GERARDO RUIZ
El tiempo se va en un abrir y cerrar de ojos, para cuando leas o escuches esta columna, tal vez falten 50 días o menos para finalizar el año 2025 o quizás estemos viviendo en 2026. El tiempo se va en un abrir y cerrar de ojos y en lo personal y cada uno planea su vida a su ritmo y estilo de vida; pero en cuestiones político-social quienes tenemos un cargo público debemos de ir no solo un paso adelante; sino incluso décadas; anticipándose a problemas sociales que nos puedan afectar a todos en un futuro y eso se logra con la participación ciudadana, pero sin ella, estamos a la deriva.
Se acaba el año y, a pesar de que la Oficina Representativa del Congreso de Quintana Roo en Cancún aparece en los directorios oficiales, dicha oficina sigue sin una oficialía de partes operativa; documentos públicos confirman la presencia institucional en la ciudad al menos desde 2019, pero la falta de una ventanilla real para la ciudadanía demuestra que la representación es, muchas veces, papel y no práctica.
La omisión —o la conveniente distracción— de las instituciones que deberían facilitar la participación ciudadana es uno de los mayores obstáculos para una vida pública sana. Porque no se trata solo de que hagan mal su trabajo; a veces, pareciera que les conviene hacerlo mal. Les incomoda una ciudadanía vigilante, crítica y exigente. Prefieren administrar el silencio que enfrentar la voz organizada de su propio pueblo. La democracia tiene un enemigo más grande que la corrupción: la indiferencia. Una indiferencia que se alimenta de la desconfianza, de la decepción, de la impunidad, y que, poco a poco, va creando un territorio donde la ciudadanía deja de participar… y el poder en turno lo agradece.
La falta de participación ciudadana es un problema silencioso pero devastador, más viejo que cualquiera de nuestros gobiernos, pero más actual que nunca: la apatía ciudadana. No nació ayer, pero hoy se ha vuelto tan normal que dejamos de verla, como si fuera parte natural del paisaje político. Y no lo es.
Porque el problema no es solo lo que hace —o deja de hacer— el gobierno; el verdadero desastre es lo que dejamos de hacer como ciudadanos.
Se acaba el año y la oficina representativa del Congreso de Quintana Roo en Cancún sigue sin oficialía de partes.
Sin ese mecanismo básico, ¿cómo se supone que la ciudadanía participe en la toma de decisiones?
¿Cómo presentar una propuesta, un exhorto, una inconformidad? ¿Cómo ejercer el derecho a incidir si ni siquiera existe la ventanilla donde iniciar el proceso?
Hablan de “escuchar al pueblo”, pero no habilitan ni una ranura para que la sociedad hable. La contradicción es tan grande que no cabe ni en las bardas pintadas con consignas.
Y mientras las instituciones se escudan en trámites, excusas o silencios, la consecuencia más grave es esta: la participación ciudadana se debilita justo cuando más la necesitamos. En tiempos de polarización, violencia, indiferencia y caos político, la ausencia de la ciudadanía organizada es un problema social que día a día se va agravando.
X: @gruizCun
*Gerardo Ruiz Sánchez es presidente de la Red de Ciegos de Quintana Roo.

