Edgar Prz

Estas fechas septembrinas me obligan a evocar recuerdos de antaño, cuando estas eran verdaderas festividades, un auténtico fandango en donde se incentivaba el fervor patrio. En las escuelas, oficinas, comercios y fachadas de las casas y edificios públicos, era un carnaval de alegría, adornos y luces; las banderas ondeaban orondas, orgullosas de sus blasones y colores, la belleza del águila devorando la serpiente. Todo era un banquete para disfrutar a placer.

Así crecimos varias generaciones; así era la formación de los escolapios y de la ciudadanía. Recuerdo que se organizaban concursos para ver quién decoraba mejor los frentes de sus casas y negocios, motivando a los participantes con algunos premios. La gente participaba y no esperaba que todo se lo diera el gobierno, como ahora. Había confianza, respeto a los símbolos patrios y la romería era total: pueblo y autoridades juntos. De verdad, qué felices éramos antes.

La modernidad y la llegada de hordas de personas foráneas, que se establecieron en las ciudades y en todo el estado, poco a poco masacraron estas costumbres e impusieron otras. Cambiaron las mentalidades de niños y jóvenes, quienes ya no tienen apego a las tradiciones ni a la historia. Están expuestos a una vorágine de secuencias que los distraen sin educarlos, absorbiendo sus mentes durante horas en redes sociales y tablets. Lo que antes era columna vertebral de la historia, para ellos no tiene importancia.

La ceremonia del Grito era una conjugación de sentimientos: se colocaban frente a los palacios municipales, los juegos artificiales con los rostros de héroes como Morelos, Hidalgo y Josefa Ortiz eran los más socorridos. Al momento del grito, los voladores, las campanadas de la iglesia y el cielo lleno de luces multicolores generaban emoción… y a correr para proteger a los niños y mascotas. Muchas madres, rezando el Ave María, temían que fragmentos de algún volador cayeran sobre sus casas. Qué felices éramos antes y no lo sabíamos.

En el balcón principal del palacio, las autoridades lucían sus mejores galas; las damas se vestían de chinas poblanas o de adelitas, faldas largas y blusas blancas o vaqueras, trenzas en el cabello y colorete en las mejillas. Las flores más bellas del pueblo eran nombradas Señorita Independencia, Patria y Libertad. Tiempos de convivencia sana, sin tanta malicia, cuando el egoísmo apenas empezaba a germinar.

Eran momentos en que el orgullo de ser mexicano no solo se sentía, se vivía y se paladeaba. La gente con sombreros, bigotes falsos, camisas de cuadros y banderitas hechas en las escuelas completaba el festejo. Hoy todo es añoranza, anecdótico, un pasado que se fue sin darnos cuenta. La historia y la manera de celebrar se nos diluyeron como agua entre las manos. Se ha perdido la esencia de lo nuestro; en las escuelas ya no enseñan civismo ni ética, y los planes de estudio parecen diseñados para distraer, no para formar ciudadanos. El silencio y la ignorancia son cómplices del atraso y aliados de las autoridades. ¿Cuánto hemos cambiado en tan poco tiempo?

Aterroriza pensar qué escenario estamos preparando, qué armas heredaremos a nuestros hijos y nietos para enfrentar a los enemigos que creamos y qué tipo de sociedad les estamos construyendo. ¿Serán culpables nuestros descendientes de pagar los errores de otros?

Urge una nueva revolución, pero esta será una “revolución de conciencias”. Hay que dar un golpe de timón, un salto fuerte para reencauzar y reencontrar los valores que fortalecen a la familia. Si somos capaces de consolidar familias unidas, solidarias, comprometidas, con sentido social y humano, ese será nuestro pase hacia la construcción de una nueva sociedad. Que sepa de dónde viene, que respete y se sienta orgulloso de sus orígenes; con esos cimientos, “el mañana puede ser un gran día”, ¿no lo cree usted?

Mientras tanto… ¡Viva México!

“Qué felices éramos antes y no lo sabíamos”.

Mejor seguiré caminando, escuchando el Huapango de Moncayo y cantando el Cielito Lindo.

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