Gerardo Ruiz
Hablar de la cosmogonía maya no es solo hablar del tiempo, de los ciclos o del universo. Es asomarse a una pregunta que, hasta hoy, sigue incompleta: ¿qué ocurrió para que una civilización como la maya abandonara un territorio que aún llamamos paraíso? No hay una sola respuesta. Sequías prolongadas, conflictos internos, presión sobre los recursos naturales. Todo son hipótesis. Pero hay algo más inquietante que la incertidumbre histórica: la posibilidad real de nunca poder responder esa pregunta.
Porque las respuestas no están únicamente en los libros. Están en la tierra. En los vestigios. En las piezas que durante siglos permanecieron ocultas y que hoy, en nombre del desarrollo, también están en riesgo de desaparecer.
En la Península de Yucatán, cada tramo intervenido no solo modifica el paisaje: altera un archivo vivo. Con la construcción del Tren Maya no solo se abrió la selva ni se fragmentó el territorio; también se ha puesto en tensión la capacidad del Estado para proteger el patrimonio que resguarda el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Y eso no es un asunto menor ni técnico. Es una decisión política.
Cada fragmento destruido no es únicamente pasado perdido. Es información que desaparece. Es una explicación menos. Es una pregunta cancelada antes de poder formularse por completo.
Y entonces el problema deja de ser histórico. Se vuelve presente.
Porque si no entendemos por qué colapsa una civilización, no estamos condenados a repetir su historia; estamos, más bien, construyendo la nuestra bajo las mismas condiciones que la hicieron posible: sin agua suficiente, con ecosistemas degradados y con un equilibrio ambiental cada vez más frágil.
La selva maya no es un adorno del paisaje. Es un sistema vivo que regula temperatura, humedad y supervivencia. Su destrucción no puede reducirse a un costo ambiental abstracto: es una decisión que impacta directamente en la vida cotidiana de quienes habitamos esta región.
Y, sin embargo, el discurso público sigue avanzando como si el costo no existiera. Como si el desarrollo fuera incuestionable por definición. Como si la historia fuera algo que ya pasó y no una advertencia permanente.
Aquí es donde el debate debe elevarse. No se trata de estar a favor o en contra de una obra en particular. Se trata de reconocer que el desarrollo sin límites, sin planeación integral y sin respeto por el entorno no es progreso: es una forma acelerada de deterioro.
Gobernar no es imponer ritmo, es entender contexto. No es abrir camino a cualquier costo, es asumir las consecuencias de cada decisión. Y en materia ambiental y patrimonial, esas consecuencias no se miden en años, sino en generaciones.
El equinoccio, en la cosmovisión maya, representaba equilibrio. Un punto de armonía entre fuerzas opuestas. Hoy, ese equilibrio parece cada vez más lejano.
“Volverás a mí, la maldita primavera…”
Pero no como renacimiento.
Volverá como sequía. Como calor que no da tregua. Como ausencia de agua y de sombra. Volverá no para darnos vida, sino para recordarnos que fuimos nosotros quienes rompimos el equilibrio.
Y entonces, cuando queramos entender qué fue lo que pasó, será demasiado tarde.
Porque ya no quedarán respuestas.
Y lo que hoy todavía podemos llamar equinoccio, mañana será, inevitablemente, solsticio.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

