Con casi cinco siglos de historia a sus espaldas, Campeche demuestra que la identidad no se detiene en murallas ni en fronteras y que la Península de Yucatán es un territorio tejido por lazos culturales y humanos que no conocen divisiones

SALVADOR CANTO / EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE EL DESPERTADOR DE QUINTANA ROO

Campeche es una metáfora viva del tiempo. Entre murallas, baluartes y calles de piedra que alguna vez resistieron al filo de los asedios de piratas y filibusteros, la ciudad amurallada cumple este mes de octubre 485 años de historia. Una historia que no solo pertenece a Campeche, sino a toda la Península de Yucatán y, en esencia, a México. Como las olas que golpean su malecón, aquí se entrelazan pasado y presente, identidad y futuro.

En el mismo mes en que Campeche celebra su aniversario, El Despertador cumple ocho años y extiende sus pasos hacia esta tierra próspera, como si la memoria de la Villa de San Francisco de Campeche y el pulso de un medio joven encontraran un punto de encuentro: la permanencia y la expansión. Ambos son historias que nacen de la resistencia y la visión de futuro; ambos buscan trascender fronteras.

El viaje por Campeche fue también una crónica visual: “El Despertadrón” sobrevoló la ciudad colonial para capturar su esplendor de día y de noche; sus murallas iluminadas, el malecón que se abre al horizonte, sus plazas y templos que parecen contar secretos al visitante.

Pero la verdadera esencia campechana late en su mercado “Pedro Sainz de Baranda”, donde el cazón, las trancas de lechón y la cochinita se mezclan con el olor a flores, dulces regionales y frutas tropicales, mientras los pregoneros mantienen viva la tradición de anunciar lo que traen sus canastos. Allí, entre colores y voces, Campeche se muestra auténtico, sin maquillaje, como un retrato cotidiano de su identidad.

El recorrido llevó también a los poblados de San Francisco Kobén y Pomuch y las ciudades de Bécal y Hecelchakán, donde la historia maya y la tradición colonial se funden en la vida diaria, en sus oficios y celebraciones.

Así, Campeche, una entidad que es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1999, no es solo un viaje al pasado: es una ventana al presente y un reto para el futuro. En este contexto, El Despertador de Quintana Roo da un paso firme hacia la integración peninsular. Tras oficializar su presencia en Yucatán, ahora incursiona en Campeche, convencido de que la Península comparte un mismo ADN histórico y cultural. Y en este aniversario doble —el de una ciudad que resiste desde hace casi cinco siglos y el de un medio que suma ocho años de plasmar historias— la coincidencia se convierte en metáfora: El Despertador llega a Campeche para ser parte de esa historia que nunca dejará de contarse.

Campeche: entre la memoria y el porvenir

Campeche no solo es un testimonio vivo de la historia de México, sino también un pilar en la Península de Yucatán. Su ubicación estratégica lo convierte en puente entre el Golfo de México y el Caribe, entre el pasado maya y el presente mestizo, entre las fortalezas coloniales y los retos de un futuro sostenible. En un territorio donde los límites estatales a veces dividen lo que la cultura une, Campeche representa un eje de identidad compartida, un punto de equilibrio que recuerda que la península es, ante todo, una región con raíces comunes.

Es un estado donde la historia se respira en cada calle empedrada, en las murallas que aún resguardan la ciudad y en los relatos de comunidades que conservan rituales ancestrales.

Fundada en 1540 sobre los vestigios de la antigua población maya de Ah-Kim-Pech, la ciudad de San Francisco de Campeche se convirtió en un enclave estratégico para el comercio colonial, pero también en blanco constante de ataques piratas, lo que derivó en la construcción de su imponente sistema defensivo, hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad.

La vida política de Campeche ha transitado por distintas etapas y colores partidistas, reflejando las transformaciones de la democracia mexicana. Actualmente, el estado es gobernado por Layda Sansores San Román, representante de Morena y primera mujer en ocupar la gubernatura, lo que marca un hito en la historia política local. En la capital, la administración municipal está encabezada por Biby Karen Rabelo de la Torre, de Movimiento Ciudadano, una muestra de la pluralidad política que convive en el territorio.

Las tradiciones también han evolucionado. La Feria de San Román, una de las más antiguas y emblemáticas, pues se remonta a los orígenes de la ciudad, dejó de celebrarse en el histórico barrio que le dio origen para trasladarse a una explanada aledaña al Centro de Convenciones, donde conviven modernidad e identidad popular. Aunque cambió de sede, conserva su esencia: la llegada de la venerada imagen del Cristo Negro de San Román y las expresiones culturales y gastronómicas que reafirman la fe y la campechanidad.

Campeche invita a vivirlo, sentirlo y recorrerlo. Cada calle, cada artesanía, cada feria representan un mosaico donde el pasado se honra y el porvenir se construye con orgullo. Entre murallas, casonas y rituales, Campeche se reinventa como un motor cultural y turístico de la Península de Yucatán: un estado que celebra su historia mientras abre paso a la modernidad.

Calle 59 y Casona 6: un viaje en el tiempo

En el corazón del Centro Histórico de Campeche, la Calle 59 se ha consolidado como uno de los principales corredores culturales y turísticos de la ciudad. Entre fachadas coloniales, adoquines y balcones de hierro forjado, este espacio ofrece un paseo que mezcla la historia de la antigua ciudad amurallada con la vida contemporánea.

A lo largo de la calle se suceden galerías de arte, cafés, restaurantes y bares, donde tanto locales como visitantes encuentran un punto de encuentro entre tradición y modernidad. Sus noches se iluminan con espectáculos musicales al aire libre, mientras que durante el día es común recorrerla a pie para admirar las coloridas casonas, los arcos coloniales y las vistas que conectan con las murallas y baluartes que protegieron a la ciudad de los ataques piratas.

Entre los inmuebles más representativos se encuentra la Casona 6, un centro cultural que conserva la elegancia señorial campechana. Los registros más antiguos de la propiedad se remontan a 1700, aunque la primera referencia escrita data de 1778, cuando pertenecía a doña Agustina Barranco. Años más tarde, la finca fue heredada por doña María Josefa del Valle Estrada, quien la hipotecó para fundar becas en el Colegio de San Miguel de Estrada, antecedente del actual Instituto Campechano.

El inmueble fue fraccionado en 1944, lo que redujo a la mitad su extensión. Tras un proceso de restauración, hoy abre sus puertas al público como un espacio donde se puede conocer de cerca la vida de las familias campechanas de los siglos XVIII y XIX. Sus patios interiores, la frescura de sus gruesos muros y la sobriedad de su arquitectura invitan a un recorrido por la memoria de la ciudad.

La experiencia del visitante se amplía más allá de la calle, con el Malecón de Campeche, un paseo frente al Golfo de México que combina áreas recreativas, deportivas y miradores que permiten contemplar atardeceres únicos. Junto con sus murallas, baluartes y fuertes —símbolos de resistencia ante la piratería—, el Centro Histórico ofrece un mosaico que conecta el pasado colonial con la vitalidad de una ciudad que apuesta por el turismo cultural y la innovación.

Mercado “Pedro Sainz de Baranda”: festín para los sentidos

En el corazón de Campeche, el mercado principal “Pedro Sainz de Baranda” no es solo un lugar para hacer compras: es un espectáculo de aromas, colores y vida que refleja la historia y la identidad de la región. Entre los pasillos, los sentidos se activan al instante: el olor salado del cazón fresco y asado, la raya curada, los camarones, caracoles, pulpo y hasta las manitas de cangrejo que reposan sobre hielo, listos para ser vendidos. Cada puesto parece competir por el título de “más colorido”: flores y dulces regionales se mezclan con frutas tropicales, creando un mosaico que parece salido de un cuadro.

Entre los vendedores, las historias también se venden al detalle. Una de ellas es la de una mujer originaria de Ciudad del Carmen que ofrece cazón fresco. Al preguntarle sobre la polémica identidad de su ciudad —donde los carmelitas insisten en que “no somos campechanos”—, no dudó en reírse y contar la versión que le heredaron sus abuelos: “Dicen que los campechanos les robaron el escudo de Yucatán que tenían en la entrada; por eso, Ciudad del Carmen quería ser de Yucatán, no de Campeche”, relató sonriente.

El mercado “Pedro Sainz de Baranda” no es solo un lugar de comercio: es un punto de encuentro donde la gastronomía, la historia y la memoria colectiva se mezclan. Cada aroma, cada sabor y cada historia es una ventana a la cultura campechana, invitando a locales y visitantes a descubrir la identidad de esta región con todos los sentidos.

Hecelchakán: forjando líderes desde hace casi un siglo

En el corazón de Hecelchakán, un municipio que aún conserva la tranquilidad de su historia colonial y el aroma de sus tierras agrícolas, se encuentra la Escuela Normal Rural “Justo Sierra Méndez”, institución que desde hace 95 años forma no solo maestros, sino ciudadanos comprometidos con su comunidad y con Campeche.

Fundada hace casi un siglo, la Normal es la única en toda la Península de Yucatán que mantiene el concepto de internado, donde jóvenes de ambos sexos conviven bajo el mismo techo, compartiendo sueños, libros y desayunos en un comedor que ha sido testigo de amistades que perduran toda la vida. Esta convivencia diaria enseña disciplina, solidaridad y liderazgo, valores que los egresados llevan a cada rincón del estado y del país.

De estas aulas han salido dos gobernadores para la península: José Ortiz Ávila (Campeche, 1961-1967) y Francisco Luna Kan (Yucatán, 1976-1982), además de una larga lista de diputados, senadores, presidentes municipales, regidores, líderes sindicales, supervisores escolares y maestros de reconocida trayectoria académica. Entre otros nombres destacados se encuentra Efraín Calderón Lara, conocido como “El Charras” —sobrino del exalcalde de Cancún, Rafael Lara Lara—, estudiante de leyes en la Universidad Autónoma de Yucatán y asesor de varios sindicatos, asesinado en 1974 por la policía de Yucatán debido a su activismo político. Su historia simboliza la lucha y el compromiso social que muchos egresados llevan consigo.

“Cada alumno que pasa por aquí se lleva algo más que conocimiento; se lleva un sentido profundo de responsabilidad e identidad”, afirma Daniel Xiu Dzul, director actual de la escuela. Según él, la formación que ofrece la Normal no solo contribuye al desarrollo personal, sino que también ayuda al progreso económico del estado al preparar a jóvenes que después impactan en distintos sectores.

La Normal ha reflejado la evolución de Hecelchakán y de Campeche. Antes solo recibía varones, ahora abre sus puertas a ambos sexos, y sus estudiantes llevan educación a comunidades rurales alejadas, conectando al estado con sus raíces y fortaleciendo su futuro.

El gobierno del estado ha reconocido su labor: recientemente reconstruyó el auditorio de la escuela y donó un camión nuevo para actividades escolares. Hoy, 392 alumnos, divididos en hombres y mujeres, enfrentan los mismos retos que la sociedad en general, aprendiendo a convivir bajo un escrutinio constante que los prepara para la vida más allá de las aulas.

Mientras la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez se acerca a su centenario, sigue siendo un faro que ilumina el camino de nuevas generaciones, recordando que en Hecelchakán se continúa escribiendo una historia donde educación y liderazgo van de la mano, y donde se forjan los nombres que marcarán el futuro de Campeche y de la Península.

Bécal: sombreros que narran la historia 

En el corazón del municipio de Calkiní se encuentra la ciudad de Bécal, que conserva una de las tradiciones más emblemáticas de Campeche: la fabricación artesanal de sombreros tejidos con fibra de la palma conocida popularmente como jipijapa. Más que un accesorio, estos sombreros son testigos de generaciones, portadores de historias y recuerdos que conectan el presente con el pasado del estado.

La técnica para elaborarlos se ha mantenido prácticamente intacta durante siglos. La fibra de palma se conserva húmeda en el interior de cuevas, un proceso que permite su maleabilidad y resistencia. Cada hebra entretejida es un testimonio de paciencia, destreza y dedicación, transmitida de padres a hijos desde la infancia.

Un ejemplo vivo de esta tradición es la cooperativa Artesanías Brito’s, encabezada por don Pedro Brito, quien a sus 85 años sigue tejiendo con la misma pasión con la que empezó a los siete. “Cada sombrero lleva una historia, cada fibra un recuerdo de nuestra tierra”, afirma don Pedro con orgullo.

Sin embargo, la tradición enfrenta desafíos que amenazan su continuidad. La competencia de sombreros y accesorios importados desde China ha golpeado la economía local, ya que estos productos, fabricados en serie, llegan al mercado a precios mucho más bajos. Para los artesanos de Bécal cada venta perdida no es solo una cuestión económica, sino un factor de riesgo para mantener viva la herencia cultural que representa cada sombrero hecho a mano.

A pesar de ello, los sombreros de Bécal continúan cruzando fronteras, llevando un pedazo de la cultura campechana a distintos rincones del mundo. Visitar esta comunidad es sumergirse en un viaje al pasado y al presente de Campeche: se puede observar de cerca el delicado proceso de tejido, conocer la historia de la palma y adquirir un sombrero auténtico, cargado de tradición y memoria.

El Despertador tuvo la oportunidad de platicar con la familia Brito, interactuar con los artesanos y adquirir algunos sombreros, llevando un pedazo de Bécal a la historia colectiva de este medio. Para quienes recorren la región, los sombreros no son solo un souvenir: son relatos tejidos que cuentan la historia de Campeche y de su gente.

Pomuch: donde la tradición abraza la vida y la muerte

En Pomuch, un pequeño poblado del municipio de Hecelchakán, localizado en el llamado Camino Real que conectaba las ciudades de San Francisco de Campeche y Mérida, la muerte no se esconde entre sombras: se celebra, se cuida y se recuerda con devoción. Su panteón, único en México, es testigo de un ritual que sorprende a los forasteros y conmueve a quienes lo viven: cada año, los familiares exhuman los restos de sus seres queridos. Para que un cuerpo pueda ser exhumado por primera vez, deben haber transcurrido al menos tres años desde su entierro.

Al entrar al cementerio, los cráneos parecen asomarse desde las cajas donde son acomodados por sus familiares, como un silencioso recordatorio de que, pronto, el 2 de noviembre, se les celebrará. Los huesos, cuidadosamente lavados y ordenados, se colocan en cajas abiertas y se cubren con mantas bordadas con el nombre del difunto, transformando el lugar en un espacio donde memoria, respeto y devoción se entrelazan.

“Es nuestra manera de mantenerlos cerca, de enseñar a los jóvenes que la muerte no es un adiós, sino un vínculo que nos une a todos”, explica doña María Luisa Has a El Despertador. En Pomuch, la tierra no guarda silencio: abraza y acompaña la memoria de los que ya partieron con delicadeza y cariño.

En este poblado, que conserva en su parque principal, como otra de sus peculiaridades, un monolito de forma fálica —símbolo de la fertilidad masculina para la civilización maya—, también se celebra la vida con sabores que cuentan historias: el famoso pan de Pomuch, elaborado artesanalmente siguiendo recetas transmitidas de padres a hijos, que evocan identidad y pertenencia. Entre ellos destaca el “pan de pichón”, una barra de pan rellena de jamón, queso Daysi y chile jalapeño, cuyo origen se atribuye a una panadería tradicional, “La Huachita”, en operación desde 1889. Cuenta la historia que bajo el techo de la panadería había un nido de paloma y cuando el panadero preparaba el bocadillo, un pichón recién nacido cayó sobre la mesa de trabajo, por lo que decidió bautizar su creación con ese nombre.

“Aquí celebramos la vida y la muerte con respeto, pero también con sabor”, dice doña Elisa Hernández, mientras observa a los niños aprender la importancia de las tradiciones. Entre la tierra húmeda, el color de las flores que decoran las tumbas y el humo de los hornos donde se cuece el pan, Pomuch ofrece un espectáculo que mezcla memoria, devoción y sabor.

En este rincón de Campeche la historia se palpa en cada gesto: en la limpieza de un hueso, en la manta bordada, en la masa que se amasa con paciencia. Tradición y vida se abrazan, y el hilo invisible que une pasado, presente y futuro se hace tangible para quienes pisan la tierra de Pomuch y sienten cómo la cultura respira en cada esquina.

San Francisco Kobén: historia, penitenciaría y tradición artesanal

A la vera de la autopista Campeche-Mérida, sobre una loma que domina el horizonte, se encuentra San Francisco Kobén, un poblado que guarda en su esencia la mezcla de historia, memoria y tradición. Allí, entre el calor sofocante y la vida cotidiana de sus habitantes, se levanta uno de los recintos penitenciarios más peculiares del país: el Cereso de Kobén.

Su origen se remonta a 1845, cuando, bajo la dirección de José de la Luz Solís, se construyó la Cárcel Pública de Campeche. Desde entonces, este espacio ha sido testigo de motines, asesinatos y conflictos que forman parte de la memoria penitenciaria del estado. La historia de Campeche —parece recordar Kobén— no se escribe únicamente en sus murallas coloniales ni en sus fortalezas, sino también en los muros que encierran las tensiones sociales y humanas de su tiempo.

Ubicada estratégicamente en lo alto de un cerro, la prisión tiene una característica que la hace distinta: sus internos cuentan con vista al exterior, algo inusual en los penales de México. Lo que al principio parecía un recurso para facilitar la vigilancia se convirtió, con el paso de los años, en un factor de riesgo. Desde las rejas, los presos codician lo que miran a lo lejos; lo visible despierta la ansiedad de la libertad y alimenta intentos de fuga, motines y conflictos que marcan su historia. En Kobén se cumple la sentencia de que “uno codicia lo que se ve”, pues aquello que aparece frente a los ojos pero permanece fuera del alcance se transforma en un anhelo constante, en una herida abierta que recuerda cada día lo que significa estar privado de la libertad.

A las afueras del penal, la vida transcurre en otra dimensión. Decenas de puestos ofrecen artesanías que dan cuenta del ingenio local y la resiliencia. Entre ellos destacan las hamacas tejidas dentro del reclusorio, piezas que conservan una tradición centenaria y que, al mismo tiempo, muestran cómo la creatividad puede abrirse paso aun en contextos de encierro.

El Cereso de Kobén también carga con episodios de violencia que han trascendido fronteras. En 1993, el asesinato de Julio César López Domínguez, conocido como “El Perro López”, líder que ejercía un férreo control dentro del penal, reveló la complejidad de las disputas de poder tras los muros. Tres décadas después, en marzo de 2024, un motín mal contenido dejó un saldo de 30 heridos entre internos y policías, atrayendo la mirada de medios nacionales e internacionales y evidenciando la fragilidad del sistema penitenciario en la región. En esta ocasión, varias mujeres policías fueron víctimas de abuso sexual por parte de internos.

San Francisco Kobén es, así, un lugar donde se entrelazan el calor sofocante, la vista deseada del exterior y el peso de la vida penitenciaria. Pero también es un espacio donde la tradición artesanal resiste, y donde pasado y presente se encuentran para recordar que la historia de Campeche no solo se conserva en los libros o en los muros coloniales, sino en cada rincón donde habitan la memoria y la resiliencia.

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La riqueza de la Península de Yucatán no está solo en sus paisajes o en sus monumentos históricos, sino en el tejido cultural que une a Campeche, Yucatán y Quintana Roo. El Despertador propone mirar más allá de los límites estatales y apostar por una integración que celebre lo que nos hermana: nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestra creatividad. Esta integración es también clave para dirimir controversias, como la de los límites territoriales entre los tres estados, y para resistir embates o intentos separatistas promovidos desde el centro del país.

Imaginar rutas culturales que recorran los tres estados y aprovechar el Tren Maya, archivos preservados en medios digitales que resguarden nuestra memoria común y programas educativos que siembren orgullo regional no son solo ideas: son caminos concretos para fortalecer nuestra identidad. La cooperación entre artesanos y productores, así como la organización de festivales que crucen fronteras, permite que cada expresión cultural no se quede aislada, sino que dialogue con todo el territorio peninsular.

La Península puede ser un solo escenario donde se entrelacen voces, sabores y saberes, y donde Campeche, Yucatán y Quintana Roo se reconozcan en su diversidad y, al mismo tiempo, en lo que los hace uno. Integrar nuestro ADN cultural no es un acto simbólico, sino una estrategia de futuro: preservar lo propio, compartir lo nuestro y construir juntos un patrimonio vivo que trascienda generaciones. En este contexto, El Despertador se suma al diálogo regional con la convicción de que el periodismo de investigación puede iluminar los caminos de transformación y fortalecer la memoria compartida de los pueblos peninsulares.

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