15 julio, 2026

LA COSTA QUE ESTAMOS PERDIENDO

La erosión costera en la Península de Yucatán no es solo un fenómeno natural: es también el resultado acumulado de cincuenta años de infraestructura portuaria sin estudios de impacto suficientes, urbanización desordenada y ecosistemas sacrificados al crecimiento turístico

EDUARDO MAY

La erosión costera es un fenómeno cíclico que afecta de manera directa a la flora y fauna de cada región. Sus procesos graduales de avance sobre la línea de costa son estudiados con detenimiento para conocer sus causas, efectos y las condiciones que permiten la recuperación de dunas y marismas.

En la Península de Yucatán, los estudios, mecanismos de seguimiento y estrategias de mitigación son objeto de evaluación constante. En muchos casos, la sobredensificación de zonas costeras y suburbanas, así como el crecimiento acelerado de áreas turísticas, han generado impactos significativos. A ello se suman fenómenos naturales como huracanes, el cambio climático y la intervención humana mediante proyectos como muelles, dársenas, marinas, escolleras y otras obras de infraestructura destinadas a contener la pérdida de playas.

El estudio de este fenómeno ha cobrado relevancia entre la población debido a las consecuencias que se han hecho evidentes en los últimos años, particularmente en desarrollos urbanos construidos a la orilla del mar, la sobreexplotación de recursos pesqueros, la ocupación excesiva de ecosistemas frágiles y la introducción de especies de flora y fauna ajenas a la región.

Especialistas e investigadores han puesto atención en los efectos que los cambios ambientales están generando sobre la región peninsular, particularmente en la intensidad de los vientos, las corrientes marinas y las nuevas dinámicas de la vida silvestre. Un ejemplo es la llegada masiva de sargazo a las costas de Quintana Roo y Campeche, fenómeno que afecta a toda la Cuenca del Caribe.

A ello se suman los efectos asociados a los fenómenos de “La Niña” y “El Niño” en la zona ecuatorial del planeta, los cuales modifican la frecuencia, intensidad y comportamiento de ciclones y tormentas tropicales.

Algunas de estas consecuencias ya son visibles en distintos puntos de la Península de Yucatán. Un ejemplo es la comisaría de Chelem, en el municipio de Progreso, donde el avance del mar ha dañado decenas de propiedades y ocasionado cuantiosas pérdidas económicas a quienes construyeron demasiado cerca de la línea costera.

La erosión costera responde a causas científicas claramente identificadas y evoluciona conforme cambian las condiciones naturales y humanas. El desconocimiento o incumplimiento de estos límites suele traducirse en costosas lecciones, reflejadas en la pérdida de playas y en la vulnerabilidad de construcciones ubicadas en zonas de riesgo.

La evolución de este problema se ha vuelto más evidente durante los últimos 40 años, debido al crecimiento inmobiliario acelerado en toda la región peninsular, así como al incremento de residuos en tiraderos a cielo abierto, manglares, cenotes, ojos de agua y lagunas que alimentan los humedales costeros de los tres estados de la península.

La explicación científica de la erosión costera establece que se trata del proceso mediante el cual el mar y el viento desgastan, desplazan y eliminan sedimentos de manera permanente, provocando el retroceso de la línea de costa y la disminución del volumen de playa.

Este fenómeno ocurre cuando la cantidad de arena que el mar retira supera la que logra depositar.

Dinámica científica de la erosión

Desde una perspectiva geológica y oceanográfica, este fenómeno depende del denominado balance de sedimentos y puede explicarse mediante varios procesos mecánicos.

Una playa se mantiene estable cuando existe equilibrio entre la arena que recibe —proveniente de ríos, dunas o corrientes marinas— y la que pierde por acción del oleaje y el viento. Estos elementos transportan sedimentos a grandes distancias, como ocurre con las partículas procedentes del Sahara que atraviesan el Atlántico y alcanzan América, el Caribe y Europa. Cuando la pérdida supera a la reposición, la playa comienza a erosionarse.

La energía cinética de las olas y las corrientes marinas levanta la arena y la transporta hacia otros puntos, incluso hacia depósitos submarinos alejados de la costa.

Otro concepto fundamental es la denominada deriva litoral, es decir, el transporte de sedimentos provocado por olas que impactan la costa en ángulo y desplazan la arena a lo largo de la playa. Cuando este flujo es interrumpido por infraestructura como puertos, dársenas, muelles o rompeolas, la arena se acumula en un sector y desaparece en otro.

La ciencia clasifica las causas de la erosión en dos grandes categorías. La primera corresponde a los factores naturales, donde destacan el oleaje, las marejadas, las tormentas y los huracanes, capaces de desplazar enormes volúmenes de arena hacia zonas profundas.

También influye el incremento del nivel del mar, ya que permite que las olas alcancen áreas cada vez más elevadas y penetren tierra adentro.

La segunda categoría corresponde a los factores antropogénicos, es decir, aquellos provocados por la actividad humana. Un ejemplo es el muelle de Progreso, considerado uno de los más largos del mundo, cuya construcción modificó corrientes marinas que durante siglos mantuvieron determinados equilibrios sedimentarios.

Si bien en la Península de Yucatán no existen grandes ríos o sistemas de presas comparables con otras regiones, las alteraciones en los flujos naturales también influyen en la dinámica costera.

Otra incidencia importante es el desarrollo indiscriminado de infraestructura costera. Escolleras, espolones, muelles, malecones y otras obras de ingeniería dura alteran el movimiento natural de la arena a lo largo del litoral.

De igual forma, la destrucción de dunas y la pérdida de vegetación costera ocasionadas por la urbanización eliminan barreras naturales que funcionan como reservas de arena y ayudan a la recuperación de las playas después de tormentas y huracanes.

Todo ello modifica el paisaje, afecta los ecosistemas y altera la vida de las comunidades costeras, acelerando un proceso que implica la pérdida gradual de territorio frente al mar.

¿Somos culpables de la erosión costera?

Está claro que antes del desarrollo masivo de zonas costeras, el crecimiento poblacional, la expansión inmobiliaria y el auge hotelero iniciado a mediados del siglo pasado, prácticamente no existían estudios sistemáticos sobre los cambios físicos derivados de la erosión costera en la región peninsular.

Hasta mediados del siglo XX, los asentamientos humanos del litoral eran principalmente pequeños puertos pesqueros. Campeche y Progreso destacaban como centros de comercio marítimo, aunque en una escala mucho menor que la actual.

Tampoco existen referencias amplias sobre la erosión costera durante la época colonial. Las costas peninsulares estaban escasamente pobladas y los asentamientos prehispánicos cercanos al mar eran reducidos, por lo que su impacto sobre el entorno natural era mínimo y se limitaba principalmente a actividades de subsistencia.

En Yucatán, el crecimiento de Progreso estuvo ligado inicialmente a las casas de temporada y al comercio marítimo regional. Su desarrollo económico también se vio impulsado por actividades comerciales informales que contribuyeron al dinamismo económico del puerto y de Mérida.

De esta manera, los 17 puertos yucatecos comenzaron un crecimiento inmobiliario gradual que se aceleró durante las décadas de 1980 y 1990.

En Quintana Roo, el desarrollo turístico iniciado en Cancún en 1970 detonó un crecimiento urbano acelerado. Con el tiempo, este modelo se reprodujo en Playa del Carmen, Tulum, Bacalar y otros destinos turísticos de la entidad.

En Campeche, las condiciones fueron distintas debido al auge petrolero de las décadas de 1950, 1960 y especialmente de los años ochenta, fenómeno que impulsó el crecimiento de Ciudad del Carmen y otras localidades vinculadas a la industria de hidrocarburos.

El modelo Cancún

Sobre este tema, un estudio difundido por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) señala que hace apenas cinco décadas Cancún era una localidad prácticamente desconocida, con una población cercana a los 100 habitantes y ubicada en una de las regiones más rezagadas del país.

El área estaba compuesta por dunas, manglares, humedales y extensas áreas de selva tropical con una notable biodiversidad. Sin embargo, en pocas décadas se transformó en uno de los principales destinos turísticos de México.

A finales de la década de 1960, el gobierno federal impulsó el desarrollo turístico como estrategia económica. Para ello analizó variables de destinos exitosos como Miami Beach y Acapulco, incluyendo clima, infraestructura y afluencia turística.

Finalmente se eligió Cancún por sus condiciones naturales, la cercanía con importantes zonas arqueológicas y el rezago económico que entonces caracterizaba al Territorio de Quintana Roo.

En enero de 1970 comenzaron las obras de infraestructura y en septiembre de 1974 abrió sus puertas el primer hotel. Desde entonces, el crecimiento fue exponencial.

A finales de la década de 1980, Cancún tenía alrededor de 120 mil habitantes. Para 2015, el INEGI reportó cerca de 740 mil. Actualmente, el municipio de Benito Juárez supera el millón de habitantes, situación que ha exigido una expansión urbana constante y una oferta cercana a las 45 mil habitaciones hoteleras.

Además de generar una importante derrama económica, este crecimiento ha tenido consecuencias ambientales. Entre ellas destacan la contaminación por aguas residuales, el incremento de residuos sólidos, la presión sobre ecosistemas costeros y la alteración de playas, arrecifes y sistemas coralinos.

Todo ello se suma al impacto provocado por fenómenos meteorológicos de gran intensidad. Huracanes como Gilberto, en 1988; Wilma, en 2005; y Dean, en 2007, modificaron significativamente distintos tramos del litoral y aceleraron procesos de erosión que aún continúan manifestándose en amplias zonas costeras.

La huella humana, el daño permanente

Puerto Progreso ostenta, entre otros distintivos, el récord Guinness del muelle más largo del mundo, con 8.01 kilómetros de longitud. Fue construido a partir de 1985, impulsado por una decisión gubernamental que transformó de manera significativa el litoral yucateco. Años antes, en 1968, ante la necesidad de proteger a las embarcaciones mayores de la flota pesquera yucateca, se desarrolló el Puerto de Abrigo de Yucalpetén, a dos kilómetros del centro de Progreso, sin que existieran estudios suficientes sobre los posibles impactos ambientales de estas obras.

Es importante destacar que la escasa profundidad de la costa yucateca hizo necesaria la construcción de muelles y malecones en distintos puertos. Estas obras permitieron, particularmente en Progreso, consolidar una vía estratégica para el comercio marítimo y el desarrollo económico del estado.

El primer muelle de Progreso entró en funcionamiento en 1892 como parte del auge exportador del henequén. Posteriormente, durante la primera mitad del siglo XX, el crecimiento de esta actividad exigió embarcaciones de mayor calado, lo que derivó en la construcción del llamado “Muelle Nuevo”, iniciado en 1949 y concluido dos años después por ingenieros holandeses.

El “Muelle Nuevo” permitió mantener la actividad portuaria sin mayores afectaciones debido a que se encontraba elevado sobre el nivel del mar. Sin embargo, la construcción posterior del muelle de altura y el desarrollo portuario asociado, que inicialmente ganó 32 hectáreas al mar y actualmente avanza hacia una expansión cercana a las 120 hectáreas, modificaron de manera significativa la dinámica costera de Chelem, Chuburná y la Reserva Estatal El Palmar. Como consecuencia, las corrientes marinas cambiaron su comportamiento y favorecieron procesos de erosión que han afectado numerosas viviendas y desarrollos turísticos construidos junto al litoral.

De acuerdo con especialistas, el problema de la erosión costera en Yucatán comenzó con la construcción de escolleras para proteger los puertos de abrigo y se agravó considerablemente tras la edificación del puerto de altura de Progreso, que alteró los procesos naturales de transporte de sedimentos.

Investigadores de la Unidad de Ciencias del Mar del Cinvestav señalaron que durante la administración de Víctor Cervera Pacheco se realizaron estudios que aparentemente minimizaban la importancia del arrastre de sedimentos más allá de los primeros cien metros mar adentro.

Espigones contra el mar

Tras el relleno de las primeras etapas del proyecto, entre 1985 y 1986, propietarios de predios ubicados al poniente de Progreso comenzaron a percibir la pérdida acelerada de playas y cambios en la línea costera. Como respuesta, se instalaron de manera indiscriminada numerosos espigones, muchas veces sin planeación ni coordinación entre vecinos y autoridades.

Si bien los espigones permitieron recuperar temporalmente algunos tramos de playa, también aceleraron la erosión en sectores ubicados al oeste de cada estructura. Esta situación provocó conflictos entre propietarios de predios en puertos como Chelem y Chuburná, sin resolver el problema de fondo y favoreciendo el avance del mar sobre decenas de propiedades.

A ello se suma la presencia recurrente de tormentas tropicales y frentes fríos, cuyos efectos sobre el oleaje y las corrientes marinas han incrementado la presión sobre la línea de costa.

El fenómeno también ha provocado la pérdida de dunas costeras y la desaparición de flora y fauna endémicas cuya recuperación requiere largos periodos. En algunos casos, los ecosistemas dunares pueden tardar hasta siete años en restablecer sus condiciones naturales.

La dinámica de las dunas desempeña un papel fundamental en el equilibrio sedimentario y en la conservación de la biodiversidad. Asimismo, resulta indispensable controlar especies invasoras y conservar áreas con vegetación nativa, particularmente en zonas destinadas al desarrollo turístico.

Otro factor de presión ha sido la introducción de flora ajena a los ecosistemas costeros. Con frecuencia, los desarrollos turísticos sustituyen la vegetación propia de las dunas por jardines ornamentales y especies exóticas, alterando el equilibrio ecológico natural. A ello se suma que la reposición artificial de arena representa una solución costosa y generalmente temporal.

Todo ello demuestra que cualquier estrategia destinada a enfrentar la erosión costera debe plantearse con una visión de largo plazo, privilegiando soluciones basadas en la naturaleza y aceptando, cuando sea necesario, la eliminación de infraestructura deteriorada o de obras que contribuyen a agravar el problema.

La afectación a las especies marinas

Especialistas e investigadores han alertado de manera constante sobre la pérdida de playas, el deterioro de manglares y humedales, así como el crecimiento de actividades humanas que ponen en riesgo a diversas especies marinas, particularmente a las tortugas.

Organismos como el Comité para la Protección y Conservación de las Tortugas Marinas del Estado de Yucatán (Coctomy) han señalado que la urbanización de las zonas costeras ha reducido los espacios disponibles para la anidación, comprometiendo la supervivencia de estas especies.

A este escenario se suman amenazas como la presencia de perros y gatos que depredan nidos de manera incidental, así como la acumulación de basura y microplásticos que afectan a aves, reptiles y peces.

También persiste el consumo ilegal de carne y huevo de tortuga, práctica que continúa promocionándose en redes sociales y que aún se registra en algunas comunidades costeras, particularmente en Celestún y ciertas islas de Quintana Roo.

Sobre este tema, Minerva Cano, responsable del Club de la Tortuga, señaló que durante los periodos vacacionales aumentan las afectaciones debido al ingreso de vehículos y cuatrimotos a las zonas de anidación por parte de propietarios de casas de verano. “La pérdida de playa es grave y, aun cuando los espacios disponibles disminuyen, los desarrollos inmobiliarios continúan expandiéndose”, advirtió.

Melania López Castro

Por su parte, Melania López Castro, titular del Coctomy, destacó que pese a las amenazas se han logrado avances importantes en la protección de estas especies, al pasar de decenas de nidos registrados durante la década de 1990 a miles en la actualidad.

No obstante, advirtió que las tortugas continúan enfrentando riesgos asociados al cambio climático, la degradación del hábitat, la erosión costera, la pesca incidental y la contaminación. Explicó además que el consumo de carne y huevo, que anteriormente representaba una amenaza significativa, hoy constituye apenas alrededor del uno por ciento de los factores de riesgo gracias a las campañas de concientización.

Neyra Silva Rosado

Por su parte, Neyra Silva Rosado, titular de la Secretaría de Desarrollo Sustentable, indicó que entre el 75 y el 90 por ciento de los huevos logra eclosionar, aunque sólo una fracción de las crías alcanza la edad adulta. Según cifras estatales, durante 2025 se registraron 11 mil 773 nidadas de tortugas en la costa yucateca, con más de un millón 213 mil huevos, de los cuales fueron liberadas 724 mil 783 crías.

¿Qué sigue, qué nos espera?

El litoral yucateco ha sido afectado sistemáticamente durante los últimos cincuenta años. La falta de planeación, de acciones legales contundentes, de medidas efectivas para regular el desarrollo inmobiliario y turístico, así como la ausencia de programas adecuados de restauración ambiental, han contribuido al deterioro progresivo de las zonas costeras de la Península de Yucatán.

De manera reiterada, especialistas e investigadores han planteado la necesidad de establecer una pausa en los nuevos desarrollos costeros, incluyendo proyectos turísticos, para evaluar los impactos acumulados y recuperar ecosistemas cada vez más presionados. Sin embargo, estas propuestas han tenido escasa atención.

Hasta la década de 1960, la Península de Yucatán conservaba amplias extensiones de playas, manglares y ecosistemas costeros en condiciones relativamente estables. Detrás de la imagen turística que hoy proyecta la región, se acumulan problemas ambientales y sociales que se han intensificado durante las últimas décadas.

Las costas yucatecas, estrechamente vinculadas a las dinámicas ecológicas y económicas de Quintana Roo y Campeche, enfrentan un proceso acelerado de degradación. La pérdida de playas, la destrucción de ecosistemas estratégicos y la expansión de un modelo inmobiliario poco regulado amenazan con modificar de forma permanente buena parte del litoral peninsular.

La desaparición gradual de dunas costeras constituye uno de los síntomas más visibles de este deterioro. En diversos puntos de la costa, el mar avanza de manera constante sobre la línea litoral, fenómeno que no responde únicamente a procesos naturales, sino también a la alteración de los mecanismos de protección costera provocada por la actividad humana.

Con frecuencia, las dunas y la vegetación asociada han sido consideradas erróneamente terrenos improductivos. Sin embargo, cumplen una función fundamental como barreras naturales frente al oleaje y los vientos, además de contribuir a la fijación de sedimentos y al mantenimiento del equilibrio costero.

Cuando estos ecosistemas son eliminados para construir viviendas, desarrollos turísticos o infraestructura frente al mar, la playa pierde buena parte de su capacidad de recuperación natural. A ello se suma la proliferación de estructuras como espolones, geotubos y otras obras instaladas por particulares para proteger propiedades específicas. Aunque suelen retener arena de manera temporal, alteran las corrientes marinas y aceleran la erosión en zonas vecinas.

Los efectos de estas modificaciones se extienden rápidamente hacia otros ecosistemas. Humedales, marismas y áreas de anidación enfrentan presiones crecientes derivadas de la pérdida de hábitat, la alteración de los flujos hidrológicos y el avance de la urbanización.

Tierra adentro, los humedales y ciénagas —considerados auténticos riñones ecológicos de la península— también padecen procesos de degradación. La eliminación de manglares para dar paso a infraestructura turística y habitacional interrumpe el intercambio natural entre agua dulce y salada, fragmentando ecosistemas fundamentales para numerosas especies.

Las aves migratorias y residentes, que históricamente encontraban refugio y alimento en estas zonas, ven alteradas sus rutas y patrones de comportamiento debido al crecimiento urbano y a la transformación del paisaje costero.

El impacto sobre la fauna marina resulta igualmente preocupante. Las tortugas marinas, por ejemplo, enfrentan cada vez más obstáculos para completar sus ciclos reproductivos. La pérdida de playas y dunas reduce los espacios disponibles para la anidación, mientras que la expansión de infraestructura costera limita el acceso a sitios históricamente utilizados para el desove.

A ello se suma la contaminación lumínica generada por nuevos desarrollos turísticos y residenciales, que desorienta tanto a hembras reproductoras como a crías recién nacidas, disminuyendo sus probabilidades de supervivencia.

El costo del desarrollo

Otro factor determinante es la creciente especulación inmobiliaria que se observa en amplias zonas costeras de la península. La adquisición masiva de terrenos ejidales y costeros, promovida bajo esquemas de desarrollo turístico y residencial, ha generado conflictos por el acceso al territorio y ha incrementado la presión sobre ecosistemas particularmente vulnerables.

Este fenómeno guarda similitudes con el modelo de crecimiento turístico intensivo desarrollado en Quintana Roo, caracterizado por una rápida expansión urbana que ha generado problemas relacionados con la disponibilidad de agua, el tratamiento de residuos y la conservación de ecosistemas costeros.

Las consecuencias ambientales trascienden las áreas urbanizadas y alcanzan incluso a las actividades productivas tradicionales. La degradación de manglares, humedales y ciénagas afecta directamente a especies marinas de importancia comercial, ya que estos ecosistemas funcionan como zonas de reproducción y crianza para organismos como el mero, el pulpo y el camarón.

La reducción progresiva de estos hábitats repercute en los volúmenes de captura y contribuye al deterioro económico de numerosas comunidades pesqueras de Campeche y Yucatán.

Mención especial merece la falta de planeación territorial y la persistencia de vacíos legales que continúan favoreciendo procesos de ocupación desordenada del litoral, muchas veces impulsados por intereses inmobiliarios que aprovechan las condiciones de vulnerabilidad económica de las comunidades costeras.

El núcleo del problema no radica en la ausencia de conocimiento científico. Diversos estudios han documentado con claridad las causas y consecuencias de la degradación costera. Sin embargo, la aplicación de instrumentos de ordenamiento ambiental suele verse limitada por insuficiencias presupuestales, vacíos normativos y una capacidad de vigilancia frecuentemente insuficiente.

Aunque existen herramientas como el Programa de Ordenamiento Ecológico del Territorio Costero del Estado de Yucatán (POETCY), especialistas consideran que su aplicación enfrenta importantes desafíos para contener la presión inmobiliaria y garantizar la protección efectiva de los ecosistemas.

Asimismo, las Manifestaciones de Impacto Ambiental suelen evaluar proyectos de manera individual, sin considerar plenamente los efectos acumulativos que múltiples desarrollos pueden generar sobre el acuífero, los humedales y la dinámica costera regional.

Mientras continúe la expansión de infraestructura sin sistemas adecuados de tratamiento de aguas residuales y sin medidas eficaces de conservación de dunas y manglares, los esfuerzos comunitarios de restauración seguirán siendo insuficientes frente a la magnitud del problema.

La recuperación de las costas de la Península de Yucatán exige una visión de largo plazo, una aplicación más rigurosa de la legislación ambiental y un modelo de desarrollo capaz de conciliar crecimiento económico y conservación. De lo contrario, la región corre el riesgo de perder, de manera irreversible, algunos de los ecosistemas que durante siglos sostuvieron su biodiversidad, sus comunidades costeras y buena parte de su identidad.

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