14 agosto, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

“No sé ni cómo, pero me tocó la desgracia de encontrar esta aguada”.

Lo dijo sin alterar el tono de su voz, casi apagado por el ruido del viento escurriendo entre las hojas, pero alcancé a notar un ligero dejo de tristeza. El sol calentaba fuerte y, después de tres o cuatro horas de andar entre el monte, estaba desfalleciente. Me dolían las piernas y en la garganta sentí una resequedad terrosa que me impidió contestarle. Los animales parecían calmarse después del griterío del amanecer y sólo quedaban el aleteo de los pájaros entre las ramas y el crujir de las hojas secas bajo las pisadas. El calor comenzaba a salir del suelo, de entre la hojarasca húmeda, soltando un bochorno que se siente como si fuera el aliento de un animal que te golpea el rostro. El escándalo repentino de una bandada de pericos interrumpió la quietud amarilla de la montaña, ese color que sólo la luz del sol de estos rumbos sabe poner a los árboles. Don Ciro retomó la historia.

“La encontramos dos, mi compadre Santiago Matus, que Dios lo tenga en su santa gloria, y yo. Mira que nomás menciono su nombre y de nuevo me vuelve el miedo de aquella vez. Llegamos luego de andar extraviados como ocho o diez días, ¡una eternidad! Ya no sentía ni el cuerpo, ni los cortes y rasguños que me hacían los zarzales en ese andar trastabillante que parecía el de unos borrachos hasta el copete. Casi arrastrándome, con el último aliento tropecé con este charco bendito, o maldito, ve tú a saber. Yo no sé si Dios lo puso en mi camino o fue el demonio que me había echado el ojo”.

Nos habíamos detenido a la entrada de un claro de la montaña, un casi círculo rodeado de árboles grandes que deslumbraba por el resplandor del sol sobre pedazos de agua oscura. Era una poza que se adivinaba profunda y perenne por lo tupido de la vegetación en sus bordes. Sentí el olor metálico, a lodo, del agua estancada, y el viento fresco que se filtraba entre el follaje. Don Ciro se persignó y continuó hablando sin verme, como si sus ojos estuvieran observando lo que me contaba, con un apremio que yo no alcanzaba a comprender.

“Yo me daba por muerto, te lo juro, cuando de repente, al dar un paso, se me acabó el suelo y me fui de bruces, pero, en lugar de partirme la cara contra la tierra, me zambullí en el agua tibia y lodosa. Ese momento fue como un segundo bautizo en mi vida. Mi compadre ya venía mal. ¡Imagínate, tantos días nomás comiendo yerbas, como iguanas! El hambre no es nada, ¡lo peor es la sed y los desvaríos que provoca! Era de noche y, aunque la luna estaba casi llena, no veíamos nada; entre el monte tupido uno camina a ciegas, dejando la ropa y la piel y las uñas entre las zarzas. Yo iba adelante, como mayor que era, abriendo una brecha a fuerza de voluntad porque hasta el machete había perdido, y él me seguía, igual que un animalito tierno que está aprendiendo a caminar y trastabilla y choca con todo. Hacía rato que no volteaba yo a verlo y nomás sabía de él por el ruido de sus tropezones. Se nos había ido hasta el aliento para gritarnos. Éramos muertos en vida, pero, en la que pensé que iba ser mi última caída, resbalé por ese barranquito directo al agua”.

Señaló algún lugar frente a él y volteó para comprobar que yo siguiera el rumbo que indicaba con su mano izquierda. Aunque no lo mostraba en sus quehaceres cotidianos, don Ciro era zurdo. Realizaba todas sus actividades como cualquier diestro, pero, de vez en cuando y sin darse cuenta, esa condición se le escapaba en algún ademán. Alguna vez me contó que sus papás se la amarraban a la espalda para obligarlo a usar la derecha. Así pasó varios años de su niñez, tropezando y cayendo sin que nadie lo ayudara a levantarse, sufriendo burlas y ensalmos constantes, comiendo a medias, baldado a propósito, hasta que —bendito Dios— lo descubrieron normal, de regreso al orden natural, y pudo ser uno más de la familia, del pueblo, del mundo. Por eso, cuando me señaló con la mano izquierda el lugar donde había caído al agua, intuí que algo lo apretaba desde muy adentro, algo tan hondo que lo devolvía a ese gesto primario con el que había llegado al mundo.

“No sé cuánto tiempo me quedé ahí, en una poza escarbada por los puercos de monte. Me desmayé, creo, porque de verdad que la conciencia me volvió con el sol alto y con una bulla parecida a esta que oímos, de pájaros y monos, de animales alborotados por el bochorno de la mañana”.

Sí, habían reaparecido los ruidos del monte, o quizás nunca se habían ido y era sólo yo quien no los escuchaba. El chillido constante de las chicharras era tan intenso que podías olvidarlo y seguirlo oyendo. Don Ciro se sentó en la raíz de un árbol inmenso y yo me acomodé enfrente, cuidando no estorbar una fila de hormigas que acarreaban pedazos de hojas verdes. Observé sus pies y me pareció que nunca los había visto: casi cuadrados y los dedos dispersos, gordos y cabezones, como cráneos de tortugas dormidas.

“Todavía pasé otro rato entre el agua, lavándome los rasguños que ya se me habían puesto blancos por el pus, y disfrutando la vida, la vida a secas; esa dicha que te viene nada más porque estás vivo y puedes ver lo que te rodea y oler los tufos del zorrillo y los aromas del zapote. Me vino a la mente que tenía hambre hasta que acabé de medio limpiarme las heridas y fue entonces cuando me acordé de mi compadre. Hecho un rayo me paré a buscarlo, qué comer ni qué nada, con el alma en la boca me puse a gritarlo y otra vez me metí al monte, corriendo como si no me hubiera pasado nada. No tardé mucho en encontrarlo. Estaba parado apoyándose en una mata de chicozapote, y me pareció la figura de un espanto, con la ropa hecha trizas, la mirada perdida y la cara cruceteada de rasguños. —¡Compadre Santiago, encontré el agua! —le grité eufórico y no hizo ni un gesto. Entonces lo agarré de un brazo y comencé a traerlo, casi a jalones y sin dejar de hablarle, hasta sentarlo allá, junto al tronco de ese árbol grandote. —Ya nos salvamos, compadre, Dios y la virgencita no nos abandonaron —le dije mientras le acercaba a la boca mi jícara llena de agua. Tenía los ojos hundidos y los labios blancuzcos, agrietados, y donde respiraba soltaba unos ronquidos feos, como si el pecho se le hubiera cargado de comejenes”.

Escuché a don Ciro agitado, acezante, igual que un pavo carrereado, y descubrí un ligero temblor en su mano izquierda, con la que se acomodó el sombrero y espantó unos jejenes que tercos le bullían frente al rostro. Yo tenía hambre, pero no me atreví a interrumpirlo. Con la respiración intentaba acallar el reclamo de mi estómago, que por momentos parecía hacer más ruido que el escándalo de las chachalacas.

 “Y entonces fue que supe que el mal habita por estos lugares, porque ni vi de dónde sacó el cuchillo y se me fue encima, con una fuerza ahora sí que endiablada, y mientras con mis dos manos le agarraba yo la que tenía el arma, con la otra me arañaba la cara queriendo sacarme los ojos y me tiraba mordidas como si fuera un animal rabioso. Trenzados en un forcejeo de bestias llegamos hasta el agua y ahí se fue calmando. —Compadrito, ¿qué te pasa? —le decía yo, casi llorando, y de repente me di cuenta de que su mirada se había quedado fija, como si se le hubiera olvidado parpadear o se hubiera dormido con los ojos abiertos. Lo aflojé y no se movió, noté que en su pecho también se había callado el ronroneo de insectos; entonces, me hinqué entre el lodo y descubrí que el cuchillo se le había metido aquí, abajito de la tetilla izquierda, justo donde hay que empujárselo a los cochinos para que no sufran”.

Con sus manos me dibujó en el aire lo que iba narrando, el forcejeo, los giros al caer, la posición exacta donde se había acomodado el pequeño, filoso, endemoniado cuchillo de su compadre chiclero. Se quedó callado y me pareció que el monte se cubría de un silencio profundo, remoto como sus recuerdos enredados entre el follaje de esos árboles viejos. Comenzó a abrir el morral donde su hija había acomodado dos bolas de masa de maíz en sus respectivas jícaras, un envoltorio de carne seca y un poco de azúcar, abastecimiento suficiente para sobrellevar esa inusual monteada a la que me había invitado unos días antes. Perdí el hambre y, en cambio, tenía la boca seca y amarga, tanto que hasta se me dificultaba tragar saliva. Estaba compartiendo el terror que don Ciro había padecido. Desde entonces, pienso que hay cosas que se nos quedan impregnadas como tizne en la ropa blanca o como el verdín que no abandona a los troncos ni después de muertos.

“Te lo cuento, doctor, porque la historia de esta aguada de vida y muerte es una carga que ya no quiero llevarme solo para la tumba. Y es que, estando vivo, dime tú, cómo te arreglas con los muertos. A un difunto hay que echarle tierra entre varios, para que su recuerdo se reparta y llegue más fácil el olvido. Dios sabe que no fue mi culpa, pero ¿quién carajo me iba a creer?”

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