15 mayo, 2026

Mala planeación, nula rendición de cuentas y abandono institucional de años mantienen en el deterioro estructuras onerosas que alguna vez fueron anunciadas con bombo y platillo hoy yacen inservibles, sin cumplir su función original ni aportar beneficios reales a la ciudadanía

SALVADOR CANTO / EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE EL DESPERTADOR DE QUINTANA ROO

En los últimos años, Cancún se ha sumado a la lista de ciudades mexicanas donde proliferan los llamados “elefantes blancos”, esas obras de infraestructura faraónicas que, lejos de cumplir su propósito, terminan como cascarones vacíos que evidencian el mal ejercicio del gasto público. 

Sin embargo, este problema también existe en el sector privado, donde el capital no es garantía de éxito si no hay planeación, legalidad ni visión a largo plazo.

En la literatura económica, un “elefante blanco” se define como un proyecto costoso, diseñado para ser vistoso, pero cuya construcción responde más a caprichos políticos o fines clientelares que a necesidades reales de la sociedad. 

Estas obras, a menudo mal planificadas, carecen de viabilidad técnica, social o económica, y terminan abandonadas o subutilizadas, representando un derroche de recursos públicos.

En Cancún los ejemplos abundan. Un caso es el Auditorio del Bienestar, construido al final de la administración 2011-2016, considerado emblemático por su mala ejecución: diseño deficiente, materiales de baja calidad, sin ventilación adecuada ni estacionamientos suficientes. Este proyecto se ha convertido en un símbolo de promesas incumplidas. Desde la gestión de Carlos Joaquín se han anunciado múltiples planes de recuperación, pero todos han quedado en palabras.

El cascarón de la tienda del ISSSTE en la Región 93, abandonado durante años, fue intervenido recientemente por vecinos y organizaciones deportivas para uso comunitario, aunque no existe garantía jurídica de que puedan mantener ese fin.

Otro ejemplo es el rastro de Cancún, cerrado hace tres años y demolido, en cuyo predio se prometió construir un Centro de Bienestar Animal, sin que hasta ahora haya avances visibles.

También figura el viejo Hospital General del centro de Cancún, una instalación médica con potencial de uso que hoy languidece en el olvido, en una ciudad que sufre por la saturación del sistema de salud pública.

Por si fuera poco, el bulevar Luis Donaldo Colosio, una de las principales arterias de acceso a la ciudad, evidencia las carencias de una obra que, pese a la millonaria inversión y la propaganda que la acompañó, aún carece de lo más básico: señalética, iluminación, retornos funcionales y condiciones adecuadas de seguridad vial. El resultado es una vialidad moderna en apariencia, pero profundamente riesgosa, donde a diario se registran accidentes que han cobrado vidas y generado caos vial. Una vez más, el anuncio político superó a la planeación técnica.

Por otra parte, a pesar de que Cancún cuenta con cinco ciclovías —como la del Parque de la Equidad, de 16 kilómetros lineales—, no son contempladas en los proyectos oficiales para darles el uso por el que fueron construidas: un domingo de cada mes se cierran los dos carriles de la avenida Bonampak para realizar los “Paseos Dominicales”, un programa de buenas intenciones, en pro de la convivencia y la integración familiar, pero con una ejecución desafortunada, a donde acude solo una minoría de los poco más de un millón de habitantes de la ciudad.

A nivel nacional, el panorama no es distinto. Aeropuertos que no operan a su capacidad, refinerías que no refinan y hospitales que no cumplen con lo prometido son ejemplos de proyectos multimillonarios que, en lugar de beneficiar a la población, han drenado miles de millones de pesos del erario. Estas obras, impulsadas por decisiones político-electorales más que por criterios técnicos, carecen de estudios que justifiquen sus beneficios frente a los costos de construcción, operación y mantenimiento, incluidos los impactos ambientales.

El problema de los elefantes blancos trasciende sexenios, partidos y niveles de gobierno. La falta de planificación adecuada genera sobrecostos y retrasos, mientras que la opacidad en su ejecución fomenta la corrupción. Más grave aún, estas obras desvían recursos que podrían destinarse a proyectos que impulsen el capital humano, la productividad y el acceso a servicios básicos, limitando el crecimiento de México y el bienestar de su gente.

En Cancún, como en el resto del país, los elefantes blancos no son solo un desperdicio de recursos, sino un recordatorio de la necesidad de priorizar la transparencia, la planeación y el interés público en el uso de los impuestos de los ciudadanos. Mientras las decisiones sigan guiadas por intereses políticos, estas estructuras continuarán siendo monumentos al despilfarro y, en algunos casos, a la negligencia.

Las raíces del problema: corrupción y mala planeación

Los elefantes blancos en Cancún y en México comparten causas comunes: decisiones político-electorales que priorizan el impacto mediático sobre la viabilidad técnica; falta de estudios que justifiquen los costos frente a los beneficios; y opacidad en la ejecución, que fomenta la corrupción. Estas obras generan sobrecostos, retrasos y desvían recursos que podrían destinarse a proyectos que impulsen el capital humano, la productividad y el acceso a servicios básicos, limitando el crecimiento y el bienestar del país.

Los elefantes blancos de Cancún, desde ciclovías subutilizadas hasta el Auditorio del Bienestar y el bulevar Colosio, son reflejo de un problema nacional que trasciende administraciones y geografías. Estas estructuras, lejos de ser símbolos de progreso, son monumentos al despilfarro y, en muchos casos, a la negligencia.

Es preciso priorizar la transparencia en el uso de los recursos públicos, realizar estudios técnicos rigurosos y atender las necesidades reales de la población, como la urgente construcción de un hospital psiquiátrico o la revitalización de espacios abandonados. Mientras las decisiones sigan guiadas por intereses políticos, los elefantes blancos seguirán multiplicándose, recordándonos el costo de anteponer la vanidad al bienestar colectivo.

“Paseos Cancunenses” desaprovecha espacios de mejor esparcimiento

Cancún, una ciudad que supera el millón de habitantes, cuenta con cinco ciclovías diseñadas para fomentar la movilidad sustentable y la convivencia familiar en las avenidas Bonampak, Huayacán, Colosio, la Zona Hotelera y el Parque de la Equidad. Juntas suman más de 40 kilómetros. No obstante, son infraestructuras subutilizadas y mal aprovechadas, convirtiéndose en ejemplos claros de elefantes blancos.

El caso más evidente es el Parque de la Equidad, construido con financiamiento estatal por un monto de 400 millones de pesos mediante el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos. Consta de 16 kilómetros, desde la avenida Las Torres, Chacmool y la 20 de Noviembre hasta el entronque con la Diagonal Tulum. A pesar de su potencial comunitario, ha sido ignorado.

El municipio prefiere cerrar cada mes la avenida Bonampak para realizar los “Paseos Cancunenses”, un evento familiar que convoca a menos de 250 personas, incluidos trabajadores del gobierno que, en muchos casos, son obligados a asistir. Mientras tanto, las ciclovías existentes se deterioran. Esta decisión no solo ignora la infraestructura ya construida, sino que genera caos vial en una arteria clave.

Una alternativa viable sería segmentar el Parque de la Equidad en tramos de dos o tres kilómetros para integrarlo al programa de “Paseos Cancunenses”, fomentando la participación vecinal y revitalizando el espacio público.

La ciclovía de la Zona Hotelera recorre 11 kilómetros desde el kilómetro cero del bulevar Kukulcán hasta Punta Nizuc; la ciclovía de la avenida Huayacán, construida en 2015, tiene 8.8 kilómetros de longitud y 2.5 metros de ancho; la del bulevar Luis Donaldo Colosio, casi 4 kilómetros; y la de la avenida Bonampak, aproximadamente 3.5 kilómetros.

Además, existe otro espacio en el Parque Cancún, que cuenta con una pista para bicicletas y patinaje, donde podrían llevarse a cabo este tipo de actividades que resultan importantes para la cohesión social del municipio.

Auditorio del Bienestar, un símbolo de promesas rotas

El Auditorio del Bienestar, construido al final de la administración municipal 2011-2016, es uno de los casos más emblemáticos de un elefante blanco en Cancún. Con un costo inicial superior a los 244 millones de pesos, este proyecto fue concebido como un espacio para eventos masivos con capacidad para 12 mil personas, incluyendo 8 mil gradas distribuidas en tres niveles y 4 mil butacas desmontables. Sin embargo, su deficiente diseño lo condenó al abandono.

Desde su inauguración, el auditorio presentó fallas graves: materiales de baja calidad, falta de ventilación adecuada, escaleras y gradas con inclinaciones peligrosas, ausencia de hidrantes contra incendios y un acceso vehicular limitado que solo permitía la entrada o salida de un automóvil a la vez. La carencia de un estacionamiento acorde con su aforo masivo agrava aún más su inutilidad. Estas deficiencias evidencian una planeación improvisada, donde la grandiosidad del proyecto prevaleció sobre la funcionalidad.

Durante el gobierno de Carlos Joaquín González (2016-2022), se anunciaron múltiples planes de recuperación, pero todos quedaron en promesas vacías. En 2024 se destinaron nueve millones 19 mil 547 pesos del Fondo de Aportaciones para el Fortalecimiento de las Entidades Federativas (FAFET) para rehabilitar 1,178.33 m² de instalaciones hidrosanitarias y 243.96 m² de tuberías de PVC. Sin embargo, en un recorrido reciente realizado por el equipo de investigación de El Despertador de Quintana Roo, se comprobó que no hay avances visibles. Incluso, en la página web de la Contraloría Social —accesible mediante un código QR ubicado en una lona que informa sobre la inversión y su origen— se indica un progreso del cero por ciento.

Un trabajador de seguridad impidió el acceso a la prensa e incluso amenazó con llamar a la policía si se seguían tomando fotografías.

En mayo de 2025, el senador Eugenio Segura anunció —pese a que no es su función— que este año se rehabilitaría el auditorio. No obstante, hasta la fecha, no se observan cambios tangibles. Este historial de promesas incumplidas refuerza la percepción de que el Auditorio del Bienestar es un monumento al despilfarro.

Bulevar Colosio: la modernidad fallida

El bulevar Luis Donaldo Colosio, vía principal de acceso a Cancún, fue remozado en 13.13 kilómetros con una inversión de mil 115 millones de pesos por parte del gobierno federal, e inaugurado el 3 de septiembre de 2023. El entonces titular de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), Jorge Nuño Lara, lo declaró concluido. Pero la realidad es otra: faltan retornos funcionales, se omitió instalar señalética básica; hay rampas para personas con discapacidad motora, pero mal construidas —al final de una de ellas hay sembrada una palmera— y la iluminación, hasta la fecha, es deficiente.

El propio funcionario reconoció posteriormente que era necesaria una inversión adicional para concluir las obras complementarias, la cual no se ha realizado hasta hoy.

Aunque en apariencia se trata de una obra moderna, es altamente riesgosa. Los accidentes son frecuentes y fatales. En lo que va de 2025, ya se han registrado alrededor de 200 percances. Tan solo el pasado 19 de junio se reportaron siete accidentes en menos de 12 horas.

Lo más grave, según expertos en construcción de carreteras, es que la obra presenta errores garrafales, como el grabado incorrecto del concreto hidráulico. Las líneas de textura, diseñadas para evitar deslizamientos, fueron trazadas en paralelo a la dirección del tránsito en lugar de forma transversal, lo que reduce la adherencia de las llantas en condiciones de lluvia. Esta omisión aumenta el riesgo de accidentes y acelera el desgaste vehicular.

José Bizarro Galván, presidente del Movimiento de Transportistas Organizados Unidos de la Riviera (TOUR), lamenta que a la fecha no se haya resuelto la conclusión total de la obra, incluyendo los retornos insuficientes y la ausencia de paraderos para el transporte público.

Entre ruinas y omisiones: la salud mental, gran pendiente en Cancún

En pleno centro de Cancún, el viejo Hospital General permanece en total abandono. La estructura, que alguna vez albergó cientos de consultas diarias, hoy se cae a pedazos: techos dañados, paredes sucias. Su interior es ocupado por personas en situación de calle, entre basura, óxido y olvido.

Mientras tanto, la ciudad crece sin freno. Con más de un millón de habitantes, Cancún enfrenta una grave crisis en infraestructura hospitalaria. El actual Hospital General opera saturado, sin espacio suficiente, sin personal especializado en varias áreas y con largas listas de espera para servicios básicos. Y aunque el sistema de salud pública intenta sostenerse, hay una carencia crítica que resalta por su ausencia: no existe un hospital psiquiátrico en todo el estado.

Organizaciones como Astra Cancún y el Colegio de Psicólogos de Quintana Roo han advertido desde hace años sobre el aumento de casos de depresión, ansiedad y esquizofrenia. Según el INEGI, en zonas urbanas como Cancún, el 18 por ciento de la población sufre algún trastorno mental y el 2 por ciento ha intentado o pensado en suicidarse. Pese a ello, las autoridades no han contemplado la construcción de un centro especializado, ni siquiera como proyecto a futuro.

El argumento oficial ha sido siempre el mismo: “no hay presupuesto”. Mientras tanto, el viejo hospital se desmorona ante la indiferencia institucional, convertido en símbolo del abandono y la falta de visión. En lugar de aprovechar ese espacio para desahogar la crisis hospitalaria o atender la creciente emergencia en salud mental, permanece como otro elefante blanco más: inútil, ignorado, invisible.

Elefantes blancos privados: cuando la inversión termina en ruina

Los elefantes blancos no son exclusivos del gobierno. En Cancún, la iniciativa privada también ha dejado un rastro de obras abandonadas, mal planeadas o atrapadas en litigios que, en lugar de detonar desarrollo, se han convertido en símbolos del fracaso empresarial y del desorden urbano. Decenas de plazas comerciales en distintas regiones de la ciudad permanecen vacías, deterioradas o sin operar al cien por ciento, afectadas por conflictos entre socios, fraudes inmobiliarios, malos manejos y juicios interminables.

default

Uno de los casos más emblemáticos es el de Plaza Emprendedor, en la Supermanzana 59, en la intersección de las avenidas José López Portillo y Kabah, un espacio que fue concebido para impulsar negocios locales, centralizar servicios gubernamentales y ofrecer una nueva alternativa comercial. Hoy, sin embargo, se encuentra prácticamente muerto, con solo tres locales activos: una radiodifusora, un puesto de jugos y un comercio de artículos militares. Mientras tanto, más de 70 locales están en venta y la infraestructura total —con capacidad para más de 200 espacios— se deteriora a la vista de todos.

Detrás de este abandono existe un conflicto legal que lleva más de 18 años. La empresa desarrolladora original, Centro Comercial Inmobiliario de Cancún Maya, perdió el control del predio tras un pleito con otro grupo que se adjudicó el lugar y le cambió el nombre a Centro de Negocios Emprendedor. Desde entonces, la plaza quedó atrapada entre la corrupción, la impunidad y la indiferencia institucional. Ninguno de los actores ha logrado reactivar el lugar, y mucho menos ponerlo al servicio de la comunidad.

Este no es un caso aislado. En distintas zonas de la ciudad, desde la avenida José López Portillo hasta la Región 100, se repiten las historias: plazas a medio construir, locales cerrados, maleza creciendo entre pasillos, estructuras oxidadas y letreros de “se renta” envejecidos por el sol.

A un costado de Plaza Emprendedor, la antigua tienda de la Comercial Mexicana de la Unidad Morelos es otro ejemplo de reutilización parcial y abandono estructural. Una escuela de patinaje opera dentro del inmueble, pero el resto del espacio permanece cerrado, como si el tiempo se hubiera detenido.

El rastro que nunca volvió y el prometido Centro de Bienestar Animal

Cancún, una ciudad que presume ser uno de los principales destinos turísticos del mundo, ni siquiera cuenta con un rastro municipal en operación. El único que existía fue cerrado hace más de tres años bajo el argumento de una supuesta remodelación. Pero lo que siguió no fue rehabilitación, sino abandono, desmantelamiento y, finalmente, demolición.

En el terreno donde alguna vez operó esa instalación —fundamental para garantizar la sanidad e inocuidad de la carne que consume la población—, el gobierno municipal anunció un nuevo proyecto: la construcción del Centro de Bienestar Animal. Esta obra está incluida en el presupuesto participativo de 2023, con una asignación de cuatro millones 992 mil pesos. Aunque la intención de atender el cuidado y protección de los animales es legítima, el fondo del asunto revela una constante: el reciclaje de terrenos, el olvido de prioridades y la incapacidad institucional de sostener infraestructura pública útil y necesaria.

La ciudad no solo carece de un rastro funcional, sino que tampoco ha apostado por uno con certificación TIF (Tipo Inspección Federal), lo que implica que Cancún sigue sin contar con un espacio que garantice el manejo higiénico y regulado de productos cárnicos, con implicaciones graves para la salud pública. Así, mientras se desmantelan instalaciones sin cumplir su ciclo, las nuevas obras nacen con incertidumbre, entre la opacidad, el abandono institucional y las modas políticas.

Rescates ciudadanos sin certeza legal: el caso de la antigua tienda del ISSSTE

En medio del paisaje urbano de Cancún, donde los proyectos inconclusos se multiplican y el abandono institucional deja huella, algunas comunidades han intentado tomar las riendas. Un ejemplo de ello es el edificio que alguna vez albergó la tienda del ISSSTE en la Región 93. Durante años, este inmueble permaneció como un cascarón deteriorado, símbolo del desuso y la omisión gubernamental.

La estructura, originalmente destinada a proveer servicios y productos a los trabajadores del Estado, fue cerrada sin mayor explicación y, desde entonces, cayó en el olvido. Entre grafitis, basura y maleza, su decadencia se convirtió en parte del paisaje cotidiano, hasta que recientemente un grupo de vecinos, junto con organizaciones deportivas locales, decidió intervenir el espacio. Lo limpiaron, lo rehabilitaron parcialmente y comenzaron a utilizarlo como centro comunitario y cancha deportiva improvisada.

El esfuerzo ciudadano, aunque encomiable, enfrenta un obstáculo central: la falta de respaldo legal. No existe un comodato ni una cesión formal del terreno o del inmueble, lo que significa que cualquier autoridad puede desalojarlos en cualquier momento. A pesar de haberse convertido en un punto de encuentro para niños, jóvenes y adultos que no tienen acceso a espacios dignos para el deporte o la convivencia, la iniciativa opera en la incertidumbre.

Este caso refleja un patrón que se repite no solo en Cancún, sino en muchas ciudades del país: cuando el gobierno abandona un proyecto, la comunidad intenta apropiarse de él para satisfacer necesidades urgentes. Pero sin voluntad política ni mecanismos legales que reconozcan estas acciones, los rescates ciudadanos quedan suspendidos en el limbo, vulnerables al desalojo o al olvido. Los elefantes blancos continúan marcando el paisaje con su inercia y contradicción. Este tema aún no se resuelve porque apenas es reciente.

Obras olvidadas, recursos desperdiciados

En Quintana Roo, como en muchas otras partes de México, existen obras públicas que alguna vez fueron anunciadas con grandes promesas de desarrollo y progreso, pero que hoy permanecen en el abandono, convertidas en símbolos del despilfarro y la mala gestión gubernamental. Un caso emblemático que evidencia esta realidad, es la base de la extinta Policía Federal en Leona Vicario que fue planeado para ser una escuela de capacitación de la Policía Federal, proyecto impulsado durante los últimos años de la administración de Vicente Fox y aprobado por Felipe Calderón. A pesar de que la obra estuvo casi terminada, nunca fue inaugurada ni operó. Problemas legales entre la constructora y el gobierno federal, relacionados con adeudos y recursos pendientes, dejaron el inmueble en el olvido. Hoy, estas instalaciones abandonadas son un claro ejemplo del mal uso de los recursos públicos, ya que una inversión millonaria terminó sin ningún beneficio social ni funcional y está ahí, en medio de la selva, como un verdadero elefante blanco.

Megaescultura de Chetumal: un monumento sin rumbo

La Megaescultura de Chetumal, también conocida como “Homenaje al Mestizaje”, es uno de los símbolos más evidentes del despilfarro de recursos públicos en Quintana Roo. A más de dos décadas de haber sido anunciada, la obra sigue sin una función clara ni cumplir con los objetivos para los que fue concebida.

Diseñada por el escultor Enrique Carvajal Díaz “Sebastián”, la obra inició en 2003 durante el gobierno de Joaquín Hendricks Díaz, con una inversión inicial de 120 millones de pesos. El propio artista negó haber recibido la totalidad del monto, lo que desde entonces generó suspicacias sobre el uso de los recursos.

Durante la administración de Félix González Canto, el proyecto —aún inconcluso— recibió una nueva inyección de 34 millones de pesos. Bajo el mandato de Roberto Borge Angulo, la Megaescultura obtuvo un fideicomiso adicional de 100 millones de pesos con la promesa de que por fin sería terminada y entregada en 2016, lo cual no ocurrió.

En el sexenio de Carlos Joaquín González, se invirtieron más recursos, pero no hubo avances significativos. La obra fue parcialmente habilitada como el “Museo de la Bahía” en 2017, aunque sin consolidarse como un espacio cultural activo o atractivo turístico.

Actualmente, la Megaescultura permanece como un monumento “bonito” a la vista de algunos, pero sin una utilidad definida, con impacto real en el desarrollo cultural o económico de la capital del estado. Para muchos habitantes, representa un derroche que podría haberse destinado a áreas urgentes como salud, educación o seguridad pública.

La falta de planeación, continuidad y rendición de cuentas en torno a esta obra la ha convertido en un verdadero elefante blanco, y en un recordatorio del uso ineficiente de los recursos públicos a lo largo de cuatro administraciones estatales.

Mercados de artesanías en Cancún, con grave deterioro

El Mercado Pancho Villa, uno de los espacios más emblemáticos para la venta de artesanías en el centro de Cancún, enfrenta un evidente proceso de deterioro que refleja la situación general de los mercados artesanales en la ciudad. Ubicado estratégicamente entre las avenidas Tulum y Nader, este mercado ha visto el cierre progresivo de locales, muchos de los cuales han sido convertidos en bodegas o se encuentran abandonados, con letreros de renta o venta.

Comerciantes que aún operan reportan bajas ventas, incluso en temporadas altas, debido a la competencia con comercios en hoteles y zonas turísticas, así como a la falta de promoción y apoyo institucional. Además, la inseguridad ha golpeado al mercado, que en 2019 fue escenario de un tiroteo que marcó un punto crítico en la confianza de vendedores y visitantes.

A pesar de algunos esfuerzos por rehabilitar la zona, la falta de coordinación entre autoridades y propietarios ha impedido su recuperación efectiva. El Mercado Pancho Villa simboliza la crisis que viven los mercados de artesanías en Cancún, donde la ausencia de políticas públicas claras y la competencia desleal han puesto en riesgo el sustento de los artesanos locales, quienes ya lo consideran un elefante blanco.

Especialistas y comerciantes coinciden en que una intervención integral es urgente para recuperar estos espacios, que forman parte fundamental del patrimonio cultural y económico de la ciudad.

Apuntes de El Despertador de Quintana Roo

Puntos básicos para la atención al tema de los elefantes blancos:

1.- Participación ciudadana activa

Incorporar a la comunidad y a expertos en la evaluación y propuesta de soluciones, promoviendo la vigilancia social y el seguimiento ciudadano de estos proyectos.

2.- Plan integral de recuperación y reutilización

Diseñar un plan con estrategias claras para rescatar, rehabilitar o dar un nuevo uso a las infraestructuras abandonadas, evitando así mayor deterioro y desperdicio de recursos.

3.- Asignación presupuestal suficiente y transparente

Garantizar recursos económicos específicos y bien fiscalizados para la rehabilitación o conclusión de proyectos, con controles que eviten desvíos o mal uso.

4.- Fortalecimiento institucional

Mejorar la capacidad técnica, administrativa y normativa de las dependencias encargadas de supervisar, ejecutar y dar seguimiento a los proyectos públicos, para evitar futuros elefantes blancos.

5.- Control y evaluación continua

Implementar sistemas permanentes de monitoreo y evaluación que detecten a tiempo posibles riesgos de abandono o mal manejo, para corregirlos oportunamente.

6.- Sanciones legales y reformas normativas

Promover reformas legales que prevengan la repetición de estas prácticas, incluyendo la tipificación clara de delitos relacionados y sanciones ejemplares para quienes incurran en corrupción o negligencia.

Related Post