Inosente Alcudia Sánchez
La cordura le retornó con hambre, una noche de vendaval, de esas de mal tiempo con que, por temporadas, el clima castiga las costas del Golfo. La vieja casona de mampostería, con su techo de tejas rojas ennegrecidas por la intemperie, rechinaba bajo los embates del viento, provocando el revuelo de unas palomas que habían encontrado refugio entre las vigas cuadradas de la cocina.
Como era habitual, el doctor estaba junto al pozo, entregado a su frenesí de limpieza vespertina. Los latigazos de la lluvia azotaban su cuerpo desnudo y abrió los brazos de frente al viento para sentir en el rostro el ardor del golpe de las gotas. En ese momento, un retorcijón le mordió el estómago y recordó que no probaba alimento desde el día anterior.
El temporal había impedido que sus desconocidos benefactores le llevaran la ración habitual de comida y, junto con el hambre, un escalofrío le hormigueó por la piel. Ahí, en medio del estrépito del vendaval que zamarreaba los árboles del patio, entendió que a la muerte no se le espera, sino que hay que salirle al paso. Y se sintió ridículo, como si acabara de descubrir su desnudez. No pudo evitar que las lágrimas enturbiaran su mirada y lloró quedito, como lloran los huérfanos definitivos, esos que no tienen ni perros que les ladren.
Entró en la casa y el llanto lo acompañó, convertido en sollozos contenidos que parecían espasmos, hasta que el sueño terminó por dominarlo.
Despertó con el sol. La tormenta había desaparecido y los toques habituales en la puerta de madera le anunciaron que los alimentos lo esperaban.
Pasaron varios días antes de que, vuelto a la lucidez, el doctor Isaac acopiara el valor suficiente para salir a la calle y dejarse ver por sus vecinos.
—No le puedo describir cómo me veía, pero es seguro que más que gente parecía yo un espanto —me dijo, sonriendo, en una tarde especialmente memoriosa.
Se atrevió a salir una media tarde, cuando, según sus cálculos, habría menos gente en las calles. Desde la banqueta, su mirada alcanzó hasta la orilla del río que desembocaba en el mar. Vio pelícanos y gaviotas, disfrutó el olor salado de la brisa y se enfiló decidido hacia la corriente oscura y chispeante.
En efecto, a esa hora no había nadie en el exterior. Conforme avanzaba, el doctor iba observando, como si nunca antes las hubiera visto, las fachadas iguales de las casas, sus puertas y ventanas de madera, sus colores claros, absorto en aquel reencuentro con la vida.
Llegó a la orilla del río, se sentó sobre una piedra grande y no sintió el paso del tiempo. Desde ahí observó cómo el manglar se poblaba de garzas, mientras el sol se hundía en el horizonte marino y pintaba de rojos y naranjas el cielo azul que, al fondo de su mirada, era ya parte del océano.
No reparó en los gestos de sorpresa que su apariencia provocó entre los pescadores y parroquianos, ni en la manera en que él mismo esquivaba a las personas que encontró, ya de noche, durante el regreso a su vivienda. Aunque no se dio cuenta, la repulsión fue mutua entre él y quienes lo vieron.
En la oscuridad sucia de la vieja casona, la soledad acumulada desde la infancia y el sentimiento de orfandad se le vinieron encima. Pero no lloró ni se encerró a lamerse las heridas. Al contrario: supo que aquel no era lugar para él, que toda su existencia había sido una impostura, que nada de aquello le pertenecía. Esa misma noche partió sin saber a dónde, llevando apenas unas mudas de ropa y el dinero que no había gastado desde el día en que se encerró a esperar la muerte.
Fue en la montaña donde el doctor Isaac Salvatierra Castilla se reencontró con la vida y con su profesión.
El camino que tomó al abandonar su casa era una brecha de arrieros, uno de esos caminos por los que arriesgados comerciantes surtían de mercancías a los caseríos asentados en lo profundo de la selva. Sin saberlo, se adentró en el monte a paso rápido, casi al trote, hasta que, entrada la mañana, el cansancio lo obligó a sentarse a la vera del camino. Ahí lo alcanzó una carreta cargada de abarrotes y telas, tirada por dos caballos y ocupada por dos hombres. Su sentimiento de inferioridad era tal que se creía invisible para todos, una cosa insignificante, incapaz de llamar la atención de alguien y pensó que el saludo no iba dirigido a él.
—Hola, amigo. Buenos días.
Siguió inmóvil, con la mirada clavada en el suelo, como si de esa manera pudiera esconderse.
La carreta se detuvo y volvieron a repetirle los buenos días, ahora con más fuerza. Él mantuvo su actitud de loco, hasta que sintió la cercanía de una persona y, en un reflejo involuntario, se tiró hacia un lado para evitar la amenaza del contacto físico.
—Tranquilo, amigo. Nomás queremos saber si podemos ayudarte en algo —le aclaró el señor que se había quedado sobre la carreta, con las riendas de las bestias en las manos.
Isaac contestó tembloroso, con una voz que le sonó desconocida, pero que conservaba la pulcritud de su educación añeja:
—Discúlpeme, señor. No sé lo que me pasa.
Ese mismo rato le compartieron sus alimentos, le prestaron una tijera para que se recortara los mechones de su cabellera sin forma y se fue con ellos, como un ayudante más de don Elías, un comerciante cuya presencia provocaba júbilo entre las gentes de la montaña, siempre necesitadas de sus mercancías.
Los modales finos del doctor, las ajadas ropas de ciudad, todavía sin remiendos, y su corrección al hablar llamaron la atención de don Elías. Nada de aquello encajaba con su apariencia bárbara. Sin embargo, prudente, se reservó cualquier pregunta y esperó una ocasión apropiada para indagar en la vida de aquel salvaje.
La oportunidad llegó una tarde en que cazaron un ciervo para reponer sus reservas de carne.
Entre los tres hombres habían colgado al animal de las patas delanteras. Ya sin piel, el ayudante de don Elías estaba a punto de comenzar a descuartizarlo cuando Isaac intervino:
—Así no. Vamos a acomodarlo a un lado de la carreta.
Como si hubiera estado esperando aquel momento, extrajo del morral una arrugada bata blanca con sus iniciales bordadas y se la enfundó. Ante la mirada atónita de los dos hombres, despedazó con una maestría insospechada el cuerpo del animal. Lo hizo sin esfuerzo, sin lastimar los músculos ni errar en las coyunturas, hasta que del venado sólo quedó un montón de piezas listas para el fileteo. Después dedicó un buen rato a observar con esmero, casi con ternura, las menudencias: el corazón, el hígado, los riñones, los pulmones.
—No sufrió —concluyó. Y mostró una munición que había extraído de entre las vísceras.
—¿Y a qué te dedicabas? —le preguntó más tarde don Elías, sin siquiera voltear a verlo, mientras cubrían con sal gruesa los trozos de carne.
—A nada. Pero terminé la carrera de medicina. Estas iniciales son las de mi nombre. De otras cosas, no sé.
Fue así que, además de ayudar a cargar costales de azúcar, latas de manteca y bolsas de galletas de animalitos, Isaac comenzó, a instancias de don Elías, a revisar mujeres embarazadas, niños con calentura y heridos de machete, que nunca faltaban en aquellos caminos de Dios. También recomendaba las escasas medicinas que formaban parte de las mercancías del tendero nómada.
En los caseríos levantados en medio del monte, cuyas chozas, hechas de varas y pencas de palma, se parecían más a guaridas de animales que a casas de verdad, el doctor Isaac se reencontró consigo mismo y con su profesión. Así, lo mismo recetaba quinina para las fiebres palúdicas que se trenzaba en encarnizados descuartizamientos de cerdos y animales de caza, ganándose el aprecio y la admiración de aquellos cristianos montunos. Con las manos sucias, entre pláticas a gritos y sorbiendo el caldo, se sentaba gustoso a comer los sancochos de frijol con puerco. Era aceptado sin reservas por aquellas comunidades de desterrados, que lo atendían como a uno de los suyos.
Ni los mosquitos, que lo obligaban a dormir entre el sahumerio de nidos de comejenes, ni los chaquistes que le enronchaban las nalgas cuando hacía sus necesidades a la intemperie; ni la escasez de agua, apenas suficiente para preparar los alimentos; ni el calor sofocante de la canícula; ni el frío que, durante las madrugadas, le humedecía los huesos: nada consiguió hacerlo regresar a su ciudad.
—Aquí somos gusanos de la misma guayaba —le justificó a don Elías su renuencia a acompañarlo en los retornos a la ciudad.
Aunque su aversión al contacto con sus semejantes no desapareció, con el paso de los meses consiguió atemperarla bajo el cobijo de aquellos grupos de montunos, mujeres y hombres que, como él, habían renunciado a sus otras vidas. Y así fue como la providencia lo trajo hasta acá, al pie de mi hamaca y a la terraza donde intentamos recomponer nuestras existencias a fuerza de palabras.
El mar y sus ruidos, el lodoso olor salobre que acarreaba el viento del anochecer, el golpe incansable de las olas contra las rocas, el río escurriendo sin parar sus aguas turbias, la inmensidad en la que el sol naufragaba cada tarde, eran imágenes que acompañaban al doctor Isaac como su equipaje más valioso y que me compartió tantas veces que llegué a percibir, algunas noches, el aroma marino, remoto, de la melancolía.
La noche en que se despidió, el polvo del Camino de Santiago dividía el cielo. Era tarde y los vecinos habían apagado sus quinqués y sus candiles. Las calles blancas se veían claritas y la humedad brillaba en las hojas de las buganvilias.
—Nos vemos, don Ciro. Cuide su salud y no piense demasiado. Cualquier rato la vida nos vuelve a tropezar y si no, pues ya hablamos suficiente.
Nos dijimos adiós con las manos alzadas, aunque, la verdad, yo hubiera preferido darle un abrazo fuerte, hasta tronarle los huesos. Nunca le di la mano al doctor Isaac. Ni al llegar ni al despedirnos nos estrechábamos las manos.
Y es que nunca pudo superar la fobia al contacto humano, maldita herencia de aquellos días en que vio corromperse los cuerpos de sus padres.


