14 agosto, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Desde que tengo memoria he andado estos montes. Poco a poco, fui adentrándome en la sombra de los árboles y, a fuerza de años y extravíos, conocí los secretos del rastro del tapir, aprendí a reconocer los aromas del cedro y a descifrar los anuncios del canto del pájaro carpintero. Memoricé dónde nace el sol y dónde se oculta la luna, el rompecabezas cóncavo de astros y estrellas, el rumbo del viento que arrastra quejidos, risas, aleteos y olores distantes. Todo se sabe en el monte, sólo es cuestión de aprender a leer sus bullas y sus silencios.

En mi niñez, la montaña estaba poblada de árboles gigantes, sin edad, como si hubieran estado aquí desde el principio de los tiempos. Eran tan altos que en sus copas se enredaban las nubes al amanecer, y ahí aplacaban su sed los pájaros y los monos. Siglos atrás, entre sus frondas se refugiaron nuestros abuelos, herederos de los constructores de las grandes ciudades cuyos restos se erigen entre la selva.

También, muchos hombres y mujeres aprovecharon lo tupido del monte para escapar al sacrificio de la guerra de blancos contra indios y a la cacería de hombres que eran vendidos en las haciendas, igual que si fueran mulas y peor que si fueran perros. La violencia de esos tiempos fue como una epidemia que vació los pueblos, y sus habitantes tuvieron que dispersarse en la espesura en pos del derecho mínimo, natural, a vivir sin miedo y a morir con el pecado que mejor les acomodara.

En la montaña de entonces, la tierra era inmensa y el tiempo más lento. Bajo este mismo cielo, sólo le debíamos la vida a Dios y a los dueños del monte, y éramos libres hasta perecer cuando la hora nos llegara. Y aquí nos acomodamos, pacientes, pero ciertos de que todo es, y todos somos, temporal, como la flor o la lluvia, y de que no hay cosa que más temprano que tarde no retorne a su estado natural. Por años nos entreveramos con el verdegris de estos caminos en acecho de una mañana nueva.

Llegué aquí después de conocer el miedo. No olvido que era una noche plácida, sin preocupaciones, en la que yo soñaba con caballos que sin necesidad de alas volaban con la suavidad de zopilotes viejos. De repente, me despertó el sacudimiento con el que mi madre me sacó de la cama y me atrapó entre sus brazos; jaló la sábana y me cubrió por completo, mientras afuera los perros soltaban esos ladridos que erizan, mezcla de miedo y coraje. En la oscuridad, escuchaba pasos rápidos en el piso de tierra y la voz apagada de mi padre urgiendo a todos a salir, huir. 

Yo no veía ni sabía nada, pero el pavor en el ambiente era tanto que mi madre me lo contagiaba en su apretadísimo abrazo, en el latir desbocado de su corazón que hacía tanto ruido como para que lo escuchara el mundo. Percibí en mis pies desnudos el aire fresco de la intemperie, mientras el zarandeo acompasado de la carrera de mi madre me oprimía la garganta impidiéndome sollozar, a pesar de que sentía mis mocos y lágrimas escurrir hasta mis labios.

Antes de perdernos en el monte, la transparencia de la sábana que me cubría me permitió distinguir, recuerdo bien, la luz de dos, tres, antorchas de esos desconocidos que seguro iban por lo que nos quedaba de vida. Escuché el alboroto de las gallinas y de los cochinos en la casa iluminada por el fuego que comenzaba a consumir su techo de palmas de guano, y luego sólo percibí el chasquido de los machetes con que mi padre y mis hermanos iban abriendo camino en la espesura.

No dejamos de caminar toda la noche y sólo interrumpimos la huida para recuperar el aliento hasta entrada la mañana. Al cabo de seis días, cuando lo tupido de las hierbas hacía casi imposible aventurar un paso y borraba de inmediato nuestros rastros, mi padre detuvo la marcha a unos metros de una laguna de agua negra y amarga; a fuerza de machete hizo un boquete en la espesura, con varas y pencas de palma construyó un refugio, y así empezaría la historia de lo que es el pueblo donde ahora vivimos, lejos de todo, pero a la mano de Dios que es lo importante.

Al principio nomás veíamos el sol unas cuantas horas porque salía tarde y se metía temprano atrás de los árboles gigantescos que nos rodeaban. Verdeaban los cotorros y refulgían los faisanes entre las ramas de las ceibas centenarias. Compartíamos la pequeña laguna con armadillos y tejones, con mapaches y tepezcuintes, con venados y tigrillos, y un sinnúmero de animales que en las mañanas y en las tardes llegaban sin temores a saciar su sed. El lugar parecía de a mentira y hasta nos alegrábamos de haber sido desterrados, porque aquí todo era nuevo, como si estrenáramos la tierra. En ese aislamiento involuntario comprendí lo falaz de la distancia: no estábamos lejos de nada porque no teníamos a dónde ir y, sin pretenderlo, habíamos creado nuestro propio ombligo del mundo.

Guiadas por el olor a humo del fogón de mi madre, con el tiempo nos alcanzaron otras familias que habían conseguido escapar de las haciendas y, poco a poco, cazadores que traficaban con la escritura divina de la piel del jaguar, aventureros que buscaban los tesoros de nuestros antepasados y escarbaban como tejones entre las piedras de cualquier cerro, prófugos de la guerra que preferían la desaparición de sus apellidos antes que matar o morir por causas incomprensibles, fueron asentándose entre nosotros. Primero en estancias breves y luego de semanas, hasta que al cabo de los meses las chozas improvisadas dieron lugar a una aldea que se poblaba de forasteros en las temporadas de sequía y se vaciaba durante las lluvias.

Después de nosotros, quienes llegaron a aquel claro de la montaña fueron una pareja que había conseguido escapar de la hacienda. No eran de estos rumbos, sino que habían sido arrancados de sus tierras y traídos desde muy lejos a malvivir en los campos henequeneros. Aparecieron en harapos, con sus cuerpos maltrechos pero las almas intactas. Temblorosos por el miedo, el cansancio y el hambre, resultó sencillo entenderlos y comprender su infortunio a pesar de su lengua extraña, y los aceptamos como a parientes enlazados por la adversidad. Eran jóvenes altos y enjutos, de rostros y labios delgados, de cejas pobladas, bestias para el trabajo y buenas gentes hasta más no poder. A lo largo de los meses fueron contando la odisea de espanto que los trajo de un extremo a otro de la vida, de la libertad a la esclavitud, y gracias a su memoria conocimos el olor nocturno del desierto, el murmullo del agua resbalando entre paisajes de arena y las punzadas de un frío que nunca hubiésemos soñado de no ser por sus remembranzas.

Pronto procrearon al primero de sus hijos y fueron acostumbrándose a la añoranza y a disimular el dolor de los recuerdos, tanto que cuando nos enteramos que se había terminado la persecución de gente para las haciendas y que se podían andar sin recelo los caminos reales, decidieron quedarse para siempre en estos mosquiteros. Nadie podía adivinar entonces que de aquel puñado de fugitivos, reunidos por el infortunio, nacería este pueblo de maravilla levantado en medio de la montaña.

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