RAFA ARGÁEZ
En el corazón del centro histórico de Nunkiní yace la majestuosa y silenciosa ceiba madre, un testigo del tiempo que ha acompañado a generaciones de devotos nunkinienses desde la fundación misma del pueblo. Más que árbol, es memoria, que converge en un eje que conecta el pasado ancestral con el presente comunitario.
De acuerdo con la tradición oral, fueron los antiguos del linaje de fundadores, los “Ah Canul”, quienes, al establecerse y repartirse las tierras, supieron reconocer el árbol de la ceiba como un punto de equilibrio entre los planos sagrados de la cosmovisión maya: inframundo, tierra y cielo. Así, no solo se marcó un espacio físico, también espiritual, el centro donde nacen y se recrearán por mucho tiempo las fiestas magnas y tradiciones más emblemáticas de Nunkiní.
A vísperas de las fiestas patronales en honor a San Diego de Alcalá, la ceiba vuelve a cobrar un protagonismo especial. Sus ramas, que reverdecen con fuerza en esta temporada, son interpretadas por muchos pobladores como un anuncio natural del inicio del “Santo Fiesta” y que, si esto dejase de ser así, sería interpretado como un mal presagio, como en tiempos de la colonia.
En torno a ella no solo las actividades religiosas y culturales son realizadas, sino también la vida socioeconómica del pueblo; este mismo protagonismo conlleva una responsabilidad colectiva urgente. Durante los días de feria es bien sabido que suelen llegar puestos de comida y juegos mecánicos; la acumulación de desechos y el constante tránsito de personas generan un impacto corto pero masivo en el entorno inmediato de este emblemático árbol. El suelo que lo rodea es fundamental para su estabilidad y nutrición. La compactación de la tierra, el vertido de residuos, así como la implementación de estructuras improvisadas, pueden afectar seriamente sus raíces, debilitando un símbolo que ha resistido siglos.
Su preservación no debe entenderse como una tarea de las autoridades civiles, sino como un compromiso de todo el pueblo. Al establecer medidas de protección o delimitar áreas y manejo adecuado de residuos, garantizamos la preservación de este símbolo, que es similar o de igual valor que los monumentos instaurados en homenaje a la fundación del pueblo y sus tradiciones. Cuidarla es, en esencia, cuidar la historia misma del pueblo de Nunkiní. Se estaría protegiendo el origen de la comunidad, rica en sincretismo religioso y que ha sabido, a través de los tiempos, entrelazar sus raíces mayas con su fe a Dios a través de San Diego.
Hoy, cuando sus hojas vuelven a vestirse del color verde intenso, anunciando la llegada de las fiestas tradicionales, nos recuerda una vez más su presencia y que toda celebración debe ir acompañada de respeto, memoria y responsabilidad colectiva. Porque en sus raíces no solo descansa la tierra, descansa el alma de un pueblo.

