José del Carmen Sabatini Gómez, nacido en 1945, rememoró sus primeros años en la isla de Holbox, cuando la vida era difícil y las condiciones precarias. Recordó que, entre los ocho y diez años de edad, la comunidad vivía únicamente de la pesca de escamas, sin que existiera un mercado formal para comercializarla.
Su padre, ya fallecido, fue uno de los pioneros de esta actividad. En ese entonces, la isla no contaba con electricidad ni hielo, y la iluminación era con quinqués o lámparas de bombillo.
Con el tiempo, lograron conseguir hielo desde Tizimín y Dzilam Bravo, transportándolo por un camino rudimentario que cruzaba Punta Caracol, lo que permitió conservar mejor los productos pesqueros.
Sabatini también narró las desventajas de vivir en una isla expuesta a los huracanes, “el peor enemigo”. Hace muchos años, para llegar a la playa era necesario caminar por senderos entre una franja de cactus —recordó— y no había radio para informarse, por lo que “estábamos como sordos o ciegos”.
Mencionó que en una ocasión arribó un barco cubano llamado Tomás Genove, cuyo capitán alertó a los isleños sobre la inminente llegada de un huracán, “pero mucha gente apática no entendía”. Sin embargo, gracias a esa advertencia muchos lograron resguardarse en un templo recién construido, lo que salvó vidas; “el huracán entró al noreste y, bendito Dios, fue de día, ya que las aguas venían en poceta”.
Hoy, asegura que no cambiaría Holbox por nada. Ahí vivió su niñez, formó amistades duraderas y disfruta de la paz que aún conserva el lugar. Reconoció que la isla ha cambiado: ahora es un destino turístico internacionalmente famoso, con actividades como el avistamiento del tiburón ballena, tours por la laguna Yalahau, Isla Pasión, Isla Pájaros y la bioluminiscencia. Holbox, dijo, es “el huevo de la gallina de oro” del municipio. (Mauricio Balam)





