Formado por la disolución de la roca caliza, este complejo sistema de cenotes, cuevas y corrientes subterráneas sostiene la principal reserva de agua dulce de la región, pero enfrenta crecientes amenazas por la urbanización, la contaminación y la expansión agroindustrial
Eduardo May
Bajo la superficie de la península de Yucatán se encuentra uno de los sistemas geológicos más extensos y vulnerables del país: una compleja red de roca caliza, cenotes, cavernas, conductos y corrientes subterráneas de la que depende la principal fuente de agua dulce de la región. Sin embargo, el crecimiento urbano, la expansión agroindustrial, la sobreexplotación del acuífero, la contaminación y la transformación acelerada del territorio ejercen una presión cada vez mayor sobre este frágil sistema.
Los problemas ambientales que enfrenta la península, relacionados con el cambio climático, el crecimiento poblacional, la transformación industrial, las nuevas actividades productivas y la sobreexplotación de los recursos naturales, están modificando de manera importante sus ecosistemas.
Estas afectaciones son visibles en las condiciones de supervivencia de numerosas especies endémicas. Plantas y animales han perdido o transformado sus espacios debido al crecimiento de las zonas urbanas, las nuevas plantaciones y áreas de riego, así como a la expansión de las actividades ganaderas y agrícolas, que han reducido bosques, selvas y otros ambientes naturales.
Los cambios ocurridos durante los últimos dos siglos obligan a dimensionar los alcances de un problema que no afecta únicamente a las especies vivas y a los ecosistemas superficiales, sino también al subsuelo y al agua que circula a través de él.
Los tres estados de la península enfrentan presiones derivadas del crecimiento poblacional y migratorio, la explotación desmedida de los recursos naturales y la introducción de especies externas, tanto vegetales como animales. A ello se suma la transformación de las zonas litorales y de otros espacios naturales, con consecuencias que comienzan a modificar de manera profunda el entorno regional.
Uno de los problemas más críticos se encuentra precisamente bajo tierra: el sistema kárstico que caracteriza a gran parte de la península de Yucatán.
La palabra karst tiene distintas acepciones. En geología se refiere al proceso de disolución de rocas solubles y a las formas superficiales y subterráneas que genera. En geomorfología alude al relieve producido por estos procesos, mientras que en geografía describe los territorios cuya configuración depende, en buena medida, de la disolución de las rocas.
De este proceso surgen paisajes superficiales y subterráneos como cuevas, cavernas, sumideros, cenotes y ponores. Un ponor es una apertura natural del terreno por la que el agua superficial se infiltra hacia redes de cavidades subterráneas.
El karst se desarrolla mediante la disolución de rocas solubles. Las calizas y dolomitas, por ejemplo, pueden disolverse mediante aguas ligeramente ácidas, mientras que otras rocas, como el yeso, pueden hacerlo incluso en condiciones diferentes.
Sus formas son diversas. Entre los relieves negativos se encuentran las dolinas, uvalas y poljés; entre los positivos, montículos, colinas, lomas y sierras. Bajo tierra se desarrollan cuevas, cavernas, simas, sumideros, sifones y extensas redes de conductos.
En México, el karst ha sido menos estudiado que otros sistemas geológicos, aunque los conocimientos disponibles muestran la extraordinaria diversidad de estos paisajes. Al mismo tiempo, su valor turístico y ambiental contrasta con su elevada vulnerabilidad frente a la contaminación y la transformación del territorio.
¿Qué está sucediendo con el karst yucateco?
Yameli Aguilar Duarte, integrante de la Asociación Mexicana de Estudios sobre el Karst, advierte que el territorio kárstico de la península de Yucatán se deteriora por el crecimiento urbano, el impacto de la agroindustria y los modelos de turismo extractivo.

Uno de los principales problemas, señala, es que quienes toman decisiones sobre el desarrollo regional no dimensionan las consecuencias de la contaminación del agua ni sus efectos sobre el suelo y los ecosistemas.
“Sobre todo, la fragilidad por contaminación del agua, la extracción del agua, contaminación de los suelos, los cambios contaminantes que llega al agua subterránea y las implicaciones que esto tiene sobre los ecosistemas”.
Los impactos ambientales, añadió, también repercuten directamente en la población y las comunidades, particularmente en materia de salud.
“Parece que no, pero en realidad sí hay afectaciones directas e indirectas; la contaminación llega a las costeras, a las comunidades, y se extrae esa agua contaminada para uso agrícola cuando en realidad no es apta para regar la milpa ni para beber”.
Aguilar Duarte señaló además que el crecimiento desmedido de los desarrollos inmobiliarios traerá consigo una mayor presión sobre el agua y cambios en el relieve.
También cuestionó los modelos turísticos que se desarrollan en la región.
“Son modelos de turismo corporativo predatorio, donde el capital no se queda, sino que solo lo vemos pasar: entra y vuelve a salir y no hay un desarrollo económico real para la sociedad, y solo genera desigualdad e impacto a la naturaleza”, sostuvo.
El karst de Yucatán tiene su origen en los antiguos ambientes marinos cuyos arrecifes y sedimentos dieron lugar a la roca caliza. Los procesos de disolución y precipitación de esta roca favorecieron la ausencia de grandes corrientes superficiales y dieron forma a un relieve compuesto por planicies, depresiones, montículos, afloramientos rocosos y cenotes.
Los diferentes grados de porosidad y dureza de la roca han permitido la formación de pequeñas oquedades y acumulaciones de suelo, así como de complejos sistemas de cuevas secas e inundadas.
El manejo de estas áreas debe partir del conocimiento de su origen, morfología y biología. Esto implica prestar especial atención a la extracción de roca caliza, las actividades turísticas y productivas relacionadas con el uso del acuífero, así como al volumen y calidad de las descargas de aguas residuales al suelo, los cenotes y el mar.
Los objetivos para preservar el karst
Especialistas e investigadores han realizado diagnósticos y formulado propuestas para atender las afectaciones ambientales que enfrenta el sistema kárstico de Yucatán. Sin embargo, junto con la falta de investigación en algunos temas persisten mitos que dificultan la comprensión de la verdadera naturaleza de estos ecosistemas. Desmontarlos resulta indispensable para comprender la fragilidad del territorio y establecer estrategias de conservación.


Uno de los más extendidos es que “hay mucha agua de buena calidad” en el llamado gran acuífero maya. Diversos estudios han advertido que la calidad del agua subterránea no es adecuada en todos los casos ni para beber ni para determinadas actividades agrícolas. Además, existen diferentes familias de agua, entre ellas carbonatadas, salinas y asociadas con yeso, lo que apunta a una mayor complejidad hidrogeológica de la que suele suponerse.
Los flujos locales del agua subterránea siguen siendo poco conocidos. Más que un enorme depósito uniforme, el sistema está integrado por diferentes cuerpos y dinámicas que deben aprovecharse de acuerdo con sus características particulares.
“Si hubiera mucha agua de buena calidad no habría tantos conflictos sociales”, plantea el texto original, antes de recuperar, de manera provocadora, un viejo dicho regional: “El que bebe el agua de pozo se enferma”.
Otro mito es que “no hay cuerpos de agua superficiales ni ríos”. La afirmación es parcialmente cierta en algunas zonas del karst reciente, pero en regiones con precipitaciones superiores a los mil milímetros anuales se observan caudales temporales durante la temporada de lluvias. En el sur de Campeche existe un paisaje fluvio-kárstico, mientras Quintana Roo cuenta con numerosos lagos y lagunas.
También existen cuerpos de agua asociados con fracturas y depresiones del terreno. Los ponores presentes en zonas como Calakmul, el sur de Yucatán y el sur de Quintana Roo muestran algunos de los puntos por los que el agua drena hacia el subsuelo y circula a través de complejos sistemas subterráneos.
Otro lugar común sostiene que “no hay suelo en la península de Yucatán”. En el norte predominan los Leptosoles, caracterizados por su escaso espesor, y alrededor de 30 por ciento de la superficie presenta afloramientos de caliza. Sin embargo, en el centro y sur existen suelos más desarrollados, profundos y con aptitud agrícola, forestal y pecuaria.
Tampoco es exacto afirmar que “la península de Yucatán es plana”.
La comparación con las grandes sierras del país ha contribuido a esta percepción, pero la región cuenta con lomeríos, elevaciones, depresiones kársticas, cuevas y cavernas. El paisaje incluye, por tanto, relieves positivos, negativos y subterráneos.
El mito de que “se respira aire limpio” también requiere matices. En los últimos años se han reportado concentraciones crecientes de metales pesados en polvo, suelos y vegetación de algunas zonas urbanas.
Algo similar ocurre con la idea de que “hay mucha vegetación”. Una parte importante corresponde a vegetación secundaria, mientras grandes extensiones han sido transformadas en pastizales o áreas agrícolas, particularmente en distintas zonas del oriente, sur y occidente peninsular.
Incrementar la investigación y la divulgación científica resulta indispensable para combatir estos mitos. La información incompleta o distorsionada puede convertirse en argumento para justificar prácticas que contaminan y degradan los ecosistemas kársticos.
Se requiere, en consecuencia, ciencia, divulgación, conciencia social y políticas públicas capaces de reconocer la fragilidad de un territorio en el que la actividad humana tiene consecuencias que pueden extenderse mucho más allá del lugar donde se originan.
¿Qué aporta el karst?
El karst o carst es un tipo particular de paisaje desarrollado en áreas dominadas por rocas relativamente solubles, como las calizas, el yeso y otras evaporitas. Existen también paisajes semejantes que se desarrollan sobre otros materiales y reciben la denominación de pseudokarst.



La palabra procede de una región de Eslovenia, entonces parte de Yugoslavia, donde Jovan Cvijić describió este tipo de paisaje a finales del siglo XIX.
A escala mundial, las zonas kársticas representan aproximadamente 14.1 por ciento de la superficie terrestre. La mayor parte está asociada con rocas calizas, mientras otras proporciones corresponden a evaporitas y ambientes de pseudokarst.
México cuenta con alrededor de 391 mil 700 kilómetros cuadrados de paisajes kársticos, equivalentes al 2.21 por ciento del total mundial. De esta superficie, unos 35 mil kilómetros cuadrados corresponden al karst del estado de Yucatán.
Alrededor de 95 por ciento del territorio yucateco está asociado con paisajes kársticos desarrollados sobre roca caliza. Otras regiones con este tipo de sistemas se encuentran en las zonas montañosas de Chiapas, la Sierra Madre del Sur y la Sierra Madre Oriental.
La evolución del karst de Yucatán está relacionada no solo con la composición de la roca y las condiciones ambientales, sino también con procesos de neotectónica y con las variaciones del nivel del mar provocadas por las glaciaciones.
Jovan Cvijić identificó cuatro estados de evolución: juvenil, maduro, maduro tardío y viejo.
En el estado juvenil, la roca caliza queda expuesta, el drenaje superficial disminuye y comienza a desarrollarse el sistema subterráneo. En la etapa madura se observa una red subterránea más desarrollada y una mayor presencia de cenotes y cavernas. En el estado maduro tardío aparecen formas como los poljés y las uvalas, mientras que en la etapa vieja pueden volver a desarrollarse escurrimientos superficiales.
El investigador Alexander Klimchouk propuso una interpretación más amplia basada en la evolución geológica del karst. En la península de Yucatán se reconocen dos grandes etapas de formación: una antigua, paleogénica, desarrollada en una superficie elevada y con formas características de climas tropicales, y otra más reciente asociada con las planicies.
Entre las formas predominantes del terreno se encuentran las depresiones cerradas conocidas como dolinas, uvalas y poljés.
Las dolinas suelen tener forma circular o subcircular y pueden variar desde unos cuantos metros hasta un kilómetro de diámetro. Las uvalas son depresiones mayores, generalmente irregulares o alargadas, mientras que los poljés son depresiones extensas, con fondos cubiertos de sedimentos y localizadas cerca del nivel freático.


En Yucatán se han identificado 6 mil 717 depresiones, de las cuales 4 mil 620 fueron clasificadas como dolinas o cenotes, 2 mil 21 como uvalas y 76 como poljés.
El paisaje kárstico yucateco se caracteriza por planicies estructurales y lomeríos, con depresiones y cavernas cuyas dimensiones aumentan hacia el sur del estado. Los estudios sobre la asociación, forma y predominancia de estas topoformas han permitido reconocer 20 zonas fisiográficas. De manera general, se identifican tres grandes regiones: el karst de la costa, el karst central y el karst de las colinas.
Los cenotes, cuyo nombre procede del maya dzonot, se localizan principalmente en la zona central, alrededor del cráter de Chicxulub, formando el conocido Anillo de Cenotes, de aproximadamente 160 kilómetros de diámetro.
El cráter se formó por el impacto de un meteorito hace unos 65 millones de años. Hacia el sur y suroeste se desarrolla un paisaje de planicies y lomeríos de mayor tamaño, entre los que destaca la Sierrita de Ticul. En esa zona predominan otras formas kársticas y numerosas cavernas.
Aunque la roca caliza es el material que subyace a gran parte del territorio, no constituye el único elemento que interviene en la formación de los suelos.
Entre los materiales parentales se encuentran sedimentos marinos, residuos volcánicos ricos en distintos minerales y polvos transportados por el viento desde África, que aportan nutrientes al suelo.
La edad de la superficie y el clima, particularmente la precipitación, también desempeñan un papel fundamental en la formación y evolución de los suelos.
Los peligros para el karst de Yucatán
Los sistemas de drenaje subterráneo pueden ser tan extensos que algunas expresiones kársticas resultan afectadas por perturbaciones ocurridas a kilómetros de distancia.
En torno a estas geoformas viven especies de flora y fauna cuyos ciclos de vida dependen de las condiciones particulares del sistema. Por ello, incluso alteraciones aparentemente menores pueden producir consecuencias significativas.


El paisaje kárstico posee características topográficas e hidrogeológicas particulares. Los proyectos de construcción desarrollados sobre este tipo de terreno deben considerar con especial cuidado sus posibles impactos y adoptar medidas para prevenirlos o reducirlos.
Las rocas compuestas principalmente por carbonatos de calcio y magnesio constituyen uno de los mayores reservorios de carbono del planeta. Una parte importante se encuentra en plataformas marinas someras.
Estos minerales pueden ser fácilmente meteorizados. La disolución provocada por el flujo del agua incrementa progresivamente la permeabilidad de la roca y favorece el desarrollo de redes subterráneas cada vez más extensas.
Este proceso, conocido como karstificación, genera una pérdida gradual de masa a través del sistema acuífero y produce cavidades y conductos que pueden crecer hasta formar extensas galerías e intrincadas redes de cuevas.
La creciente explotación de recursos en los terrenos kársticos, como el agua y la piedra destinada a la construcción, genera importantes impactos ambientales. El número de áreas afectadas por contaminación, degradación del paisaje y otras alteraciones continúa aumentando, al igual que los daños a la infraestructura relacionados con colapsos.
El karst no es un tipo de roca, sino un proceso geomorfológico que puede desarrollarse sobre diferentes materiales solubles. El asociado con rocas carbonatadas o calizas alcanza un importante desarrollo en regiones tropicales y templadas húmedas, debido a la disponibilidad de dióxido de carbono en los suelos y a las mayores cantidades de lluvia.
Yucatán forma parte de una de las grandes plataformas de carbonatos del planeta. Entre sus rasgos distintivos se encuentran los cenotes, las sartenejas, los conductos de disolución, las cavernas y los extensos sistemas de cuevas.
Un karst tan antiguo como la península
Hace millones de años, la península era muy diferente de como la conocemos actualmente.
Desde entonces ha sufrido profundas modificaciones relacionadas con los cambios climáticos del planeta. Uno de los episodios más importantes fue la última glaciación o Edad de Hielo, hace unos 20 mil años, cuando el nivel del mar se encontraba alrededor de 120 metros por debajo del actual.


Muchos de los cenotes y cuevas que hoy permanecen inundados se encontraban entonces secos. Con el posterior aumento del nivel del mar, numerosas cavidades fueron inundadas.
La parte emergida de la Península de Yucatán constituye únicamente una fracción de una extensa plataforma de carbonatos que se formó durante millones de años sobre el Bloque de Yucatán.
Su crecimiento fue resultado de la acumulación de restos de organismos marinos que utilizan carbonato de calcio para formar conchas, espículas y otras estructuras.
Al morir, estos restos se depositaron en el fondo marino y, junto con arcillas finas, se compactaron y endurecieron con el paso de millones de años.
La roca caliza resultante se caracteriza por una alta permeabilidad y un bajo gradiente hidráulico. Esto permite que el agua de lluvia se infiltre y se acumule en el subsuelo, formando una delgada lente de agua dulce sobre una masa de agua salina, más densa y relacionada con la intrusión marina.
El contacto entre ambas masas forma una zona de mezcla conocida como haloclina.
La lente de agua dulce ha constituido desde tiempos prehistóricos la principal fuente de abastecimiento de la población peninsular y se renueva fundamentalmente mediante la lluvia estacional. Por sus propias características, este sistema es particularmente vulnerable a la contaminación.
Su funcionamiento depende de procesos hidrológicos, geológicos, químicos y biológicos que ocurren en la roca madre, la red de fracturas y los conductos subterráneos.
En conjunto, estas zonas forman el acuífero kárstico costero, integrado por una zona vadosa o de aireación, una lente de agua dulce y una masa de agua salada.


En la costa oriental de Quintana Roo existen algunos de los sistemas de cuevas inundadas más extensos del planeta, entre ellos el Sistema Sac Actún y el Sistema Ox Bel Há, localizados en el municipio de Tulum.
Otros sistemas de cuevas inundadas y secas permiten dimensionar la extraordinaria complejidad del subsuelo peninsular. En algunas zonas, la densidad de conductos alcanza varios kilómetros de cuevas por cada kilómetro cuadrado de superficie.
Los procesos de disolución continúan activos.
Una eventual acidificación del océano asociada con el cambio climático global podría favorecer esta tendencia, ya que el dióxido de carbono atmosférico, al disolverse en el agua, incrementa su acidez y capacidad reactiva.
El agua de lluvia contiene solo una pequeña cantidad de CO2. Gran parte del dióxido de carbono que interviene en estos procesos es de origen biogénico y procede de la descomposición de la materia orgánica en los suelos.
Al infiltrarse, el agua disuelve y transporta este dióxido de carbono. En la zona de contacto entre el agua dulce y la salada existen diferencias de temperatura, salinidad y saturación de CO2 que incrementan el poder corrosivo del sistema sobre la roca caliza.
Al bucear en algunas cuevas puede observarse que los pasajes cercanos a la haloclina suelen ser más anchos y presentan formas elípticas, evidencia de una mayor disolución en esa zona.
También existe una disolución de origen biológico en el interior de algunos cenotes.
Las bacterias descomponen materia orgánica y producen ácido sulfhídrico, que puede concentrarse en determinadas zonas y formar una especie de “nube”. Este compuesto resulta tóxico para los organismos que respiramos oxígeno.
Al entrar en contacto con capas que contienen oxígeno disuelto, puede transformarse en ácido sulfúrico, otro poderoso agente corrosivo de la roca caliza.
Los cambios en el nivel del mar también han contribuido a la formación de los cenotes.
Durante los periodos glaciales, al descender el nivel del mar, disminuye también el nivel del acuífero y algunas cavidades quedan llenas de aire. La pérdida de soporte puede provocar el colapso de secciones del techo y abrir una ventana hacia la superficie.
Al terminar los periodos glaciales y elevarse nuevamente el nivel del mar, muchas de estas cavidades pueden volver a inundarse.
La variación de la profundidad de la haloclina también ayuda a explicar la existencia de diferentes niveles de cuevas.
Cuando el nivel del mar cambia, la zona de mezcla entre el agua dulce y la salada se desplaza y comienza a disolver la roca a otra profundidad. Con el paso del tiempo pueden desarrollarse nuevos niveles de galerías y conductos.
Los cenotes de la costa oriental de Quintana Roo se relacionan, en muchos casos, con el colapso de los techos de grandes sistemas de cuevas desarrollados durante periodos prolongados.
Estos complejos sistemas acuáticos mantienen conexiones con corrientes subterráneas que favorecen la circulación del agua. De ahí proviene la denominación coloquial de “ríos subterráneos”, utilizada para referirse a algunas cuevas freáticas o inundadas.
La desgasificación y la posterior precipitación de carbonato de calcio constituyen otro mecanismo importante en la evolución del sistema. Este proceso permite la formación de estalactitas, estalagmitas, columnas, coladas y otros espeleotemas.
Cuando el agua cargada con minerales entra en determinadas condiciones dentro de una cueva, libera dióxido de carbono y precipita carbonato de calcio. En las cuevas inundadas, este proceso deja de desarrollarse de la misma manera.
Peligro geológico asociado al karst
Cualquier oquedad presente en el subsuelo constituye un elemento de debilidad dentro de un macizo rocoso. El karst se distingue por albergar algunas de las cavidades naturales más grandes, donde la falla del techo puede representar un riesgo geológico significativo.


Conservar las condiciones naturales de los sitios kársticos resulta fundamental no solo por su importancia ambiental y cultural, sino también por razones de seguridad.
Los colapsos ocurren cuando las cavidades o pasajes subterráneos aumentan de tamaño más allá de los límites de estabilidad del techo.
La falla puede iniciarse o acelerarse por las cargas impuestas durante los trabajos de construcción. El riesgo es particularmente importante en zonas donde existen grandes cuevas a poca profundidad.
Buena parte de los colapsos tiene su origen en procesos naturales de disolución y erosión. Sin embargo, las actividades humanas pueden acelerar o inducir nuevos eventos.
El riesgo de hundimientos no puede eliminarse por completo, pero puede reducirse mediante un conocimiento adecuado del subsuelo y un manejo responsable del drenaje.
Los colapsos inducidos por actividades humanas pueden dividirse en dos grandes grupos: los relacionados con el uso del suelo y la extracción de agua subterránea, y los asociados con la construcción y el desarrollo de infraestructura.
Muchas obras modifican el drenaje local, tanto superficial como subterráneo. Al alterar la cobertura vegetal o concentrar la infiltración del agua en determinados puntos, pueden favorecer la disolución de la roca y la aparición de nuevos colapsos.
El relleno de cavidades y la modificación de las pendientes también alteran el comportamiento del agua, pueden generar zonas inundables y crear nuevas áreas de disolución activa.
Entre las prácticas utilizadas en la ingeniería civil se encuentran la perforación y el pilotaje, la inyección de concreto en cavidades subsuperficiales, la construcción de refuerzos y sistemas para distribuir las cargas, así como distintos métodos de compactación y estabilización.
Sin embargo, en un territorio como el peninsular, donde el subsuelo puede ocultar cavidades y conductos de gran extensión, el conocimiento previo de las condiciones geológicas resulta indispensable.
Conclusiones: un sistema esencial y vulnerable
El karst de la península de Yucatán es un sistema geológico tan fascinante como vulnerable.
Su naturaleza calcárea, caracterizada por la escasez de grandes corrientes superficiales y por una extensa red de cenotes, cavernas y sistemas de circulación subterránea, representa uno de los principales desafíos ambientales de la región.


La elevada permeabilidad del subsuelo permite que gran parte de lo que entra en contacto con la superficie se infiltre con facilidad. En consecuencia, los contaminantes pueden convertirse en una amenaza directa para la principal fuente de agua dulce de la península.
Uno de los grandes retos se relaciona con los suelos poco profundos y empobrecidos, conocidos localmente como tsek’el.
Su escasa capa fértil dificulta determinadas formas de agricultura y favorece el uso intensivo de insumos para incrementar la productividad. El problema, sin embargo, no termina en la superficie.
La deforestación y el cambio de uso del suelo aceleran la pérdida de la cubierta vegetal y afectan la biodiversidad.
La flora endémica pierde hábitat ante la expansión urbana y agroindustrial, mientras la fauna —desde especies acuáticas que habitan los cenotes hasta grandes mamíferos como el jaguar— enfrenta la fragmentación de su entorno y la reducción de espacios con agua limpia.
La contaminación del acuífero representa una de las amenazas más graves para este ecosistema.
El uso de plaguicidas, insecticidas y fertilizantes químicos en las actividades agrícolas puede filtrarse con rapidez hacia las aguas subterráneas. A ello se suma el deficiente manejo de los residuos sólidos urbanos.
Los basureros a cielo abierto generan lixiviados potencialmente tóxicos que pueden penetrar las capas rocosas con facilidad.
Los gases contaminantes generados por la industria y el transporte también pueden contribuir a la formación de lluvia ácida. Al entrar en contacto con la piedra caliza, el agua acidificada favorece los procesos de disolución y puede alterar la química del agua que circula por el subsuelo.
Proteger el karst yucateco exige, por tanto, avanzar hacia un modelo de desarrollo que reconozca una realidad elemental de la península: lo que se vierte sobre el suelo puede terminar, tarde o temprano, en el agua que consume la población.
La conservación de la flora y la fauna, la regulación del uso de sustancias químicas, el tratamiento adecuado de las aguas residuales, la gestión responsable de los residuos y una planeación territorial basada en el conocimiento científico no son únicamente asuntos ambientales.
Son condiciones indispensables para preservar el agua, la biodiversidad y el futuro de una región cuya mayor riqueza geológica se encuentra, en buena medida, oculta bajo sus propios pies.

