10 octubre, 2026

En la lucha por el poder, el Niño Verde le ganó a AMLO

Rafael Martínez Cristo

En la lucha por el poder en Quintana Roo hay una lectura que difícilmente puede pasar desapercibida: durante meses se enfrentaron dos grupos con intereses similares, pero con proyectos distintos para el futuro político del estado: 

De un lado, el grupo identificado con Jorge Emilio González Martínez, “El Niño Verde”; del otro, el círculo político cercano al expresidente Andrés Manuel López Obrador y Rafael Marín Mollinedo. La disputa no era solamente por una candidatura. Era, en buena medida, por quién tendría mayor influencia sobre el rumbo político y económico de Quintana Roo. Y si se observa el desenlace, el marcador parece favorecer al Verde. O ¿todo es parte de una negociación entre estos dos pilares?

La designación de Eugenio “Gino” Segura como coordinador de la Cuarta Transformación en Quintana Roo modificó por completo el tablero político. Después de meses de especulaciones, reuniones, encuestas y movimientos internos, Morena colocó al senador con licencia al frente de la estructura que tendrá la responsabilidad de organizar el partido en los 11 municipios del estado.

Oficialmente, el procedimiento fue resultado de las encuestas internas y el propio Gino ha rechazado que su designación haya sido producto de una negociación con el Partido Verde. Sin embargo, en política los resultados también generan lecturas y el resultado final abrió una pregunta inevitable: ¿quién salió realmente fortalecido de esta disputa?

Para entenderlo hay que mirar hacia atrás. El Partido Verde dejó hace tiempo de ser un simple aliado electoral de Morena en Quintana Roo. 

En los últimos años construyó una estructura propia, consiguió espacios en el Congreso, gobiernos municipales y una presencia particularmente fuerte en municipios estratégicos. En las elecciones de 2024, Morena obtuvo nueve diputaciones locales de mayoría relativa, mientras que el Verde consiguió tres y el PT otras tres. En los ayuntamientos, Morena terminó encabezando nueve municipios (algunos de ellos, verdes disfrazados), el PT uno y el Verde otro. Es decir, la alianza gobernante llegó a la nueva etapa con una fuerza territorial considerable y el PVEM con una posición que difícilmente puede ser ignorada.

Detrás de esa expansión aparece el nombre de Jorge Emilio González Martínez. “El Niño Verde” ha sido durante años uno de los principales operadores del Partido Verde y su influencia en Quintana Roo se ha incrementado a la par del crecimiento electoral de su partido. 

Su relación política con Morena y con el propio López Obrador permitió construir una alianza que, más allá de las diferencias ideológicas o de los intereses particulares de cada grupo, terminó convirtiéndose en una maquinaria electoral con resultados concretos. Por eso, cuando comenzó a definirse quién encabezaría el proyecto rumbo a 2027, la pregunta dejó de ser únicamente quién tenía mejores números en una encuesta y comenzó a ser quién tendría mayor capacidad para mover las estructuras políticas del estado.

En ese escenario apareció Rafael Marín Mollinedo. Su nombre tenía un peso especial porque no se trataba de un aspirante cualquiera. Marín es uno de los personajes políticamente más cercanos a Andrés Manuel López Obrador y durante años formó parte de su círculo de confianza. Su participación en la contienda interna representaba, para muchos, la posibilidad de que el grupo político identificado con el expresidente pudiera recuperar una posición central en el futuro de Quintana Roo. Frente a él estaban Ana Patricia Peralta, Marybel Villegas y Gino Segura, cada uno con sus propios grupos, relaciones y estructuras.

El resultado terminó favoreciendo a Gino.

Marín reconoció posteriormente que había quedado en tercer lugar y, aunque hubo inconformidades entre algunos de sus seguidores, decidió mantener una postura de unidad y continuar dentro de Morena. Ana Paty también conservó un peso político importante, mientras que Marybel Villegas cuestionó el proceso y habló abiertamente de una posible negociación política. Esa acusación, sin embargo, no ha sido acreditada públicamente y tanto Gino como quienes defendieron el procedimiento sostienen que la decisión fue producto de las mediciones internas del partido.

Pero incluso aceptando esa versión, existe una realidad política que resulta difícil ignorar: el resultado terminó favoreciendo a un personaje que mantiene una relación cercana con la gobernadora Mara Lezama y que tiene antecedentes políticos vinculados al Partido Verde. Es ahí donde surge la lectura de que Jorge Emilio González ganó una batalla. No necesariamente porque haya ordenado el resultado o porque exista un acuerdo firmado que le otorgue el control de la candidatura, sino porque el desenlace colocó a un político cercano a su entorno en una posición privilegiada para construir el proyecto electoral que llegará hasta 2027.

Y esa posición tiene un valor enorme. Gino no fue designado para quedarse sentado esperando la elección. Su responsabilidad implica organizar los comités seccionales, fortalecer la afiliación y credencialización, recorrer los municipios, promover el proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum y mantener activa la estructura de Morena en el territorio. En otras palabras, tendrá la oportunidad de construir una organización política que estará operando permanentemente durante los próximos meses. Y en política, quien tiene la estructura tiene una parte importante del poder.

Ahí está quizá el verdadero significado de la designación. La candidatura a la gubernatura todavía no existe formalmente y falta mucho para que Morena defina quién aparecerá en la boleta. Pero quien encabeza desde ahora la organización territorial tendrá una ventaja política evidente: podrá recorrer el estado, reunirse con militantes, conocer las estructuras municipales y participar en la construcción de los comités que eventualmente serán fundamentales para la elección. La coordinación se convierte así en mucho más que un nombramiento partidista; es una plataforma de operación política.

Por eso la disputa entre el grupo de Rafael Marín y el de Gino Segura tuvo una importancia que rebasó a los propios aspirantes. En el fondo, también se estaba midiendo la capacidad de influencia de dos grupos que durante años han tenido presencia en la política quintanarroense. De un lado, el obradorismo representado por Marín y su cercanía con el expresidente; del otro, una nueva generación política en la que convergen Morena, el gobierno estatal y un Partido Verde que ha demostrado tener una estructura electoral cada vez más sólida.

Y aquí aparece nuevamente Jorge Emilio González. Si algo ha demostrado el dirigente verde es que sabe esperar, negociar y mantener presencia aun cuando las circunstancias políticas cambian. El Verde pasó de ser un partido aliado a convertirse en una pieza indispensable de la ecuación electoral de Quintana Roo. Hoy tiene diputados, presencia municipal, estructura territorial y una alianza con Morena que le permite participar de manera directa en las decisiones políticas del estado.

Por eso no resulta extraño que después del destape de Gino comenzaran a circular las interpretaciones sobre una posible negociación entre los dos grandes grupos. ¿Fue una victoria del Verde? ¿Fue una decisión exclusivamente de Morena? ¿O fue una salida negociada que permitió mantener el equilibrio entre las distintas fuerzas que conforman el movimiento? Hasta ahora no existe una respuesta definitiva y cualquier afirmación categórica sería especulación. Lo que sí existe es un resultado: Gino está al frente de la coordinación y el grupo político del Verde conserva una posición privilegiada dentro del tablero.

Ahora viene la parte más difícil. Gino tendrá que realizar la llamada operación cicatriz, acercarse a los equipos de quienes participaron en el proceso y evitar que las heridas internas se conviertan en una ruptura. Rafael Marín tendrá que definir hasta dónde llegará su participación en esta nueva etapa; Marybel Villegas seguirá cuestionando aquello que considere necesario y Ana Patricia Peralta tendrá que conservar el peso político que construyó desde Cancún. Al mismo tiempo, Morena deberá mantener cohesionada una estructura que en 2024 prácticamente dominó el mapa electoral de Quintana Roo.

La otra gran incógnita será la relación con el Partido Verde. La alianza ha dado resultados electorales, pero 2027 será una prueba diferente. El Verde querrá mantener su peso y Morena buscará conservar el control del proyecto. En medio estará la candidatura a la gubernatura, pero también las presidencias municipales, las diputaciones locales y federales y el Senado. La verdadera batalla, por tanto, apenas comienza.

Lo que ocurrió hasta ahora, sin embargo, deja una fotografía política muy clara. El grupo de López Obrador apostó por Rafael Marín y no consiguió la coordinación. Gino Segura, respaldado por una estructura política propia y con una relación cercana al gobierno estatal, terminó al frente del proyecto. Y el Partido Verde, con Jorge Emilio González como principal referente, conserva una posición de enorme importancia dentro de la ecuación.

Por eso, más allá de discursos, fotografías y llamados a la unidad, la política también se mide por resultados. Y en esta primera batalla por el control político de Quintana Roo, el que terminó sonriendo fue el Niño Verde. Ahora falta lo más complicado: demostrar que esta victoria política puede convertirse en una estructura sólida para 2027, mantener unida a Morena y convencer a quienes quedaron en el camino de que la batalla terminó y que ahora toca trabajar juntos.

Porque en política una cosa es ganar una encuesta y otra muy distinta es conservar el poder. Pero por lo pronto, en esta partida, el Niño Verde movió mejor sus piezas.

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