Claudio Obregón Clairin

(Foto: Vaso maya, exhibido en Kimbell Art Museum.)
Los Mayas
El inquisidor Diego de Landa informó en su obra “Relación de las cosas de Yucatán” que, entre los mayas peninsulares del siglo XVI, los recién nacidos eran bañados y atados a sus cunas, luego les colocaban dos tablillas: una en la frente y otra atrás de la nuca, con la finalidad de deformarla en forma ovoide y así emular a la forma cónica de la mazorca de maíz.
Consultaban a un sacerdote para conocer el destino de sus hijos y seleccionaban el nombre que deberían portar. En algunos casos, se les provocaba el estrabismo que los mayas consideraban como un signo de belleza. Limaban sus dientes e incrustaban en ellos algunos fragmentos de piedras de jade que sostenían vigorosamente con un pegamento a base de copal. Es interesante observar que, como un elemento de permanencia cultural, algunos mayas contemporáneos se incrustan oro entre los dientes, respondiendo a un llamado del inconsciente colectivo ancestral.
Landa nos informa también que existió un bautismo que se realizaba de manera colectiva; la ceremonia se efectuaba en la casa de un anciano, los padres pasaban un periodo de abstinencia como requisito de comunión con las entidades divinas. Padres e hijos quedaban rodeados por una cuerda sostenida por ancianos que se presentaban a los “chakob’” o entidades divinas de la lluvia, en tanto, los sacerdotes los purificaban con incienso, tabaco y “agua bendita” para expulsar a los malos espíritus.
Los niños eran criados exclusivamente por las madres hasta la edad de tres o cuatro años. Cumpliendo cinco años, los varones portaban una cuenta blanca en la parte superior de la cabeza y los padres tomaban a su cargo la responsabilidad de su educación. Las niñas seguían siendo educadas por las madres en las tareas domésticas y al cumplir la misma edad se les ataba una cuerda alrededor de la cintura con una concha roja que simbolizaba la virginidad, por ningún motivo se les permitía quitarlas antes de la pubertad.
Al llegar a la edad en la que se adolece y el mundo se torna un misterio, los muchachos mayas se retiraban a una casa destinada para ellos y ahí se preparaban en el arte de la guerra. Se pintaban de negro, jugaban a la pelota y según Landa, recibían la visita de prostitutas.
Las niñas eran educadas de manera estricta por las madres y recibían severos castigos por faltas a la castidad; siempre que se encontraban con un hombre le daban la espalda y le cedían el paso; acostumbraban bajar la vista al ofrecer agua a los varones. Las madres enseñaban a sus hijas a preparar las tortillas —actividad que consumía la mayor parte de su tiempo—, a criar a los animales domésticos, a vender los artículos que producían y, en caso de necesidad, ayudaban a los hombres a labrar y cultivar la tierra.
Los mayas de la antigüedad se casaban muy jóvenes, los varones entre los 17 y 18 años y las mujeres entre los 14 o 15 (también la esperanza de vida era menor a nuestros días). Estaba prohibido casarse si portaban el mismo apellido, con una madrastra o tía materna, así como con la hermana (o) de un difunto (a), curiosamente se permitía el matrimonio entre primos hermanos. El adulterio era castigado con la muerte y la ley era igualmente severa para todos.
Los Mexica
Al contrario de los mayas, los mexicah (aztecas) sí formaron un imperio que en tan solo 200 años sublimó y adaptó a su conveniencia el conocimiento mesoamericano que inició con los pueblos olmecas y zoques tres mil años antes de ellos. Hacia el año 1470, cuando los mexicah se ubicaron en un momento climático de su expansión territorial, el tlatoani (rey) Ahuizotl mandó quemar los códices de todos los pueblos y los de sus bibliotecas para reescribir la Historia, así entonces, nuestra interpretación de aquellos momentos históricos está condicionada a los intereses expansionistas de Ahuizotl.
En su obra “Historia Eclesiástica”, Fray Gerónimo de Mendieta nos cuenta que los mexica acostumbraban colocar a sus recién nacidos al descubierto para iniciarlos en el camino del control del sufrimiento. Los bebés mexicah pasaban largos periodos soportando el frío invernal sin que atendieran su llanto con caricias y abrigo. A los cinco años les colocaban algunas cargas en sus espaldas para evitar la pereza, comenta Mendieta: “… y cuando son de ocho o diez años se cargan tan buena carguilla, que a un español de veinte se le haría de mal llevarla mucho tiempo trecho”. Las madres cuidaban de que sus hijas “no viesen por sus ojos actos ni pinturas torpes, ni oyesen pláticas ni palabras feas, porque lo que se ve, oye y habla en la niñez, adelante se toma en costumbre de lo usar”.
La rectitud era una norma en la sociedad mexica, los padres ofrecían poéticos discursos a sus hijos donde los invitaban a venerar a sus entidades divinas y a servirles con amor, honrar a su progenitores al buen uso de la palabra, a diferenciarse de los animales quienes andan sin razón, a evitar la mentira porque causa confusión, a no curarse en el espejo, a ser responsables, a mirar por donde se anda y a respetar a los viejos. Los hijos por su padre le respondían en versión transcrita en castellano del siglo XVI: “Padre mío, vuestra carne y sangre soy, por lo cual confío que otros consejos me daréis ¿por ventura desampararme heis? Cuando yo no lo tomare como me lo habéis dicho, tendréis razón de dejarme como si no fuera vuestro hijo”.
La capital del Imperio Mexica, Tenochtitlan, estaba formada por cuatro barrios o Calpullis y un centro ceremonial, había dos tipos de escuela, la popular llamada Tepochcalli y la reservada para los nobles y guerreros llamada Calmecac, a ésta última ingresaban únicamente los varones de 15 años, aunque Fray Diego Durán refiere que acontecía a los 18. La rutina en la escuela, ubicada en el corazón de la ciudad, iniciaba antes de la aurora barriendo, luego un grupo de muchachos buscaban puntas de maguey para los autosacrificios y los más grandes iban por leña para las hogueras nocturnas. Al amanecer labraban las tierras destinadas a ellos, concluida la tarea regresaban al Calmecac para bañarse y seguir con las penitencias propias de los guerreros. Al anochecer, descansaban un poco y luego los sacerdotes los instruían en el arte del autosacrificio corporal rodeados de humo de copal. Cuando era el tiempo de ayuno llamado “atlamalcualco”, se alimentaban una vez al día con maíz molido y agua. Si los jóvenes faltaban a su castidad o eran negligentes, se les castigaba severamente quemándolos con ocotes encendidos, se les apaleaba y en ocasiones, nos cuenta Sahagún, la pena era el ahorcamiento para escarmiento de los demás.
Se les instruía en el arte de hablar con propiedad y a entonar los cantos sagrados y las leyendas que guardaban los secretos y los recuerdos de su historia para que mantuvieran viva la doctrina y la justificación de ser hijos del Sol. Eran adiestrados en el uso de los calendarios, la astrología judiciaria y, por supuesto, en el uso de las armas. Los mancebos del Calmecac llevaban la cabeza rapada y en la nuca conservaban una cola de caballo, de ahí su nombre “elocuatecomame” que significa “jícara con cerco redondo como mazorca”.
En el Calmecac había también doncellas de entre 12 y 14 años, quienes vivían en castidad al servicio del templo, elaboraban panecillos de maíz y guisos con chile. Las muchachas ingresaban con la cabeza rapada pero luego dejaban que creciera su cabellera, denotando así el tiempo de su estancia en el Calmecac. Se vestían de blanco y en ocasiones se emplumaban las piernas y los brazos, luego se colocaban en sus mejillas la sangre que obtenían al punzar los lóbulos de sus orejas. Pasado un año, regresaban a sus casas para desposarse.
Los mexicah y los mayas fueron sociedades agrícolas, comunitarias y rituales, nosotros configuramos una sociedad de consumo, individualista y de servicios. Recapitular la educación de nuestros ancestros nos permite observar pasajes de nuestro inconsciente colectivo y ubicarnos mejor en nuestros presente.
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