16 septiembre, 2026

EN LA MILPA

Inosente Alcudia Sánchez

En la milpa, entre los surcos de maíz y los bejucos del frijol, sobresalían unos vegetales por sus hojas anchas, verdes y húmedas. Avanzada la tarde, cuando el sol amarilleaba y el calor había cedido, veía a mi padre emprender una tarea casi secreta: limpiar de bichos y suciedad aquellas plantas que crecían flagrantes gracias a sus cuidados diarios. En cuclillas, con el esmero de quien pule la copa más fina, pasaba un trapo sobre las hojas que crecían rápido, les devolvía el brillo opacado por el polvo y extirpaba las chinches, gusanos y grillos que amenazaban con mordisquearlas.

Al cabo de unos pocos meses, con la diligencia de un cirujano, cortaba las hojas más grandes, limpias y sin daños. Para evitar que se maltrataran en el traslado a casa, las envolvía en periódicos viejos y, al llegar, las colgaba de un tendedero en la oscuridad del cuarto destinado para ello. Durante varias tardes, con la perseverancia de las hormigas arrieras, hacíamos una especie de mudanza: acarreábamos aquellas hojas robustas desde la milpa luminosa hasta la penumbra cálida de una habitación de ventanas y puerta siempre cerradas.

Unos días después de tenderlas en mazos de tres o cuatro piezas, entrábamos por las noches a regarlas. Ahí estaban, guindando como murciélagos prehistóricos: yo alumbraba con el foco de baterías mientras él salpicaba de agua las hojas que se iban marchitando, sustituyendo el verde luminoso por el café de las hierbas muertas. Con el paso de las semanas, cambiaban de color y de textura, y se adelgazaban hasta quedar como arrugados pliegos de papel, suaves, maleables.

El ambiente de la habitación se enrarecía conforme las hojas envejecían. El aire se volvía picante, casi irrespirable, hasta que un buen día, luego de tocar y acariciar esos pliegos arrugados, mi padre decidía que estaban listas y comenzaba a cosechar el fruto de meses de cariñoso esmero. Yo lo sé: él amaba esas hojas a las que había dedicado tanto trabajo y ternura.

El tabaco era un disfrute que mi padre se regalaba a cualquier hora, aunque sólo fumaba por las noches. Durante el día, cargaba un pequeño envoltorio donde guardaba el tabaco que masticaba. Sin hacer gestos, sin salivar, sin escupir, mantenía por horas un bocado de aquella yerba amarga, ácida, picante. A escondidas, la curiosidad infantil me obligó a probar. Aún recuerdo el ardor que me quemó el paladar y la lengua: un incendio intolerable.

En la penumbra forjaba sus puros, sobre todo cuando había visitas y las pláticas se prolongaban. Entonces, compartía orgulloso sus mejores hojas y, junto a amigos o familiares, aderezaban la noche con el olor del humo—olor de monte—que se esparcía por la atmósfera húmeda del mundo. Era raro verlo fumar a solas; parecía que el humo necesitaba conversación.

Yo disfrutaba, de principio a fin, aquel proceso agrícola, artesanal, social. Más bien, acompañaba el disfrute de mi padre, que para él culminaba al constatar la suavidad, la maleabilidad, el aroma y el sabor de esas hojas maduradas con la paciencia de quien aprecia el valor de la recompensa. Ahora pienso que esas actividades eran una especie de terapia que lo ayudaba a enfrentar la rudeza de esos tiempos.

Me alegraba, pues, la alegría de mi padre. Y en las noches, cuando la tertulia se extendía, yo me dormía a su lado, feliz y arrullado por las narraciones fantásticas que describían un mundo que no alcancé a conocer.

No sé cuándo dejó de cultivar sus hojas, pero nunca dejó de “masticar” y, en menor medida, de fumar tabaco. Ya de adulto, me gustaba regalarle un habano; veía, por su cara alegre, que le devolvía un poquito de la felicidad que él me había dado. Y yo disfrutaba un cachito del orgullo que sentía cuando enrollaba su propia hoja de tabaco.

No sé por qué recuerdo estas cosas. Será que vienen las fiestas de fin de año.

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