Gerardo Ruiz
Entre el grito del 15 de septiembre, los informes y los plantones se ha escrito buena parte de nuestra historia política reciente.
Hace veinte años, en septiembre de 2006, llegaba a su fin uno de los plantones más recordados de la historia política contemporánea de México.
Una protesta que permaneció durante semanas en las calles de la Ciudad de México y que, más allá de las posiciones políticas que provocó, quedó registrada en la memoria de una sociedad que presenció cómo una inconformidad política podía transformar el espacio público.
Veinte años después, el plantón continúa formando parte de nuestro lenguaje político.
¿Cuántas veces, ante un problema que no se resuelve, hemos escuchado o incluso pensado: “hay que hacer un plantón”?
Y no es difícil entender por qué.
Cuando un ciudadano toca una puerta y nadie responde, cuando presenta un escrito y no obtiene respuesta, cuando solicita una reunión y no se concreta, cuando una autoridad simplemente decide no escuchar, la protesta termina convirtiéndose en una de las pocas herramientas que el ciudadano siente que todavía tiene a su alcance.
Manifestarse es un derecho.
Protestar es un derecho.
Exigirle a la autoridad que cumpla con sus obligaciones también lo es.
Pero quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda:
¿En qué momento comenzamos a entender la participación ciudadana solamente como una forma de protesta?
Porque participar no debería comenzar cuando colocamos una pancarta, cerramos una calle o instalamos un plantón.
Participar debería comenzar mucho antes.
Debería comenzar cuando conocemos nuestros derechos, cuando conocemos nuestras obligaciones, cuando preguntamos qué hace nuestro gobierno con los recursos públicos, cuando acudimos a una sesión de Cabildo, cuando presentamos una propuesta, cuando exigimos información, cuando damos seguimiento a una obra y cuando regresamos a preguntar qué ocurrió con aquello que nos prometieron.
En México tenemos una enorme tradición de protesta. Hemos aprendido a gritar, a marchar, a bloquear y a ocupar las calles.
Tal vez ahora necesitamos aprender algo más difícil: participar de manera permanente.
Porque una ciudadanía que solamente aparece cada tres o seis años para votar y después vuelve a su vida cotidiana deja demasiado espacio para que otros decidan por ella.
Y aquí está la paradoja.
Nos quejamos de que los políticos solamente aparecen durante las campañas, en los informes y en los mítines, pero muchas veces los ciudadanos también aparecemos únicamente durante las elecciones y en los mítines.
Quizá ha llegado el momento de cambiar la lógica.
Se trata de entender que la protesta debería ser una herramienta de participación, no la única forma que conocemos para ejercer ciudadanía.
Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando sus ciudadanos salen a la calle a protestar.
También se fortalece cuando esos mismos ciudadanos entran a las instituciones, preguntan, cuestionan, proponen, vigilan y exigen que se cumpla lo que fue votado.
Hace veinte años, entre el 13 y el 14 de septiembre de 2006, comenzó a levantarse el plantón que durante 47 días había ocupado buena parte de Paseo de la Reforma, Juárez, Madero y el Zócalo.
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, de poco sirve ponerse de plantón, hacer mítines o rendir informes de gobierno; de poco sirve gritar: “¡Viva México!”, si seguimos percibiéndonos y dejándonos considerar solamente como un puñado de votantes que pueden ser manejados a su antojo por quien se diga líder de ocasión, por el presidente o por el gobernador en turno.
El día que nos asumamos como ciudadanos, ese día apuesto a que México tendrá una verdadera y auténtica transformación y gritar a todo pulmón y de todo corazón, sobre todo con conciencia ciudadana y social: ¡Viva México!
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

