Inosente Alcudia Sánchez
“Primero los pobres” ha sido el mantra más recurrido por la cuarta transformación. En los últimos cuatro años el presidente López Obrador ha construido una narrativa que enfatiza su compromiso, y el de su gobierno, con los grupos sociales más desfavorecidos económicamente. Sin ningún encuadre metodológico, el presidente ha hecho el elogio de la penuria, la promoción del desapego a los bienes materiales, la estigmatización del lujo y las riquezas y la asignación de virtudes casi religiosas a quienes viven entre carencias. El discurso presidencial condena el “aspiracionismo” y la ostentación, dos lacras heredadas del régimen neoliberal, y predica las bondades de la privación material.
La cuarta transformación no llegó de improviso a la glorificación de la pobreza. Durante la última campaña presidencial, el movimiento político emergente ideado, creado y dirigido por Andrés Manuel López Obrador experimentó con otros mensajes que, al paso del tiempo, han sido avasallados por la dinámica del gobierno y el discurso presidencial: no queda ni escombro de la mítica “república amorosa” y el “no mentir, no robar, no traicionar” se volvió polvo ante los hechos.
Como opositor, AMLO había criticado el asistencialismo del Ogro Filantrópico. Acusó que las dádivas a los necesitados eran la carnada del anzuelo con que los gobiernos priistas mantenían sus clientelas electorales y alimentaban sus “granjas” de votos cautivos. Y el candidato López Obrador tenía razón: buena parte de la estrategia política del PRI-Gobierno se basó en la generación de lealtades a base de “apoyos” a los grupos sociales marginados. En los tiempos en que AMLO se desempeñó como funcionario público y destacado dirigente priista, el campesinado empobrecido era el “granero” de votos priistas, que se completaba con los nacientes sectores urbanos populares. La migración campo-ciudad creó un nuevo segmento de pobreza, distinto a la del medio rural, que el régimen priista no alcanzó a entender -ni atender-, a pesar del intento que significó la política salinista. Tenemos que, en algún momento, entonces, las dádivas dejaron de ser redituables electoralmente, o el régimen neoliberal terminó el burdo sistema asistencial priista.
La cuarta transformación encontró en la pobreza buena parte de su razón de ser. A contracorriente de las mejores prácticas en materia de política social, el gobierno federal concentró presupuestos y reorganizó la administración pública para emprender la cruzada asistencial más grande desde fines del siglo XX: los llamados “programa del bienestar”. Estos se materializan en la transferencia directa de recursos públicos a determinados grupos sociales (campesinos, ancianos, jóvenes, madres solteras, estudiantes, etc.) y en la conformación de una enorme estructura pública, en la que se confunde lo gubernamental con lo partidista, denominada “servidores de la nación”.
Los programas del bienestar constituyen el eje material del discurso reivindicatorio de la cuarta transformación. “Primero los pobres”, la base del mensaje legitimador del régimen, se materializa en las becas para construir el futuro, en la pensión de los abuelos, en el apoyo a los sembradores de vida. No importa que más mexicanos engrosen la población en situación de pobreza; no importa la opacidad en el ejercicio de los miles de millones de pesos del presupuesto federal; no importan la falta de reglas de operación ni las observaciones de auditores; no importan los cuestionamientos de expertos o la evidencia de los nulos resultados de política social: lo que cuenta para la cuarta transformación es la “democratización” del presupuesto público: que los necesitados, el pueblo bueno reservorio de los mejores valores de nuestra historia, sientan el apoyo de su presidente y reciban, del presidente, un dinerito depositado directamente en alguna de las tarjetas del bienestar que los servidores de la nación les han entregado, de parte del gran benefactor.
Los neoliberales no paran de criticar esta devoción presidencial por la idealización de la pobreza y, los opositores, cuestionan la implementación de un mecanismo clientelar que evoca alguna trampa electoral del priismo ochentero. En la repulsa al aspiracionismo, dicen los conservadores, está el germen de la mediocridad y del atraso: para qué estudiar, para qué esforzarse, para qué destacar; si, como predica el presidente casi a diario, quienes aspiran a ser mejores son unos frustrados, retrógrados, renegados de su clase social, fantoches. Y, en la entrega de dinero público, hay quienes ven el intento de compra de conciencias y de lealtades políticas. Ciertamente, este asidero doctrinario de la cuarta transformación tiene debilidades obvias y contradicciones evidentes, pero en la orfandad ideológica que sufre este movimiento, encontró en la pobreza el fundamento más sólido para explicar los fallidos actos de gobierno y justificar la transexenalidad de su proyecto. No se trata de que en el 2024 gane Morena; se trata de que prosiga la cuarta transformación.
Ese miércoles, 4 de enero del 2023, el presidente desnudó el fundamento de su filosofía política: ni las clases medias o altas, ni los intelectuales… sino los pobres, serán quienes defiendan a la cuarta transformación. La ayuda a los pobres, confesó el supuesto benefactor, no es un asunto personal (que se podría leer “no es por bondadoso”): es un asunto de estrategia política. Ayudando a los pobres va uno a la segura, dijo el estratega electoral de Morena.
He llegado hasta aquí, entonces, para prevenir que probablemente la “estrategia” no rinda los mismos resultados que entregó, en su momento, al régimen priista. El diagnóstico presidencial acierta cuando considera que el neoliberalismo suspendió los apoyos directos a los más desposeídos y se diseñaron políticas públicas sujetas a estrictas reglas que inhibieron su aplicación discrecional y generalizada. Era parte de la modernidad y del nuevo arreglo democrático. Pero la sociedad mexicana no es la misma, ni cuantitativa ni cualitativa, respecto a la que prevaleció en el esplendor priista. Hoy, el presidente equipara pobreza con ignorancia; ayudas sociales con lealtad política; carencias materiales con perfil electoral. Mucho ha cambiado el país desde los años en que los pobres se dejaban seducir por una dádiva. El PRI no lo advirtió y ya vimos cómo le va. Las penurias y la marginación económicas no reflejan, necesariamente, una conducta electoral. Los más pobres de hoy acceden a información que no tuvieron los pobres de ayer y hay una reflexión social que no existía en el antiguo régimen priista.
La estrategia política del presidente es fallida: hoy los pobres saben que las “ayudas” del gobierno no son desinteresadas, sino parte de una pretendida manipulación electoral. En todo caso, Morena necesitará mucho más que los votos pobres para ganar el 2024. Lo triste, lo emocional, es que quienes dieron por bueno el discurso por los pobres, el miércoles se enteraron que era una falacia: no es un asunto de empatía ni de “humanismo mexicano”, sino una impostura, porque, según el presidente, los pobres son carne de cañón: ingenuos e ignorantes que correrán en defensa… de quien los mantiene en la pobreza.


