El otro día estaba guiando a un grupo de turistas italianos en la zona arqueológica de Tulum
cuando… me quedé hablando con las piedras. En ocasiones me sucede que estoy bien
inspirado explicando el pasado maya y los turistas se interesan por ir de compras o darse un
chapuzón; entonces, como las piedras ya saben lo que por ahí aconteció –y yo también—,
esa mañana decidí refrescarme en las frescas aguas del Caribe.
En esas estaba y percibí que desde el horizonte se aproximaba un cangrejo montado en un
coco y cantaba “Cuando calienta el sol, aquí en la playa…” ¡No puede ser! —me dije— ahí
está mi maestro de astronomía El Cangrejo Emiliano.

Quiúbole, mi estimado terrícola ¿qué andas haciendo por aquí? —Me preguntó Emiliano y
contesté— más bien ¡qué haces arriba de ese coco! Emiliano se colocó unos lentes para el
sol y con actitud esquiva me dijo: los cocos, my friend, son una delicia, mira que es una
pena que no los conocieron los mayas históricos ya que los trajeron los ingleses desde
Polinesia en el siglo XVI y a este ya le hice un hoyo con un pedazo de lata de cerveza
colombiana y de paso le inserté un popote que venía desde Honduras. Oye, ¿sabías que un
coco puede pasar hasta tres meses en el agua, llegar a una isla y germinar sin problemas?
Cuando iba a contestarle, Emiliano me interrumpió: ¡Qué vas a saber tú, si eres un soberano
ignorante de las cosas que realmente vale la pena conocer! Espérate, espérate, no me
subestimes —le dije, y Emiliano acotó—: mejor mantente callado porque luego me
desilusionas.
Respiré profundo y contesté: Ya párale, ¿cuál es tu pleito? A ti el coco te hace lo que a mí
el Tequila. Emiliano dio un sorbo a su coco y continúo sin inmutarse: Mira, desperdicio
evolutivo, el coco es una bebida de moderación, no te hagas la víctima y ubícate: eres un
conglomerado de experiencias, nada más. Ni siquiera reconoces el privilegio de ser
mexicano y se te olvida que por las noches puedes contemplar una bóveda celeste pletórica
de estrellas y también las órbitas elípticas de los planetas.
Intrigado, le pregunté: ¿Y cómo son las estrellas? Emiliano se rascó con una pinza su
cabeza y respondió: Existen más estrellas en el universo que la suma de todos los granos de
arena de todas las playas y de todos los desiertos del mundo; algunas estrellas las puedes
ver con los ojos y los telescopios, pero la mayoría se encuentran detrás de la oscuridad…
Ante tal revelación, guardé silencio.
Emiliano dio un sorbo a su coco y prosiguió: El cielo luminoso de cada noche refleja el
pasado de las estrellas, nebulosas, novas, galaxias, cuásares, enanas blancas, supernovas,
cometas, viento solar, planetas, enormes asteroides, basura estelar y agujeros negros; como
quien dice, los eventos que en este preciso momento acontecen en nuestro universo, no los
podemos ver a simple vista…
¿Me sigues o ahí nos vemos otro día? Me preguntó el canijo Emiliano —¡Continúa pues!
contesté—. Los eventos intergalácticos viajan a la velocidad de la luz y las distintas
ubicaciones de las estrellas en el cielo no son las reales, porque la luz de las estrellas nos
llega torcida cuando atraviesan los 500 kilómetros de atmósfera que envuelven a nuestro planeta.
Así que por las noches lo que ves no está donde lo ves y además muchas de las
estrellas que ves ya no existen.
¿Cómo que ya no existen, si las veo todas las noches? —le inquirí. Emiliano acomodó sus
lentes con una de sus pinzas y de reojo me dijo: —Ay… De verdad que eres de lento
aprendizaje… Ya me diste flojera, mejor me voy… ¡No, espera, Emiliano! —le dije—.
Parece que el que tiene problemas con el ego eres tú y no yo… Emiliano soltó una carcajada
y me respondió: Bueno… nada más te voy a seguir explicando porque luego vas de
chismoso quejándote en una Covacha del Aj Men en El Despertador de Quintana Roo y
tus lectores van a pensar que es verdad tu chisme, así que de una vez te aclaro que te voy a
explicar por respeto a tus lectores porque si fuera por ti, ya me hubiera ido…
…Te digo que cuando ves las estrellas en cielo, las ves ciertamente, pero no están donde las
ves y además muchas de ellas ya no existen, pero su luz nos llega porque los espacios
vacíos del universo son tan enormes que la luz viaja, aunque la estrella ya no exista, como
quien dice, cuando alzas la mirada al cosmos, en realidad observas su pasado… ¿A poco
crees que todo se limita a tu imaginación? ¡No cabe la menor duda de que eres un
egocéntrico y de los peores!
Oye, Emiliano —le dije—, no te aceleres y dame chance, quiero aprender… Aich…
¿Quieres aprender o no tienes nada que hacer y estás aquí en lo que tus turistas regresan al
autobús? De verdad quiero conocer cómo son las estrellas —le dije y Emiliano guardó
silencio, dio un sorbo a su coco, volvió a guardar silencio y me dijo: —No es que esté
pensando qué decirte, sino que me acabo de dar cuenta de que el agua del coco se acabó…
Pero bien, nada más porque no tengo otra cosa que hacer te voy a platicar cómo son las
estrellas, así que pon atención, pequeño ego de luz concentrado en un cuerpo:
De entre las miles de millones de estrellas, una de las más cercanas es Próxima Centauri,
situada a más de cuatro años luz de distancia, es un digno ejemplar de las estrellas llamadas
enanas rojas y está relativamente fría, consecuentemente, entre más caliente es una estrella,
más azul la vemos.
Para medir a las otras estrellas se toma como referencia las medidas del Sol, algunas
supergigantes rojas, como Mu Cephei, mide 1000 veces el diámetro de nuestra estrella y
cierra la bocota porque te puede entrar una mosca… Jajajajaja… Oh, Emiliano, hoy si estás
filoso —le dije y contestó— ¡No me interrumpas!
El Sol tiene una masa equivalente a 333.000 planetas Tierra y se necesitan 109 Tierras
alineadas para cubrir todo su diámetro. Está a 149.600.000 Km. de distancia de nuestros
ojos y en su núcleo, la temperatura es como de 15.000.000 °C. Su luz nos llega en 8
minutos y 31 segundos.
Dentro de 4,5 mil millones de años, el Sol agotará su reserva de hidrógeno, se inflará para
literalmente tragarse a Mercurio, Venus, la Tierra y a los futuros marcianos, pero antes de
llegar a Saturno se contraerá críticamente para finalmente explotar, enfriarse y convertirse
en una sencilla enana blanca.
Una enorme ola nos cubrió, el coco quedó volteado, el torcido popote hondureño flotaba sin
rumbo ¡Emiliano, Emiliano! Le gritaba, busqué en el interior del coco y no lo hallé, de
pronto se acercó una linda turista italiana que me preguntó sonriendo:
—¡¿Con quién hablas?!
—Con Emi… No, con nadie, estaba buscando… Bueno, mira…la verdad es que…
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