caballos y el rechinar de las carretas, el griterío de los niños corriendo por las tardes, el murmullo de las voces y el taconeo de los hombres que caminaban a prisa por las mañanas. Escuchaba también el repicar de la campana convocando a misa.

Olió la fragancia a rosas de la bella Araceli rasgando la brisa marina, pero imaginarla limpia y sonriente sólo agudizó sus miedos y su vergüenza.

Siguió viviendo como ermitaño.

Entreabría la puerta dos veces al día, cuando escuchaba los golpecitos —tactactac— con que alguien, nunca supo quién, le anunciaba que había dejado el plato de lentejas, de pescado frito, de frijol con puerco o de puchero. Él apenas abría lo indispensable para jalar el traste y, un rato después, para sacarlo vacío, limpio como muestra de su gratitud.

Así sobrevivió aquellos años el doctor Isaac, sacando fuerza del miedo a la muerte, que es la mejor manera de espantarla.

Y en la rutina de dedicar hasta tres horas del día, siempre al atardecer, a la minuciosa tarea de limpiarse, como si se tratara de un rito para enfrentar los espantos de la noche. Junto al pozo, hasta agotarse la luz del día, Isaac Salvatierra Castilla repasaba cada centímetro de su cuerpo desnudo con la parsimonia de un mono, en busca de algún grano, una ampolla, cualquier señal que pudiera incentivar el terror de agonizar en carne viva.

A veces, algunos niños alcanzaban a asomarse por encima de la barda que rodeaba el patio y, si lo veían, le tiraban piedras y naranjas podridas. Entonces él se les iba encima profiriendo aullidos y devolviéndoles las pedradas.

Era el loco de la ciudad. De eso, ni qué dudarlo.

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