Edgar Prz
Corría la década de los setenta cuando nos tocó el turno de ingresar a la Escuela Secundaria Leona Vicario. No omito contarles que no todos los que concluimos la escuela primaria tuvimos esa oportunidad; varios, por la limitante económica de sus padres, tenían que aportar a la economía familiar, buscaban algún trabajo para realizar y así sacrificarse ayudando a que alguno de sus hermanitos prosiguiera su educación.
Eran tiempos duros, difíciles, no había muchas oportunidades y los abanicos de la esperanza no ventilaban muchas ilusiones. Los grupos de alumnos casi en su totalidad éramos los mismos desde el primer grado; cierto es que no todos terminaban la primaria. Así sucedía, había pocos alumnos, solo funcionaban una primaria rural y el Internado Lázaro Cárdenas para Jóvenes Indígenas; me refiero a mi pueblo, Felipe Carrillo Puerto. Años antes, el ingeniero Francisco Esquivel Martín, una persona culta, lúcida, inteligente, visionaria, con formación de avanzada, ya que había realizado estudios en España, con el respaldo de padres de familia y otras personas, impulsó la creación de la Escuela Secundaria Leona Vicario. Se abría otra puerta en la cadena de la educación de la Zona Maya. Muchos jóvenes que nos antecedieron no tuvieron la fortuna de esta oportunidad y se quedaron solo con la educación primaria.
Recuerdo que los profesores, en especial Lorenzo Villanueva Herrera+, quien además de ser docente era el director, se preocupaba porque aprendiéramos, nos preparaba para la vida; había mayor conciencia y aprendimos muchas cosas, entre ellas a conocer la Vía Láctea, las estrellas, la ubicación de las constelaciones, la Osa Mayor, la Osa Menor, los planetas, los nombres de las nubes Stratus, Cumulus, Nimbus; eran un verdadero agasajo las clases y no teníamos uso de la tecnología.
Los profesores eran unos “aspirantes a sabios”, eran personas preparadas con una enorme vocación, que sin egoísmo compartían sus conocimientos. Cuánta falta nos hacen en la actualidad…
No había muchos espacios de ocio, el tiempo no se perdía, se disfrutaba; era una carrera de aprendizaje, todo era actividad. Regresabas de la escuela y a ayudar en las labores de la casa, bien sea al papá como su ayudante o a la mamá con los animales de traspatio. Por las tardes a hacer la tarea y salir al parque a jugar un rato: pesca, pesca; busca, busca; tamalitos a la olla; pepino vecino, arranca cebolla; béisbol con pelotas de hilo o, a veces, esas mismas pelotitas servían para tirarlas al cielo y surcaban en la oscuridad los murciélagos queriendo atraparlas… ¡Qué felices éramos y no lo sabíamos!
La pubertad llegó con la escuela secundaria, era un cambio en el sistema de tener un solo profesor para todas las materias; ahora era uno por asignatura. Las reglas eran diferentes y entramos a la aduana del orden, del respeto, de la obligatoriedad, de la disciplina y aquí jugó un papel muy importante la profesora María Luz Zapata Rejón+, quien además de ser docente frente a grupo era la directora y había uniformidad en todo: en lo largo de las faldas de las muchachas, calcetines hacia arriba, uñas limpias y cortas; los muchachos, pelo corto, uniforme limpio y planchado, sin tatuajes; además, los lunes en el homenaje era obligatorio, todos con corbata y cuartelera. Recuerdo unas estrofas del himno escolar que fue escrito por don Pepe López: “Hay que estudiar sin desmayar por nuestro honor y el progreso nacional. Hagamos siempre arder la antorcha del saber, la escuela siempre será templo de luz, guía de juventud. Por nuestra Escuela Secundaria Federal, en Felipe Carrillo, Territorio de Quintana Roo”…
La maestra Luz Zapata, como se le conocía, era muy estricta y eso permitió no solo fomentar sino practicar los valores, las virtudes que han sido baluartes en nuestras vidas. No solo sembró el espíritu del saber, sino que consiguió que aquellos jóvenes hoy sean unos buenos ciudadanos. Eran tiempos en que mandaban los maestros. El profesor Manuel Caballero, de la cátedra de Español, nos introdujo en la vasta sapiencia de los grandes escritores de la época, de los verdaderos juglares exponentes del Romanticismo español; de García Lorca conocimos Bodas de Sangre y La casa de Bernarda Alba; conocimos El cantar del Mio Cid, con Rodrigo Díaz de Vivar como su protagonista; El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi. El profesor Erik (no recuerdo su apellido), que impartía Inglés, nos enseñó Sing and Song de los Carpenters, de los Osmond, de los Beatles; Germán y Daniel, Matemáticas y Química. El profesor Roberto Palacios, quien fue un guerrero de la vida, ya que era autodidacta, nos impartió el taller de Carpintería, además hizo campeonas a varias generaciones de muchachas en la práctica del voleibol. Tiempos en que se disfrutaba la estancia escolar, para el pueblo esa era la novedad y todos participábamos. Lo anterior, la grandeza alcanzada, fue bajo la tutela, la atinada dirección y la acuciosa vigilancia de la profesora Luz Zapata.
Muchos le agradecemos la rigidez que impuso en la educación secundaria, eso nos permitió enfrentar a la vida con conocimiento, con responsabilidad. Luz Zapata incursionó además en la política del pueblo, fue presidenta del Comité Municipal del PRI, luego fue invitada por el doctor Miguel Borge Martín a seguir compartiendo su capacidad y su experiencia. Creó las escuelas telesecundarias, le tocó formar los primeros cuadros, introducir los servicios educativos en zonas marginadas, principalmente indígenas; a ella se debe que la educación telesecundaria encontrara otros nichos para construir profesionistas.
Fue una mujer enamorada de su profesión y poseía un arraigado compromiso social. Hoy hacen falta mujeres de esa ralea, de ese temple, de esas convicciones, donde las mujeres no se sientan desplazadas ni se sientan víctimas; siempre, ante la adversidad, al final de la noche tiene que amanecer.
Sería honesto hacerle un homenaje, un reconocimiento, un tributo por su destacada y prolífica vida educativa, bien se lo merece, por eso convoco a los egresados de la Secundaria Leona Vicario de esos años a organizarnos, juntarnos para agradecer y reconocer a aquellos personajes que fueron pilares en nuestra formación.
Gracias, maestra María Luz Zapata Rejón, tus semillas germinaron por todos los lugares donde anduviste. Tu capacidad, tu sapiencia, tu paciencia son hoy parte de nosotros. Mis respetos por siempre…
Les comparto esta historia a un día de su cumpleaños. Nació en Cozumel el 23 de mayo de 1932 y falleció en Chetumal el 15 de agosto de 2021…
Mejor seguiré caminando y cantando: “Tiré tu pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía, era el último recuerdo de tu cariño que yo tenía. Se fue hundiendo despacito como tu amor, pero el río, un día, a la playa al fin me lo volverá; pero yo sé bien que nunca jamás podré ser feliz sin tus alegrías…”




