8 agosto, 2026

Hay poco por celebrar… – Así nos vemos

Edgar Prz

El jueves 30 de julio se cumplieron 179 años del inicio de la cruenta lucha social entre los indígenas mayas y la clase yucateca dominante. Cansados de tanto agravio, vejaciones, humillaciones y violaciones a sus condiciones humanas. Los mayas eran tratados peor que los animales, no había consideración alguna. Eran esclavos en su propia tierra, por eso clamaron libertad en la búsqueda de su dignidad.

Todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios, solo que los caciques latifundistas apelaban a su Dios para hacer desmanes y, cuando la situación empezó a cambiar con los indígenas mayas sublevados, cuando algunos soldados de ellos eran capturados y les daban una parte de lo que merecían, clamaban a los mayas para que recordaran que estaba mal lo que hacían ante los ojos de Dios. Hay un pasaje hermoso que lo describe: a un indígena lo hicieron inclinarse para que se montaran sobre él, como si fuera un caballo; el jinete tenía espuelas y le pegaba en sus costillas hasta que lo sangraba, le sacaba los intestinos y lo mataba delante de todos.

En represalia, los mayas les envenenaban el agua y se morían; cuando capturaban a algunos los torturaban con bejucos, con golpes, y pedían piedad. Entonces uno de los mayas dijo: “¿Acaso no es el mismo Dios el de ustedes que el nuestro? ¿Por qué nos maltratan en su nombre? ¿Acaso hay muchos dioses?”. Aquí se demuestra el uso faccioso de la religión, era cuestión de interpretación y por eso los mayas no soportaron más y se alzaron en la sublevación y la lucha.

Han pasado cerca de dos siglos y las cosas muy poco han cambiado, los mayas aún son extraños en su propia tierra, no tienen las mismas oportunidades que otros, siguen hacinados en poblados como si fueran reservaciones indígenas. Las políticas públicas nunca les llegan y cuando les asignan un apoyo les exigen muchos requisitos y los condicionan. Es más, no tienen representación en los cabildos, menos legislativa, ya que la senadora indígena Anahí González es usurpadora, no pertenece a este conglomerado social. Continúan los abusos, las suplantaciones, las negativas a permitirles desarrollarse y ocupar los espacios que les corresponden. Aún hay mucha deuda por pagarles, hay mucho por corregir, hay mucho por hacer, pero gobiernos pasan y solo los miran a lo lejos, a lontananza. Los recuerdan cuando se acercan las épocas de elecciones y luego los olvidan, el juego del gato y el ratón…

En 2021, en Tihosuco, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, vino a pedir “perdón por los agravios cometidos”. Un evento que solo fue para la fotografía, ya que la realidad sigue igual. Crearon una Universidad Benito Juárez que ha causado muchos problemas por la burocracia que la rodea; además, no existe mercado laboral para las carreras que ofertaba, ya que ahora está cerrada. Juegan con el futuro de los jóvenes, ilusionan con mentiras y, cuando la gente exige, vienen las represalias.

Hoy vemos ceremonias simbólicas, recordatorios de episodios históricos y la promesa de cumplirles, de hacer verdaderos los buenos deseos; antes te repasan el catálogo de obras y apoyos que han dado. Por eso arribo a la reflexión de que hay “poco por celebrar”, la pobreza se ha arraigado tanto que ya se ve como algo cotidiano, algo normal, y no faltan los vivales que se aprovechan de todo, como este regidor que se apropió del evento y subió fotos, selfies a su muro y le puso su logotipo en la parte superior derecha.

Es vergonzoso, una actitud rastrera; en la imagen y los días de quincena sonríe, pero en los hechos no hay trabajo, no hay resultados, son políticos de ocasión, desechables, que no entendieron la enorme oportunidad de servir y se sirvieron, esos actos denigran, ofenden, desprestigian y hay que erradicarlos…

Las postales cotidianas de la selva, de los colores del monte con las alfombras rosadas por el flamboyán, las mariposas aleteando, los pajaritos cantando, las tortolitas, el ruido de los loritos, los chinchimbacales que transmitían alegría, vida y el fastuoso aleteo de los colibríes, que lo hacen entre 80 y 90 veces por segundo e irradian felicidad, todos están en espera de mejores tiempos.

Los mayas siguen vivos y sus tradiciones las van heredando, su música mayapax, sus bailes, las vaquerías, sus manualidades, su vestimenta y su cultura seguirán brillando porque aún no han cubierto su ciclo…

Tepich, Tihosuco, Dzulá, Tixcacal Guardia, Chan Santa Cruz, Kampokolché y Balam Nah aún tienen sus heridas abiertas. Su gente conserva la mirada adusta, acuciosa, profunda, parece que no ven, que no miran. El rostro seco, silencioso, espera con paciencia el momento para rebelarse de nuevo y cumplir la profecía del Chilam Balam: “Esta guerra no se perdió en esta tierra porque esta tierra volverá a nacer”…

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