10 octubre, 2026

HENEQUÉN: LA SEGUNDA OPORTUNIDAD DEL ORO VERDE

Tras décadas de declive, la planta que transformó la economía de Yucatán vuelve a despertar interés por sus posibilidades como materia prima para biocombustibles, fármacos y cosméticos

Eduardo May

Durante más de un siglo, el henequén fue mucho más que un cultivo para Yucatán: transformó su economía, modificó el paisaje rural, impulsó una poderosa agroindustria y permitió la acumulación de grandes fortunas, pero también dejó una profunda historia de desigualdad y explotación. Con el declive de la actividad y la aparición de las fibras sintéticas, aquel “oro verde” parecía condenado a convertirse en memoria de una época.

Sin embargo, el henequén comienza a ser observado nuevamente desde otra perspectiva. La investigación científica, la biotecnología y la búsqueda de materiales y combustibles de origen natural abren posibilidades que van mucho más allá de la tradicional fibra. Este reportaje recorre la historia de esa planta en Yucatán y explora si, más de un siglo después de su gran auge, puede convertirse nuevamente en una oportunidad de desarrollo para el estado.

El agave que transformó Yucatán

A mediados del siglo XIX, Yucatán modificó su estructura agrícola, ganadera, comercial y de servicios, que tradicionalmente había constituido el soporte económico del estado, a partir de la industrialización de una planta de agave que transformaría el rostro y las condiciones de Yucatán. El henequén recibió el nombre de “oro verde” debido a la gran derrama económica que generó durante su auge industrial.

Sobre esta planta se ha escrito mucho, inicialmente por investigadores y especialistas desde la perspectiva económica, las causas y los orígenes del proceso de modernización y producción de una planta silvestre, así como sobre las condiciones de las familias que se apoderaron de su producción, a las que se bautizó como la “Casta Divina”.

También se ha escrito sobre la pobreza y la sobreexplotación de la población maya para generar la producción y acumular fortunas. Pero, más allá de lo que representó el henequén en aquellos tiempos, este texto busca plantear un objetivo distinto: explorar el futuro de esta planta en el siglo XXI, su posible renacimiento y las nuevas oportunidades de sustentabilidad y desarrollo que podría representar para Yucatán.

El henequén es una especie de planta del género de los agaves, endémica de la región, específicamente de la Península de Yucatán, donde fue cultivada por los mayas en la época prehispánica, quienes la llamaban “Ki” en lengua maya.

Cuenta la leyenda que Zamná, el dios maya de la sabiduría, fue quien descubrió las bondades del henequén. Un día caminaba por un plantío hasta que las espinas de una planta cortaron su piel, revelando así la resistencia de su naturaleza. En ese momento, Zamná supo lo que tenía que hacer y puso el henequén a disposición del pueblo maya.

La planta fue domesticada desde épocas ancestrales por la utilidad de sus fibras, especialmente para la fabricación de sogas y cordeles, pero también para elaborar productos como sombreros y tilmas, además de medicamentos y brebajes utilizados en la medicina tradicional maya.

Aun después de la conquista, su producción y explotación fueron tan fructíferas que se convirtió en una importante agroindustria. Los productos derivados del henequén comenzaron a venderse en lugares cada vez más lejanos, hasta llegar a los mercados estadounidenses y europeos.

El henequén, según el Centro de Investigación Científica de Yucatán, es una planta resistente a la sequía, a plagas y enfermedades, cuyas hojas crecen grandes, lanceoladas y carnosas, de color blanco azulado o blanco grisáceo, y de las cuales se extrae la fibra empleada en la industria textil.

Además de la fibra, con la que se elaboran cuerdas, sogas, sacos e hilos, entre otros productos, de este agave también se aprovechan el residuo del desfibrado como abono en zonas donde los suelos son muy pedregosos y poco fértiles, las pencas como forraje para alimentar ganado y la planta, por su belleza, como elemento ornamental.

El henequén, a lo largo de la historia, ha sido fuente de riqueza. Es una planta muy generosa, pues se emplea en la fabricación de artículos de limpieza, alfombras, telas, artesanías y materiales de construcción. Aquí cabe resaltar que sus duras fibras están reemplazando a la fibra de vidrio en la industria automotriz.

Por otro lado, el desarrollo de nuevos productos químicos y procesos productivos ha establecido la posibilidad de producir bioetanol a partir del jugo de este agave. Cada año en Yucatán se desperdician millones de litros de este líquido que, con la tecnología adecuada, podrían producir hasta cinco millones de litros de combustible biodegradable.

Pero… ¿qué es la planta del henequén?

El henequén, perteneciente al género Agave, de la especie Agave fourcroydes, es una planta de fácil identificación, ya que presenta rosetas con hojas largas y duras que llegan a alcanzar hasta un metro y medio de altura. 

Después de conocerse diferentes variedades de la planta, actualmente se reconocen tres: henequén blanco, verde y jabalí. El cultivo del blanco, que es la variedad más común, se desarrolla de forma natural, ya que no se utilizan fertilizantes ni pesticidas durante su ciclo vegetativo. La densidad de siembra va de 2 mil 700 a 3 mil 150 plantas por hectárea y, después de una espera de entre cuatro y seis años posteriores a la siembra, la planta inicia su producción.

El henequén es una planta perenne que presenta un sistema radicular fibroso. Sus raíces sirven de apoyo y tienen la función de sujetar la planta al suelo, extendiéndose radialmente desde su base, de manera horizontal, hasta tres metros y a profundidades de 1.5 metros, transportando el agua y los nutrientes necesarios.

El tallo o tronco presenta alturas de hasta 1.30 metros y un diámetro de 20 centímetros. Por su parte, el tallo floral puede alcanzar hasta ocho metros de altura. El Agave fourcroydes comienza a ser sometido a cortes entre los cuatro y cinco años y es podado cada año, con una longitud de hojas, durante los siguientes 17 o 18 años.

La poda anual se lleva a cabo con esa distribución y una producción por hectárea de tres toneladas de fibra al año. Destaca la propagación natural de este tipo de agave mediante tres formas: las dos primeras se producen asexualmente y generan plantas idénticas y vigorosas: a) a través del sistema radicular, mediante la emisión de rizomas; b) a través de los vástagos generados en la inflorescencia; y c) a través de semillas, que generan plantas débiles que generalmente mueren.

Diversos autores coinciden en describir las características del suelo que requiere el henequén para su siembra, ya que puede cultivarse en distintos tipos de terreno, incluso en aquellos que son áridos. Su cultivo no es muy exigente y puede prosperar en un clima seco, de preferencia en suelos arenosos y calizos.

En este sentido, las tierras poco fértiles son aptas para este cultivo. Por ello, esta planta puede desarrollarse en suelos de tercera o cuarta calidad y adaptarse a distintas condiciones. La tierra no requiere una gran cantidad de nutrientes y, aunque necesita poca agua, con entre 700 y 800 milímetros de lluvia al año, el suelo no solo permite su supervivencia, sino también su producción. Por otra parte, la planta de henequén puede soportar elevadas temperaturas debido a su capacidad de resistencia a la sequía.

El proceso de corte y cosecha de la planta se realiza de manera manual, utilizando un gancho suficientemente filoso para cortar alrededor de la planta y colocando cada hoja en manojos de 30 piezas, que posteriormente se cargan en el camión para su traslado a la procesadora.

Posteriormente, los manojos se descargan en un banco de descarga, donde se sueltan y alinean para enviarlos a los volantes de procesamiento. En un primer volante se procesa la mitad de la hoja en un tiempo determinado y posteriormente la otra mitad.

Todo el proceso se realiza a una velocidad de 650 revoluciones por minuto en un volante que pesa 600 kilogramos. La energía se produce mediante el golpeteo y, en promedio, una hoja recibe 12 golpes desde que entra hasta que sale la fibra sin jugo, mientras el bagazo queda como residuo.

La fibra se recoge y se extiende para su secado; posteriormente, se recoge y se lleva al almacén o bodega para su empaque. Una vez en bodega, se transfiere al área de control de calidad y se elaboran pacas de 200 kilogramos para su venta.

Reescribir la historia

Además de la península de Yucatán, el cultivo de henequén tuvo éxito en otras zonas, como Veracruz y Tamaulipas. Su producción no es costosa y la planta puede ser aprovechada de manera integral debido a sus múltiples usos. De ella se obtiene una fibra que llegó a ser conocida en todo el mundo como “sisal”, debido a los sellos de exportación del puerto del mismo nombre, que fungió como punto de salida para su distribución global.

Hacia mediados del siglo XIX se intensificó su cultivo en Yucatán para alimentar a una industria en crecimiento. Las haciendas destinaron grandes extensiones de tierra a esta planta, particularmente en el norte de la península, donde las condiciones resultaban apropiadas para su desarrollo. Para ello se aprovechó la mano de obra campesina, con trabajadores de ascendencia maya como uno de los pilares fundamentales de esta agroindustria.

Tal fue el éxito de la siembra que otros hacendados decidieron invertir en este cultivo, logrando reunir más de un millón de plantas. Con la expansión del cultivo, para 1908, según reportes, se produjo una fibra de mayor calidad, lo que lo convirtió en el principal producto de exportación nacional.

Sin embargo, el auge de la actividad henequenera comenzó a declinar durante el siglo XX, particularmente con la aparición y expansión de las fibras sintéticas, que sustituyeron progresivamente a la fibra natural en diversos mercados. La caída de la demanda, sumada a los cambios en las condiciones de producción y comercialización, provocó el cierre de numerosas empresas y el abandono gradual de extensas superficies de cultivo, hasta reducir la actividad a una escala muy inferior a la que alcanzó durante su época de mayor esplendor.

La producción de fibra en 2025 fue de 12 mil 813 toneladas, a través de una superficie cosechada de 6 mil 461 hectáreas, colocando la mayor parte en Estados Unidos, Belice y Guatemala, sus principales mercados de exportación.

El principal consumo es industrial, para la fabricación de cuerdas, sogas, sacos e hilos, pero también se utiliza en la elaboración de artesanías como alfombras, tapices, tapetes y hamacas. A partir de ella pueden elaborarse bebidas alcohólicas y actualmente se estudia también su posible utilización para producir etanol.

Asimismo, del henequén pueden obtenerse pasta de papel, abono y biogás. La pulpa procedente del desfibrado puede servir como alimento para ganado, mientras que de la planta también pueden extraerse ceras para uso industrial y hecogenina, un producto básico para la elaboración de diversos fármacos. El jugo de henequén puede emplearse como biodetergente para el fregado y lavado, así como emulsionante para combustibles.

Debido al potencial que presenta, producirlo a gran escala y desarrollar medios alternativos que favorezcan la economía de la región sur constituye una propuesta que está impulsando nuevos desarrollos e investigación tecnológica para atender aplicaciones farmacológicas y químicas, así como la producción de sustitutos de combustibles.

De la opulencia al declive

El henequén tuvo gran importancia en la industria textil internacional durante los siglos XIX y XX. Para obtener la fibra se extraen los hilos de las hojas y se tejen en cuerdas de mayor tamaño. Su extraordinaria resistencia las hizo especialmente apreciadas en una época en la que todavía no existían alternativas fabricadas con fibras sintéticas.

El henequén era utilizado sobre todo para elaborar cordeles y sogas, y su demanda se disparó en 1878, cuando, en Estados Unidos, la máquina segadora de trigo McCormick incorporó el uso de cordeles de henequén para amarrar automáticamente los haces. Como muestra del crecimiento de la actividad, se calcula que mientras en 1811 el valor de las exportaciones henequeneras sumaba alrededor de 60 mil pesos, para 1880 ascendía a más de 1.7 millones de pesos y, para 1915, ya había superado los 50 millones de pesos.

Este auge marcó a Yucatán en más de un sentido. Una de sus consecuencias más visibles hasta nuestros días es la opulencia en la que llegaron a vivir las familias de los hacendados. Las ricas casonas del Paseo de Montejo y la avenida Colón, construidas a semejanza de las grandes mansiones europeas y sin escatimar en gastos, con materiales traídos de otros lugares, son testimonio de la abundancia generada por el llamado “oro verde”.

Pero la prosperidad tuvo también un lado oscuro. Miles de pobladores mayas fueron sometidos a condiciones de explotación como mano de obra de una industria cuya demanda internacional crecía de manera acelerada. A ellos se sumaron trabajadores coreanos, chinos y norteamericanos, que en muchos casos fueron atraídos mediante falsas promesas de prosperidad.

Las haciendas henequeneras llegaron a funcionar bajo esquemas comparables a los de las grandes plantaciones agrícolas de otros países. Aunque formalmente no se les denominaba esclavitud, los trabajadores eran sometidos a sistemas de endeudamiento que dificultaban o impedían que abandonaran las haciendas.

La industria también exigió fuertes inversiones y largos periodos para recuperar el capital destinado al cultivo. Una vez plantado, el henequén requería varios años antes de alcanzar las condiciones apropiadas para su aprovechamiento comercial, lo que representaba un riesgo considerable para quienes invertían en su producción.

El desarrollo de la industria tuvo, además, importantes consecuencias tecnológicas. En 1852, José Esteban Solís desarrolló una raspadora mecánica para desfibrar henequén, capaz, según el texto, de procesar 6 mil 300 pencas en 21 horas, después de varios intentos fallidos por agilizar la producción de fibra.

El auge henequenero también estuvo relacionado con otros acontecimientos de gran importancia social y cultural para Yucatán. Entre ellos se encuentra la Guerra de Castas, iniciada en 1847, conflicto que afectó severamente la producción de azúcar y otros cultivos en el oriente y sur del estado.

En general, la industria henequenera resultó un arma de doble filo para la población nativa de la región. Para algunos, las haciendas representaron un refugio frente a los enfrentamientos armados ocurridos durante distintos periodos de conflicto; sin embargo, las condiciones de vida y trabajo estuvieron lejos de ser favorables.

Además, la elevada inversión inicial quedó fuera del alcance de buena parte de los agricultores mayas, lo que limitó sus posibilidades de convertirse en propietarios de la actividad y los relegó a posiciones subordinadas dentro del sistema productivo.

El “oro verde” yucateco, como ocurrió con otras riquezas alrededor del mundo, generó enormes fortunas y transformó la economía regional, pero también propició la concentración de la producción y de las ganancias. El desarrollo de la industria dejó así una profunda desigualdad entre quienes controlaban el negocio y quienes aportaban la mano de obra, en un proceso en el que el Estado, según la interpretación del autor, tampoco logró colocar en primer plano los derechos de los trabajadores ni las necesidades del campo.

Tras la aparición de fibras sintéticas como el polipropileno, que dieron fin a la era de oro del henequén, a la fecha persisten algunas haciendas en Yucatán donde se siguen elaborando productos derivados de la planta, incluyendo sogas y fibras, y también se ofrecen recorridos turísticos para apreciar el trabajo artesanal de su explotación, desde los plantíos hasta la carga de las pacas.

Los retos del henequén en el siglo XXI

Luego de permanecer en un limbo durante casi 70 años, nuevos hallazgos y procesos productivos buscan recuperar el valor del henequén en Yucatán. Científicos e investigadores se han propuesto rescatar las cualidades de esta planta e impulsar un nuevo modelo de desarrollo y producción para el “oro verde” yucateco, mediante el denominado henequén élite.

Investigadores del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) desarrollaron el henequén élite, un agave del que se obtienen fibras para la industria textil. Se trata de la misma especie cultivada por los mayas desde antes de la conquista española, pero sometida a un proceso de mejoramiento genético in vitro para recuperar su potencial productivo.

Francisco Javier García, director de Gestión Tecnológica y docente del CICY, explicó que uno de los objetivos es recuperar el cultivo en el estado de la mano de los productores. “Nuestra misión es impulsar el cultivo del henequén en el estado por su calidad indiscutible, pero de la mano con productores”, declaró.

Con el henequén élite también se busca recuperar la actividad de las desfibradoras que aún operan en Yucatán, “porque crearán más fibra para los empresarios que empezaron a comprar en Brasil” cuando el estado dejó de producirla.

La posibilidad de recuperar la actividad también se relaciona con el crecimiento del consumo de productos de origen natural. “Cada vez el mercado demanda productos elaborados con materias primas naturales para no representar un problema de contaminación al planeta”, señaló García. Ese comportamiento del mercado puede otorgar un valor agregado a la fibra obtenida del henequén élite.

“Porque ya no estamos en los siglos pasados, cuando en Yucatán solo se producían sogas y costales, ahora buscamos otros tipos de productos, como el diseño y creación de tapetes, alfombras, artesanías, accesorios para el vestido y una bebida alcohólica”, expuso el especialista.

Una planta que vuelve a producir

Los científicos también buscan impulsar nuevamente la producción de una bebida elaborada a base de henequén, que, de acuerdo con García, tuvo una importante demanda en el pasado, al igual que la fibra utilizada por las cordelerías.

El proyecto del CICY, añadió, ya comenzó a mostrar resultados. De 2017 a la fecha se han distribuido más de 700 mil plantas élite entre 100 productores de diversos municipios.

“Ahora vemos los resultados: los productores reconocen que la especie élite creció más rápido, con más hojas y más largas para mayor contenido de fibra”, indicó.

Para obtener estas plantas, los científicos recorrieron cultivos y seleccionaron ejemplares con mayor cantidad de hojas, resistentes y robustos, con buen desempeño en campo y tolerancia a plagas y enfermedades.

Una vez seleccionadas, las plantas fueron sometidas a procesos específicos de mejoramiento genético para multiplicarlas mediante técnicas in vitro en los laboratorios del CICY. Las plantas obtenidas fueron sometidas a un estímulo de crecimiento cuyo efecto, de acuerdo con los investigadores, se conserva una vez que llegan al campo, “logrando que los vástagos crezcan en tres años para que se aproveche más la plantación”.

En condiciones convencionales, una planta de henequén tarda entre cinco y seis años en comenzar a producir hojas útiles para la extracción de fibra.

Bernardino Martín Chan, presidente de la Asociación de Parcelarios Autónomos de Yucatán y administrador de la planta desfibradora José María Morelos, confirmó los beneficios que, a su juicio, ofrece el henequén élite.

“Las nuevas plantas de henequén del CICY sí crecen rápido y son más largas, si las distribuyeran en todo el estado volveríamos a tener el esplendor de antaño, porque el mejor henequén del mundo es de Yucatán”, afirmó.

El productor consideró necesario que el gobierno impulse este tipo de proyectos y establezca acuerdos con docentes y científicos para distribuir gratuitamente el agave en los 106 municipios del estado.

“Se puede lograr con el programa Sembrando Vida”, sostuvo el administrador de la desfibradora, que abrió hace 60 años y continúa dando trabajo a campesinos de la región.

Aunque aseguró que los productores no permitirán que la actividad desaparezca, la capacidad actual de la desfibradora es apenas una fracción de la que tuvo en sus mejores años: actualmente procesa unas 120 mil hojas al día, frente a las 500 mil que, según recordó, llegó a manejar en el pasado.

Mucho más que fibra

Hoy, en los inicios del siglo XXI, el henequén no aparece como una reliquia del pasado, sino como una promesa científica e industrial. Los avances de la biotecnología y la química orgánica están transformando esta especie vegetal en un componente de una economía circular, biobasada y sostenible. La recuperación del henequén se sustenta ahora en la ciencia, la innovación y el desarrollo sostenible para el centro de Yucatán.

Las investigaciones científicas recientes han demostrado que el valor del henequén trasciende por completo su fibra tradicional. Organizaciones académicas y centros de investigación, como el Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), han encabezado estudios para conocer el perfil fitoquímico y genómico de la planta.

Estos descubrimientos han permitido entender que la fibra representa apenas un porcentaje mínimo de la biomasa total de la planta —alrededor de 3 a 5 por ciento—, mientras que el jugo, el bagazo y los residuos del despulpado albergan un enorme potencial biomecánico y farmacológico.

Entre las aportaciones científicas más relevantes destaca la caracterización de carbohidratos complejos, metabolitos secundarios y saponinas esteroidales presentes en el jugo y las pencas de henequén. Asimismo, se han desarrollado investigaciones avanzadas sobre micropropagación in vitro, lo que permite la clonación de plantas de alta calidad, resistentes a plagas y condiciones climáticas adversas, con tasas aceleradas de crecimiento y con ello la posibilidad de resolver el histórico cuello de botella que representa el largo periodo de maduración de la especie.

El nuevo paradigma industrial del henequén se estructura bajo el modelo de una biorrefinería integrada, con el aprovechamiento de hasta 100 por ciento de la biomasa procesada. Esto abre una proyección para la industria energética y alcoholera, ya que los azúcares fermentables contenidos en la biomasa residual del henequén ofrecen una materia prima para la producción de bioetanol de segunda generación.

Al no competir con cultivos alimentarios, el henequén se sitúa como un candidato para la transición hacia biocombustibles neutros en carbono. Además, los procesos de digestión anaeróbica del jugo procesado generan biogás con alto contenido de metano, capaz de abastecer de energía a las mismas plantas procesadoras.

Por otro lado, la destilación controlada de sus azúcares abre la puerta a la producción de bebidas espirituosas y alcohol de grado industrial con sello de origen, lo que representa un potencial biotecnológico e industrial que aún no ha sido explotado plenamente.

Otro atributo importante del henequén es su viabilidad para la industria cosmética. El sector farmacéutico y médico constituye también un campo con potencial para impulsar su aprovechamiento.

Uno de los hallazgos más relevantes reside en la extracción de saponinas y fructanos. Las saponinas esteroidales aisladas del jugo sirven como precursores químicos de alta pureza para la síntesis de fármacos antiinflamatorios, anticonceptivos orales y tratamientos con corticoesteroides. Asimismo, los fructanos del henequén actúan como prebióticos y han sido estudiados por su posible utilidad en la regulación de la microbiota intestinal y el control metabólico.

En tanto, la cosmética avanzada puede aprovechar extractos foliares del henequén, ricos en antioxidantes naturales y polifenoles, que han comenzado a incorporarse en formulaciones destinadas a la protección cutánea contra el estrés oxidativo y la hidratación.

De igual forma, las nanofibras de celulosa obtenidas del bagazo pueden emplearse como matrices biodegradables en empaques ecológicos y bioplásticos, con potencial para sustituir materiales derivados del petróleo.

El productor en el centro de la cadena

El modelo bioindustrial del siglo XXI busca erradicar las dinámicas de explotación del pasado colonial e industrial y colocar a las familias campesinas en el centro de la cadena de valor. Mediante esquemas de agricultura asociativa y cooperativismo moderno, los productores dejarían de ser meros proveedores de materia prima barata para convertirse en socios de los procesos de transformación secundaria.

La diversificación de productos —farmacéuticos, energéticos y cosméticos— permitiría estabilizar los precios en el campo y proteger a los productores de las fluctuaciones de un único mercado. Además, la producción de henequén demanda poca agua y se adapta a los suelos calcáreos y áridos del centro de Yucatán, lo que permitiría un manejo agronómico de bajo costo y con reducidos insumos químicos. Esto se traduciría en un margen de rentabilidad superior para las comunidades ejidales.

El nuevo modelo de negocio para la zona henequenera de Yucatán —municipios como Izamal, Motul, Acanceh, Tixkokob y Seyé— se fundamenta en los principios de la economía circular, la trazabilidad ecológica y la innovación abierta.

El proceso productivo contempla desde la instalación de plantas de extracción modulares cerca de los campos de cultivo, para evitar la degradación de los azúcares y optimizar la logística, hasta el aprovechamiento de los residuos generados durante la transformación.

Por su capacidad de fijación de carbono en suelos semiáridos, las plantaciones de henequén representan una oportunidad para acceder a los mercados internacionales de créditos de carbono, inyectando capital semilla a los municipios participantes.

Además, la conversión de las antiguas haciendas henequeneras en centros de innovación, biotecnología y turismo científico e histórico podría generar una derrama económica integral que beneficie tanto al sector servicios como a la producción rural.

El henequén se perfila no solo como la memoria histórica de Yucatán, sino también como un vector estratégico de desarrollo sostenible. La convergencia entre el conocimiento agroecológico tradicional y las ciencias de la vida permitiría transformar el cinturón henequenero en un nodo de biotecnología verde y devolver oportunidades de prosperidad económica a las familias campesinas del centro del estado.

Para asegurar que las familias campesinas del centro de Yucatán dejen de ser meras proveedoras de materia prima a bajo costo y se transformen en copropietarias de la bioeconomía del henequén, se propone un modelo asociativo de Cooperativa de Participación Mixta y Cadena Integrada.

Este esquema se aleja de las estructuras corporativistas del pasado y adopta un marco de gobernanza moderno, transparente y basado en la agregación de valor bioindustrial. El modelo se organiza bajo la figura de una Sociedad Cooperativa de Producción de Riego y Servicios Múltiples, articulada con una Empresa Social de Integración Agroindustrial.

La Asamblea General de Productores sería el órgano supremo de decisión, donde cada familia campesina ejercería un voto, independientemente del volumen de su producción.

A su vez, la Empresa Tenedora de Tecnología funcionaría como una alianza estratégica entre la cooperativa, inversionistas de impacto social y centros de investigación. Esta entidad operaría la biorrefinería y comercializaría los productos de alto valor, como fármacos, cosméticos y bioetanol, lo que permitiría cambiar el rostro de los municipios de la zona henequenera y avanzar hacia una transformación productiva de cara al nuevo siglo.

Quizá el futuro del henequén no consista en volver a ser el “oro verde” que alguna vez transformó a Yucatán, sino en convertirse en algo diferente: una materia prima capaz de enlazar el conocimiento de los antiguos cultivadores con la ciencia y la industria del siglo XXI. El desafío será que esta nueva oportunidad no repita las desigualdades del pasado y que la riqueza que pueda generar permanezca, esta vez, más cerca de quienes hacen posible que la planta vuelva a crecer.

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