Por el Abogado Luis Esquiel
Nos vendieron durante años la idea de que la Copa Mundial de Futbol 2026 sería una fiesta para todos los mexicanos. Nos dijeron que era un orgullo nacional, que México volvería a hacer historia al convertirse en el primer país en albergar tres Copas del Mundo. Nos bombardearon con discursos triunfalistas, campañas publicitarias y mensajes patrioteros. Sin embargo, la realidad terminó siendo brutalmente distinta: al pueblo mexicano le han robado el Mundial.
Y no se lo robó una potencia extranjera, ni una conspiración internacional. Se lo robó la combinación perfecta entre la indiferencia gubernamental, el capitalismo salvaje y la incapacidad política de quienes gobiernan este país.
Porque seamos honestos: ¿qué mexicano promedio puede pagar hoy los precios que se manejan para asistir a un partido mundialista? ¿Qué trabajador, qué maestro, qué comerciante, qué empleado, qué profesionista puede desembolsar decenas de miles de pesos para vivir una experiencia que se supone pertenece al pueblo? Salvo los verdaderamente ricos, las élites económicas y los privilegiados de siempre, la inmensa mayoría de los mexicanos quedamos excluidos. Nos quitaron algo que era nuestro.
No solamente nos alejaron de un espectáculo deportivo; asesinaron el espíritu mundialista que históricamente distinguió a México. En 1970 y en 1986 la Copa del Mundo fue una celebración popular. Hoy amenaza con convertirse en un evento reservado para turistas extranjeros y para una minoría económica que vive en un país distinto al de millones de mexicanos. Y mientras los precios se disparan de manera obscena, el gobierno guarda silencio. Ni una protesta seria. Ni una defensa del consumidor. Ni una exigencia pública para evitar abusos. Nada.
El mismo gobierno que presume diariamente gobernar para los pobres observa pasivamente cómo los pobres son expulsados del mayor evento deportivo del planeta.
“Primero el pueblo”, repiten una y otra vez.
Pero cuando llega la hora de demostrarlo, el pueblo siempre termina siendo el último en contar. La contradicción resulta insultante.
Por un lado, discursos interminables sobre justicia social. Por otro, una realidad donde millones de mexicanos ni siquiera podrán acercarse a la fiesta futbolera que se organiza en su propio país. Pero el problema va mucho más allá del futbol.
Lo verdaderamente preocupante es la incapacidad gubernamental para garantizar condiciones mínimas de accesibilidad, movilidad, seguridad y estabilidad social en el contexto de un evento de esta magnitud.
La respuesta de las autoridades ha sido la misma de siempre: decretos, restricciones, vallas metálicas, controles y murallas. Encerrar en lugar de resolver. Contener en lugar de dialogar. Administrar el conflicto en lugar de prevenirlo. Pareciera que nuestros gobernantes siguen convencidos de que los problemas desaparecen cuando se levantan cercos o se restringe la circulación de las personas.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
En cualquier parte del mundo existen manifestaciones sociales. Existen reclamos legítimos. Existen sectores inconformes. Eso forma parte natural de toda democracia.
No corresponde culpar a quienes protestan. No corresponde señalar a los ciudadanos que exigen soluciones mientras otros pretenden distraer la atención con espectáculos deportivos. Porque el centro de la vida nacional no puede ser un partido de futbol.
El centro debe ser la solución de los problemas estructurales que afectan diariamente a millones de mexicanos. La inseguridad. La falta de crecimiento económico. La precariedad laboral. La corrupción. La crisis institucional. La ausencia de oportunidades. La impunidad.
Todo aquello que durante años se prometió resolver y que hoy permanece intacto o incluso agravado. Por eso el malestar social no nace del Mundial.
El Mundial simplemente llega en el peor momento posible para un gobierno que lleva años acumulando promesas incumplidas.
Lo que estamos viendo es la cosecha de una siembra irresponsable. Durante años se gobernó con discursos. Durante años se administró el país con propaganda. Durante años se confundió popularidad con capacidad. Durante años se creyó que las dádivas sustituían a las políticas públicas. Y hoy aparecen las consecuencias. La saliva nunca ha sido instrumento de gobierno. Los discursos no generan crecimiento. Las conferencias no reducen la violencia. Las ocurrencias no construyen instituciones. Las dádivas no fortalecen la democracia.
Gobernar exige escuchar, prever, negociar, resolver y asumir responsabilidades. Nada de eso ocurrió.
Los operadores políticos desaparecieron hace tiempo. Los responsables de construir acuerdos fueron sustituidos por propagandistas. Los técnicos fueron desplazados por incondicionales. La realidad fue reemplazada por una narrativa diseñada para ganar elecciones.
Y cuando los problemas finalmente estallan frente a ellos, simplemente voltean hacia otro lado.
Lo más grave es la soberbia. La negativa permanente a reconocer errores. La incapacidad para entender que millones de ciudadanos están cansados. La resistencia a escuchar una crítica legítima. La obsesión por culpar siempre a alguien más.
Si hoy México proyecta una imagen de división, inconformidad y frustración, los responsables están sentados en los espacios de poder.
No son los ciudadanos. No son quienes protestan. No son quienes reclaman. Es un gobierno que decidió ignorar la realidad durante demasiado tiempo.
Mientras tanto, el país sigue enfrentando problemas cada vez más complejos. La inseguridad continúa cobrando vidas. Las inversiones muestran señales de incertidumbre. La confianza institucional se deteriora. Las tensiones internacionales aumentan. Y frente a todo ello observamos la misma actitud de siempre: ausencia.
Las autoridades parecen no escuchar. Parecen no ver. Parecen no entender.
Y cuando finalmente reaccionan, ya es demasiado tarde.
Si de verdad creen que el problema consiste únicamente en evitar imágenes incómodas durante el Mundial, están profundamente equivocados. El problema es mucho mayor. Porque debajo de la superficie existe un profundo cansancio social. Existe una ciudadanía decepcionada. Existe un México que siente que fue utilizado electoralmente y después olvidado.
Existe un pueblo que quiere trabajar, progresar y disfrutar de una fiesta deportiva, pero que cada día encuentra más obstáculos para hacerlo.
El Mundial debía unirnos. Debía ser una celebración nacional. Debía representar orgullo y esperanza.
Sin embargo, corre el riesgo de convertirse en el símbolo perfecto de un país donde los discursos pertenecen al pueblo, pero los beneficios siempre terminan en manos de unos cuantos.
Y si alguien busca responsables de esta fractura, no tendrá que mirar muy lejos. Bastará con observar a quienes prometieron transformar a México y terminaron demostrando que la propaganda jamás sustituirá a los resultados.


