2 mayo, 2026

José Juan Cervera

En memoria de Carlos Roberto

El destino de los libros se liga con el de hombres y mujeres que les atribuyen valor y significado, volcando en ellos aprecio intelectual y fuerza sensible, de tal modo que puedan hacer de ellos conciencia bienhechora. El afán de registrar acontecimientos, preservar imágenes y plasmar ideas e impresiones diversas en los contenidos bibliográficos adquiere también una dimensión afectiva que fortalece vínculos comunitarios.

Entre 2015 y 2020, tras concluir su desempeño profesional en el campo de los servicios financieros ocupando puestos ejecutivos, el abogado Carlos Roberto Barrera Jure (1955-2022) editó un conjunto de libros que reflejan distintos rasgos de su personalidad, junto con los temas que marcaron los caminos de su inteligencia. Sus preocupaciones ecológicas y el apego a los lazos de familia, las etapas sucesivas del aprendizaje formal, los recursos de inversión bancaria y las estrategias publicitarias constituyeron líneas claras de sus intereses vitales.

La convivencia familiar y el desarrollo de sus líneas afectivas ya se hacían visibles en el título de la revista que Carlos dirigió en 2016: Ser Familia, la cual constó de ocho números que circularon entre abril y noviembre de ese año. Tomó cuerpo en las memorias de infancia de Raúl Emiliano Lara Barrera (2015), pariente del editor, y en Genealogía gráfica de los Barrera 1798-2015 (2016), que siguió el rastro de sus antepasados asentados en la región de los Chenes, Campeche. Anecdotario de los Barrera (2018) remató su vigoroso testimonio de esta secuencia temática, hasta prolongarse en Breve orientación para el manejo de un rancho ganadero en Yucatán (2019), de su padre Armando Manuel Barrera Baqueiro, texto acompañado de varias fotografías familiares.

Guardianes del tiempo, árboles extraordinarios de Mérida es una serie de cuatro tomos que Carlos publicó entre 2017 y 2019, en la que expone la admiración y el respeto que los árboles le inspiraron siempre. Reúne comentarios y fotos de los ejemplares frondosos que encontró en sus recorridos a lo largo de su ciudad natal, en parques, colonias, calles y avenidas, extendidos luego a otras localidades; con pleno convencimiento de que la defensa de las especies vegetales es un esfuerzo que favorece la calidad de vida humana (“Procuremos siempre que nuestros actos dejen una huella verde en nuestro camino.”), dejó un registro visual de estas formas de vida. Así mostró imágenes de árboles sobrepuestos a confinamientos extremos, mutilaciones y usos inadecuados en la vía pública, o cuando ostentan sus ramas en espacios amplios, sobre todo en las plazuelas de algunas comisarías meridanas.

Otras obras dan fe de su vocación de servicio como gestor de valores financieros y de estrategias empresariales y comerciales, bajo el sello de un compromiso explícito de responsabilidad social (“La venta bien hecha está orientada hacia la satisfacción del cliente y no hacia la ventaja del vendedor.”) En este orden surgió un compendio de textos suyos publicados entre 1993 y 1999, una retrospectiva de publicidad gráfica local que abarca tres décadas y una memoria que refiere su labor como presidente de la asociación Ejecutivos de Ventas y Mercadotecnia de Mérida, cargo que ocupó en dos periodos consecutivos.

Un libro más acoge sus recuerdos de estudiante en el Centro Universitario Montejo, espacio educativo en que tuvo como maestros y condiscípulos a personajes que a la postre ocuparon puestos de relevancia en la sociedad yucateca. Durante esta fase formativa intervino en la edición de periódicos en que el alumnado pudo reconocerse, al calor de una iniciativa que alcanzó a otros planteles escolares dando vida en 1977 a un impreso mensual denominado Diálogo. Revista de Comunicación Intercolegial.

Con capacidad de observación y sentido de la estética visual imprimió un volumen de imágenes fotográficas de su autoría, distribuidas en apartados con diferentes enfoques: la exclusión social que obra sobre los ancianos indigentes en las calles de Mérida, el solemne mutismo que sugieren los pórticos de varios cementerios yucatecos, las prácticas recreativas de las temporadas veraniegas y los rostros de la infancia en proceso de descubrir los gozos y los sinsabores de la existencia.

Esta suma de perspectivas incita a interrogar a fondo el sentido que envuelve los hechos cotidianos y a depurar los canales que conducen las impresiones del mundo; son ediciones en que late un estímulo para discernir la esencia de las manifestaciones del ser. Un legado de tales características representa logros invaluables y trae recuerdos de amistad.

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