17 marzo, 2026

EL MESÍAS POLÍTICO – Si tú pudieras ver lo que yo escucho

GERARDO RUIZ

Cuando el ciudadano abandona su responsabilidad crítica y la transfiere emocionalmente a un líder.

Hay algo que se repite cíclicamente en nuestra vida pública: el hartazgo colectivo abre la puerta a la esperanza desmedida. Cuando la desesperación se acumula, dejamos de exigir instituciones sólidas y empezamos a buscar salvadores.

Así nace el mesías político.

No aparece necesariamente porque sea extraordinario, sino porque la sociedad necesita creer que alguien, por sí solo, puede resolver lo que durante décadas ha sido estructural: desigualdad, violencia, corrupción, abandono institucional.

El problema no es el liderazgo.

El problema comienza cuando el ciudadano renuncia a su responsabilidad crítica y la sustituye por adhesión emocional.

Hoy basta un gesto mediático, una confrontación viral o una narrativa convincente para que surja el coro anticipado: “ciudadano de tal, para presidente”. No hay evaluación de trayectoria. No hay análisis de resultados. Hay entusiasmo. Hay identificación.

A la primera señal de carácter o victimización convertimos de un día para otro lo ponemos en el altar presidencial.

Cuando eso ocurre:

El error se justifica.

La crítica se convierte en traición.

La evidencia se subordina a la lealtad.

La rendición de cuentas se percibe como ataque.

El político deja de ser servidor público y se transforma en símbolo moral. Ya no se le evalúa por resultados, sino por identidad. Ya no se le exige eficacia, sino fidelidad.

Y la democracia —que exige vigilancia constante— empieza a erosionarse.

No importa el partido.

No importa la ideología.

El fenómeno es transversal.

El mesianismo político no es una doctrina; es una actitud colectiva. Es la tentación de delegar no solo el voto, sino también el juicio. Es convertir la ciudadanía en devoción.

Pero en una república, nadie es redentor. Todos son funcionarios temporales.

La política dejó de ser deliberación y empezó a parecer espectáculo. Seguimos campañas como si fueran temporadas. Defendemos líderes como si fueran finalistas. Votamos emociones, no evaluamos resultados.

La discusión pública se centra más en el rating que en la responsabilidad institucional, el problema no es el programa. Es la cultura política.

El error se perdona si el personaje “nos representa”.

La crítica se castiga como traición al fandom.

Y mientras tanto, los problemas estructurales siguen ahí: esperando instituciones, no ídolos.

Porque cuando la ciudadanía se convierte en audiencia y el poder en celebridad, la democracia se transforma en reality show.

Bienvenido a La Casa de los Famosos de México.

Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo

X: @gruizcun

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