7 junio, 2026

La historia de una feria de barrio: Fátima, 74 años de tradición

Fe, memoria y comunidad mantienen viva en Calkiní una de las celebraciones emblemáticas del Camino Real

Harold Amábilis

En esta edición de El Despertador, el barrio de Fátima abre sus puertas entre el estruendo de los voladores, el aroma del huano recién cortado y el vaivén de una verbena popular que se mantiene como uno de los últimos baluartes de la tradición en la ciudad conocida como la Garganta del Sol. El mes de mayo incendia el asfalto en Calkiní, pero dentro del barrio nadie se resguarda. Ahí, la fe hierve en los fogones, se amarra con sogas de sosquil y se baila al ritmo de la charanga. Fátima se convierte, por unos días, en el corazón del Camino Real. 

Orígenes de la fiesta de Fátima

El barrio de Fátima nació de una conversación entre el azar y la fe, una de esas pláticas que el tiempo convierte en cimiento de comunidades enteras. Sucedió un 24 de julio de 1951, cuando Alejandro Naal Naal y Desiderio Aké Haas, apodado Don Niño, descansaban sobre el brocal de una vieja noria hispana en los terrenos de la finca Dolores, propiedad de José Saturnino Balam Matos. Aquella tarde, el dueño les confió una idea que llevaba tiempo madurando: valdría la pena fomentar allí un nuevo vecindario. La sugerencia, comunicada a los pocos habitantes de la zona, fue recibida con entusiasmo unánime y pronto habría de materializarse en la formación de uno de los barrios más populares del sitio conocido como la Garganta del Sol.

Los pioneros pensaron inicialmente en el nombre de La Santa Cruz; sin embargo, el párroco Gonzalo Balmes Noceda, encargado de la parroquia de Calkiní, los disuadió de aquella primera idea. Argumentó que apenas dos meses atrás, el 17 de julio del mismo año, una Virgen Peregrina había sido traída en andas desde Tepakán. Aquella imagen evocaba la aparición de la Virgen de Fátima y la explicación del sacerdote resultó tan persuasiva que el nombre de Rosario de Fátima quedó adoptado sin objeción alguna y, con él, la advocación mariana que desde entonces iluminaría el corazón de los habitantes.

La primera imagen de la patrona fue adquirida en Mérida y transportada por ferrocarril el 5 de mayo de 1952. Una multitud de creyentes la esperaba para escoltarla hasta su nueva morada. Ocho días después, el 13 de mayo, fue trasladada al barrio e instalada provisionalmente en una humilde choza de palma y huano levantada en el costado izquierdo del actual templo. Aquella fecha marcó el inicio de la primera fiesta tradicional. La primera celebración se desarrolló con una corrida de toros en un improvisado ruedo de madera, sin sombra ni graderío, y con bailes realizados al aire libre. Con el paso del tiempo, las festividades comenzaron a celebrarse bajo techos de palma, pita o lámina acanalada. El éxito de aquellos festejos estimuló el espíritu de los patronos para emprender la construcción de una iglesia de mampostería, proyecto que exigió reunir recursos mediante las ganancias de la propia feria y los donativos de vecinos y creyentes.

La madrugada del 10 de agosto de 1953, un incendio devoró la choza que albergaba a la venerada imagen. El maestro Andrés Jesús González Kantún ha narrado en diferentes textos que aquel episodio quedó grabado en la memoria colectiva del barrio: hombres encaramados en lugares insospechados para desprender las palmas ardientes, una cadena humana que se pasaba cubetas de agua extraída del único pozo y mujeres y niños observando impotentes mientras la gritería y los llantos inundaban la confusión reinante.

De la imagen de la Virgen solo se recuperaron fragmentos carbonizados que aún se conservan en una urna de cristal dentro de la iglesia actual. A pesar de ello, el siniestro fortaleció la determinación de los fieles por construir un lugar de culto digno. Gracias a Doña Anselma Chan, quien donó un predio ubicado a espaldas de la actual capilla, se levantó una nueva casa de palma y, el 22 de septiembre del mismo año, se adquirió una segunda imagen de la Virgen.

Correspondió al primer comité de la feria conducir los esfuerzos para proporcionarle a la Virgen un hogar digno y al público creyente un espacio para profesar su fe, meta alcanzada gracias a la tenacidad de los socios fundadores y al respaldo generoso de todo un pueblo. Con los ánimos restablecidos, el 25 de septiembre de 1953 el presidente municipal, profesor Nicolás Canto, colocó la primera piedra del templo que actualmente se levanta en el corazón del barrio. La obra quedó concluida y entró en servicio el 5 de mayo de 1954. La tradición recogida por el cronista afirma que, en un hueco del cimiento del altar, se resguardó un testimonio escrito donde se certifica que la Virgen Peregrina fue la inspiración para construir aquel recinto sagrado.

El investigador Santiago Canto Sosa citó un documento transcrito por Manuel Herrera Pech en su Historia Gráfica de Calkiní, donde se asienta que la primera piedra fue colocada el 13 de septiembre de 1952 y se deja constancia del papel desempeñado por las autoridades civiles y eclesiásticas de aquel momento, encabezadas por el alcalde Nicolás Canto Carrillo, el diputado Pastor Rodríguez Estrada y el gobernador Manuel López Hernández.

Uno de los acontecimientos que coronaron la fiesta popular y fortalecieron la tradición fue el descubrimiento, por parte del albañil Juan May, de un pequeño pozo en el fondo del canal abierto para la cimentación. Si bien se ordenó desaguarlo para facilitar la continuación de los trabajos, el volumen de agua aumentó hasta convertirse en un depósito permanente. Aquel suceso fue interpretado por los presentes como un milagro de la Virgen de Fátima, y el impacto se multiplicó cuando comenzaron a atribuirse propiedades curativas a las aguas del incipiente manantial.

El periodista Carlos Escobar Centurión publicó en 1992 un artículo donde describe el agua cristalina que brotó inesperadamente y cómo la noticia recorrió toda la península, atrayendo visitantes que acudían con la esperanza de sanar a sus enfermos. Numerosas fotografías colgadas en el templo testimonian sanaciones atribuidas a sus virtudes.

A lo largo de su historia, el barrio experimentó diversas denominaciones. Primero se le conoció como Lucas Ciab, en alusión al fundador que llegó desde Tepakán para establecerse en aquel suburbio y convertirse en su primer habitante. El 21 de marzo de 1956, al cumplirse el sesquicentenario del natalicio de Benito Juárez, el Ayuntamiento le impuso el nombre de colonia Benito Juárez. Sin embargo, tal como ha expresado en diferentes ocasiones Santiago Canto Sosa, el arraigo de la venerada imagen del Rosario de Fátima entre los habitantes fue determinante para que la identidad popular prevaleciera sobre las designaciones formales, demostrando que el patrimonio inmaterial de una comunidad reside en su propia voz.

Las festividades en honor a la patrona tejieron, a lo largo de los años, una tradición fastuosa que mantiene su reconocido prestigio en el Camino Real. Las vaquerías de concurso bajo un cielo cuajado de estrellas, los bailes hasta el amanecer al ritmo de danzones, mambos, chachachás y boleros interpretados por orquestas legendarias, así como las corridas de toros que estremecían los tendidos, se consolidaron como los pilares de una celebración que atraía a personas venidas de todos los rumbos de la región y del estado.

La celebración ha cambiado con el paso del tiempo, pero su esencia como verdadera verbena popular y símbolo de un barrio ha permanecido hasta la actualidad. En este 2026 se cumplen 74 años de aquella primera fiesta que inauguró una tradición entrañable, un hilo de continuidad que atraviesa el tiempo y une a los fundadores con los jóvenes que hoy pisan las mismas calles de tierra roja. La colonia Fátima, con su templo de mampostería, su pocito de aguas cristalinas, su salón social y su campo de pelota, sigue latiendo al ritmo de las vaquerías y las procesiones. Permanece fiel a una esencia que corre el peligro de desvanecerse si los herederos de esta memoria no asumen la responsabilidad de preservarla con el mismo fervor que animó a sus abuelos en aquel lejano mayo de 1952.

El convite de Fátima bajo el sol de Calkiní

La antigua tierra maya de Calkiní inició los preparativos de la feria tradicional con ese vapor denso que antecede a la fiesta. Eran las ocho de la mañana cuando los vecinos de la colonia Fátima preparaban el contingente que ese día recorrería la ciudad para invitar a la comunidad a formar parte de una tradición que se niega a apagarse.

El convite echó a andar con un estruendo de voladores que taladró el cielo despejado. Cuadra por cuadra, la comitiva llevó la fiesta a los hogares de la urbe, donde los habitantes aguardaban sentados en las puertas, atentos a los sones de la charanga. El convite representa una caminata que responde a un deber antiguo, heredado de generación en generación, consistente en visitar domicilio por domicilio para anunciar las fechas consagradas a la Virgen de Fátima. Se trata de una responsabilidad asumida por vecinos y organizadoras para mantener viva la magna celebración religiosa y popular. Quienes participaron en el convite recibieron donativos destinados a solventar las festividades y, junto con ellos, la jarra de agua fría, el refresco o el plato de comida que los propios habitantes ofrecían a los organizadores.

El termómetro alcanzó los 43 grados centígrados; las suelas de los zapatos resentían el asfalto reblandecido y el resplandor blanquecino borraba las siluetas al fondo de las calles. Entre el vapor caliente, las conversaciones giraban alrededor de una frase que actuaba como escudo contra el cansancio: “Todo por mi virgencita”. Hombres con la frente perlada de sudor continuaron el recorrido entre júbilo y algarabía. La charanga, imperturbable, lanzó sones que arrancaron aplausos y provocaron que algunos vecinos abandonaran sus sillas para bailar en plena vía pública. El tableteo intermitente de los voladores recordaba que el barrio entero se encontraba oficialmente en estado de fiesta.

Conforme avanzó la mañana, el recorrido se fragmentó en estaciones estratégicas donde el comité, encabezado por Pedro Francisco España May, detalló los pormenores de la cartelera. Las fechas quedaron definidas: del 13 al 19 de mayo de 2026, la colonia celebraría actos litúrgicos, una vaquería con el aroma inconfundible de la jarana, bailes populares y una corrida de toros que tendría como sede los tradicionales palcos artesanales. Los participantes del convite insistieron, ante cada grupo de vecinos que se arremolinaba bajo la sombra de algún flamboyán, en que la feria constituye uno de los principales cimientos de la identidad barrial, un punto donde la devoción mariana se enlaza con la convivencia familiar. Mientras hablaban, llegaban más personas con bolsas repletas de víveres, refrescos y cerveza para que el comité pudiera avanzar sin descanso; la generosidad fluía con la misma naturalidad con que los habitantes describían la protección de la Virgen hacia sus hijos.

El círculo se cerró diez horas después. La procesión regresó al punto exacto del que partió, cargada de donativos, de anécdotas recogidas en los umbrales y de esa fatiga satisfecha que deja la tarea colectiva cumplida. Las risas y los aplausos finales disolvieron la charanga en el ocaso, dejando sobre el pavimento caliente la certeza de que la tradición se había renovado un año más.

El inicio de las actividades dedicadas a la Virgen de Fátima resumió, sin discursos accesorios, el valor patrimonial que encarna el convite de la colonia Fátima. La conservación de esta práctica no radica únicamente en un afán folclórico decorativo, sino en la defensa de un mecanismo de cohesión que permite a los habitantes costear su propia celebración mediante la solidaridad puerta por puerta. Al recorrer las calles de Calkiní, el comité organizador activó un ciclo ceremonial que unió la fe religiosa con la responsabilidad compartida del festejo popular. Mientras existan vecinos dispuestos a soportar el castigo del sol para invitar personalmente a su comunidad, la feria patronal mantendrá su raíz genuina, ajena a la intermediación institucional y protegida por la voluntad de un barrio que se niega a dejar que se apague su música.

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Personajes de mi barrio de Fátima

María Verónica Uc, la sazón de la feria de Fátima

La luz de los cirios y el aroma del relleno negro envuelven la verbena popular de la colonia de Fátima durante la tradicional feria del barrio. En medio del bullicio, un puesto guarda décadas de historia y sabor: “Las Tres Marías”, cuyo nombre fue un regalo del grupo musical “Los Kassino” de Chucho Pinto, en honor a las hermanas que iniciaron este emprendimiento. Hoy, la única sobreviviente de aquella tríada, María Verónica Uc, sostiene la herencia familiar con la fuerza de sus 70 años.

Sentada bajo la sombra de su puesto de 10 metros, María Verónica recuerda sus inicios cuando apenas era una muchacha. El trajín comercial comenzó con sus hermanas María Magdalena y María Imelda, quienes desde los 13 y 14 años ofrecían refrescos naturales de piña, sandía, melón, mamey y papaya. Era una época en que los refrescos se batuqueaban a mano con madera, una tradición muy diferente a la actual, donde predominan las bebidas industrializadas. El puesto cambió con los años; las hermanas incorporaron los antojitos que forjaron la fama del lugar, trajeron a la feria los panuchos dorados y crujientes, empanadas, enchiladas, brazos de reina y el clásico pavo indio en relleno blanco y negro, un guiso muy distinto del pavo de granja.

“Aprende, lo que te estoy dando es comida en tu boca”, le repetían sus hermanas. Esa enseñanza marcó a María Verónica, quien vio en las enseñanzas una valiosa herencia que le duraría toda la vida. Aprendió a elaborar las tortillas para panucho y el frijol colado de manera artesanal, rechazando los productos de preparación instantánea. Su sazón la llevó a vender en las instituciones, escuelas, así como llevar pedidos especiales a clientes de otras comunidades. La gente busca a María porque identifica en su guiso la diferencia entre un panucho preparado como comida rápida y uno que truena al morderlo, que representa tradición e identidad. 

La memoria de doña María Verónica guarda estampas de la antigua Fátima, cuando la iglesia era pequeña y la multitud se apiñaba hasta el pozo. Su padre la cargaba entre la multitud para cuidarla, pues era la única hija mujer entre varones. Con una mezcla de picardía y nostalgia, cuenta cómo bailaba jarana luciendo su terno e hipil, cumpliendo el deseo de su madre de verla divertirse a la antigua usanza. También rememora la llegada del ferrocarril, cuando la gente pedía con entusiasmo los refrescos naturales que su padre transportaba, le vendía a los viajeros y visitantes de la feria bebidas de cebada, horchata y frutas de temporada. 

La devoción por la Virgen de Fátima es profunda. Con la voz quebrada, pero firme, relata el milagro que le salvó la vida hace cuatro años. Postrada en su hamaca, entre lágrimas, le suplicó a la Virgen que le permitiera volver a ver la feria. Sobrevivió a una operación que sus hermanos menores buscaron cómo solventar, razón por la que ahora se encuentra agradecida y firme en mantener la tradición. 

Con la partida de sus hermanas, la responsabilidad de mantener vivo el puesto cayó sobre ella. La tradición peligra; intenta enseñarle a su hermano los secretos del relleno, advirtiéndole que algún día recordaría esos sabores cuando ella ya no estuviera. Mientras tanto, María Verónica Uc continúa atendiendo a los devotos y visitantes que llegan a la feria, sirviendo platillos que guardan la profunda identidad del Camino Real. La cita con la historia y el paladar está abierta en Calkiní, donde la Virgen de Fátima recibe a todos con su manto de tradición.

El Chivito de los Teclados: legado musical de Fátima

La escena musical de Campeche tiene un nombre entrañable que resuena con fuerza en cada fiesta popular de la región. Óscar Pacheco, conocido por el público como “El Chivito de los Teclados”, ha construido una trayectoria artística profundamente ligada a la comunidad de Calkiní y a su barrio de Fátima, lugar que lo vio crecer y donde dará una nueva muestra de su talento en esta edición de la feria 2026.

Su vínculo con la música inició desde niño. Él sintió una atracción instintiva por los instrumentos, una inquietud que su padre, docente de profesión y guitarrista, supo encauzar al rodearlo de figuras formativas. Entre esas influencias se encuentran Benjamín Quiñones, oriundo de Bécal, y José Calán, a quien se refería como el hombre de los mil dedos por su sorprendente habilidad. En la Casa de la Cultura recibió también la guía del maestro Don Néstor, otro pilar en su desarrollo. Pacheco se define como un creador de naturaleza inquieta, alguien que disfruta explorar ritmos y sonidos para trasladar a quien lo escucha a experiencias sonoras diferentes.

Su debut en un escenario fue un 2 de febrero del año 2000, en la casa de uno de los vecinos del barrio, de apellido Naal, donde la agrupación amenizó una celebración por el Día de la Candelaria. El repertorio de aquella noche, todavía modesto, incluyó piezas imperecederas de Socios del Ritmo y los clásicos temas de El Pulpo y sus Teclados, melodías que sirvieron para plantar la semilla de lo que hoy es una carrera consolidada. Poco después llegaría la oportunidad de tocar en la feria de Fátima, en Calkiní, durante una tardeada; El Chivito confiesa haber sentido un pánico escénico intenso, un torbellino de nervios y emoción. Sin embargo, recibió el respaldo del pueblo, momento que recuerda con un cariño especial.

Óscar Pacheco se muestra abierto a la incorporación de herramientas como la inteligencia artificial. Considera que la modernidad tecnológica representa una oportunidad favorable para los músicos, siempre que exista una adaptación consciente. En su opinión, mantenerse actualizado ante la renovación constante de sonidos y tendencias forma parte de la esencia misma del oficio musical.

El artista participará en el Gran Bailazo programado para este 17 de mayo, como parte de la celebración por el 74 aniversario de la tradicional feria de Fátima. La velada contará con la presentación de El Chivito de los Teclados y la intervención del Grupo Vanguardia. La organización extiende una invitación abierta a residentes y visitantes de toda la península para sumarse a las actividades y disfrutar de la feria del Camino Real, donde la tradición y la música en vivo se convierten en los principales protagonistas de esta fiesta de barrio.

Don Manuel y la herencia del tablado

En el corazón de Calkiní, la feria tradicional de Fátima se erige cada año no solo como un encuentro de fe, sino como un prodigio de arquitectura colectiva que desaparece con la última oración. En su centro, los palcos artesanales, conocidos popularmente como tablados, configuran un paisaje cultural efímero que define la identidad de las comunidades mayas de la península. Don Manuel Canul Pech, palquero de la colonia Fátima, representa la generación que sostiene este conocimiento heredado mientras el estruendo de los voladores anuncia el inicio de la celebración popular más destacada de la ciudad.

Don Manuel recibió el oficio directamente de su finado padre, quien comenzó a tomar palco en la Fátima cuando él era apenas un niño que acompañaba a la familia a las corridas. Aquellos años transcurrieron entre las ferias de San Isidro en Nunkiní, Kilakán y Tepakán, comunidades donde la labor de los palqueros se desplegaba con una intensidad que el maestro recuerda como el sello distintivo de las ferias de antaño, cuando los tablados alcanzaban dimensiones que exigían el compromiso absoluto de quienes los levantaban. Con el tiempo, ambos se alejaron de la tradición, pero el destino los hizo retomar el trabajo hace siete años, convirtiéndose en una herencia que ahora comparte con su propio hijo, el único entre cinco hermanos que ha mostrado inclinación genuina por aprender los secretos del amarre y perpetuar la presencia familiar en el ruedo.

Desde la placita en el centro del barrio donde levanta el ruedo, el maestro palquero debe iniciar su labor con la búsqueda de la madera en el monte, una tarea que Don Manuel realiza él mismo con su hijo y amigos cercanos en jornadas que culminan al anochecer. Esta tradición constituye el auténtico sostén visual de la festividad religiosa. La construcción de un solo palco demora entre dos y tres días, siempre que se cuente con los materiales precisos y el ánimo dispuesto de los palqueros para el trabajo que se asume con espíritu convertido en promesa hacia la Virgen.

Los tablados se levantan siguiendo un sistema constructivo heredado de la casa maya vernácula, con horcones sembrados en la tierra, amarres con sogas de sosquil y cubiertas vegetales de huano que protegen a los asistentes del sol inclemente. La estructura, que se arma colectivamente porque la estabilidad de cada palco depende del contiguo, alberga durante los días festivos la convivencia familiar y la algarabía contenida de quienes comparten el gusto por conservar viva esta manifestación cultural.

En el interior del coso taurino la experiencia de los asistentes se convierte en una verbena popular; la faena brava cobra su ritmo característico con los primeros toros que saltan al ruedo entre el estallido de las hiladas y los gritos de la concurrencia, los vaqueros forcejean en las rejas disputándose la oportunidad de lazar al burel, y los toreros trazan pases con capotes humildes confeccionadas por manos familiares. A media corrida, cuando ya dos o tres astados han probado la destreza de los jinetes y la algarabía alcanza su punto más intenso, la procesión de la Virgen de Fátima irrumpe en el redondel para suspender momentáneamente el jolgorio taurino y transformar el espacio en un sitio sagrado.

Las andas que cargan los feligreses avanzan sobre la tierra removida del ruedo acompañadas por los acordes de un himno religioso que la charanga interpreta desde el palco de honor, mientras las campanas del templo parroquial repican anunciando que la patrona ha descendido para bendecir a toreros y vaqueros por igual. Don Manuel observa ese instante como la expresión más pura de una fe que no requiere altares para manifestarse, pues habita en las maderas recién cortadas que él mismo ayudó a sembrar y en el fervor de las familias congregadas que aplauden cuando la imagen inclina suavemente sus andas en señal de agradecimiento antes de retirarse para devolver el ruedo a la fiesta brava.

Al extinguirse los últimos compases de la fiesta patronal, comienza el desmontaje de lo que tantos días demandó levantar. Las maderas pueden emprender un segundo ciclo vital si alguna comunidad vecina, como Tepakán, extiende invitación formal para realizar su propia feria, eventualidad que permite reubicar los materiales todavía conservados en buen estado. Cuando esta posibilidad no se materializa, los troncos encuentran destino en labores domésticas o profesionales, como ocurre en el caso del propio Don Manuel, cuyo oficio de albañil aprovecha las piezas sobrantes convertidas en puntales para las construcciones que emprende a lo largo del año. El guano, por su parte, admite usos diversos que la creatividad campesina ha desarrollado durante siglos de convivencia con el entorno. Ningún recurso extraído del monte se desperdicia, pues los saberes tradicionales que sustentan esta arquitectura incorporan un principio implícito de aprovechamiento integral que honra los dones recibidos de la naturaleza.

La colonia Fátima cuenta actualmente con setenta y un palqueros registrados, cifra que habla de la vitalidad de una manifestación cultural que enfrenta constantemente los azotes de la modernidad. Los palqueros constituyen el eslabón activo de una cadena patrimonial que integra el conocimiento constructivo maya, la ritualidad católica y la organización comunitaria mediante gremios que financian la compra de toros, la contratación de vaqueros y la realización de las vaquerías nocturnas. La Feria de Fátima 2026 renueva así su convocatoria a los habitantes de toda la península, una celebración donde los palqueros transmiten a las generaciones venideras el valor del trabajo comunitario, el respeto por los recursos que el monte proporciona y la lealtad inquebrantable hacia una devoción que convierte las maderas en templo.

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Recuerdos de mi madre, Agustina Ku

Bimbo Urbex

Nunca podré desprender de la memoria aquellas tardes en que mi madre, Agustina Ku, se sentaba conmigo a desovillar los días de la feria de la colonia de Fátima, en Calkiní, mientras yo la escuchaba como quien oye una leyenda que le pertenece. En el barrio la llamaban “la Güera”, con una familiaridad que a mí me arrancaba una sonrisa cómplice, porque en el fondo sabía que ese apodo encerraba el temple de una mujer que había aprendido a ganarse cada trozo de dicha con el esfuerzo de sus manos. Frente a mí, su voz se encendía al evocar los preparativos de la celebración, y yo la veía transformarse cuando rememoraba a mi abuela, aquella curandera de la región que, antes del estallido de los festejos, le compraba sus alhajas y la ropa nueva con la que estrenaría la feria. Al narrarlo, mi madre acariciaba con la mirada un punto indefinido del aire, y yo sentía que en ese gesto aún guardaba la misma ilusión intacta de aquella muchacha que, durante un año entero, había esperado aquel instante.

A su lado aprendí que la festividad tenía un aroma y un sabor que la definían: el caldo de pavo. Ella me llevó a probarlo desde que yo era apenas un niño, y recuerdo la manera en que cerraba los ojos al dar el primer sorbo, como si cada gota de ese caldo humeante le devolviera una parte querida de su juventud. Comerlo juntos, en medio del bullicio de los puestos, era una costumbre que mi madre me inculcó con la naturalidad de quien transmite una herencia sin solemnidad, pero con una raíz profunda.

Hubo un relato que me contó y que me caló de una forma distinta, porque percibí en su tono una reserva que jamás terminó de despejar. Cierta noche, mientras afuera el pueblo se recogía en el silencio, mi madre me habló de un pozo. No me dio detalles precisos, ni yo los pedí; me bastó advertir el leve temblor de sus palabras para entender que aquel lugar custodiaba algún secreto resguardado en los pliegues de su juventud. Esa confidencia velada me estremeció entonces y, todavía hoy, al pasar cerca de los antiguos brocales del barrio, siento que algo de ella sigue allí, suspendido en el eco de lo que nunca terminó de decirme.

Con los años, fui testigo directo de la forma en que Agustina se abrió paso como comerciante dentro de la misma feria que tanto amaba. Ya no era yo un niño que escuchaba historias, sino un hijo que la veía instalarse al costado del ruedo artesanal de tres niveles, entre neveras, garrafones y sartenes, para ofrecer Coca-Cola, agua fría, shek de guaya y chicharrones recién hechos. Mi madre me llamaba entonces con esa energía tan suya, mezcla de ternura y urgencia, y me decía: “Vamos a freír chicharrones y tú los sellas con una vela, porque la feria ya venía”. Ese instante en que yo derramaba la cera caliente sobre las bolsas se convirtió en un rito compartido que anunciaba la proximidad de la fiesta y que nos unía en un quehacer humilde, pero cargado de sentido.

Otro recuerdo que compartí con mi madre, y que ella me entregó como quien tiende un puente hacia su pasado, fue el día de la gran lluvia. Me contaba —y yo reconstruía mentalmente cada escena— que una tarde, después de un aguacero torrencial, ella y su hermana Rosalía se asomaron a las calles anegadas de la feria. La visión que las recibió fue la de la rueda de la fortuna derribada, los puestos convertidos en islas desoladas y el agua adueñada de cada espacio que antes había sido fiesta. La corrida prevista para aquella jornada tuvo que suspenderse, y yo notaba cómo, al evocarlo, a mi madre se le humedecía la expresión y una sombra de tristeza le velaba las facciones, como si aquella tarde lluviosa le hubiera arrebatado una alegría que ya nunca pudo recuperar del todo.

Hoy que ella descansa en paz, recorro la colonia de Fátima y camino esta feria con la certeza silenciosa de que la sigo esperando. Y, al mismo tiempo, sé que la encuentro en cada puesto que aún huele a chicharrón, en cada nota de las canciones que tantas veces escuchamos juntos y en las risas que flotan entre la gente. He podido experimentar en carne propia aquello que Agustina me describió durante años y, al hacerlo, he sentido la bienvenida de todo un pueblo como un abrazo inmenso que me sostiene. La esencia y la fe de esta tradición no han perdido un ápice de su fuerza, y todo ello lo guardo en el pecho, unido para siempre al rostro de mi madre, a su voz y al recuerdo vivo de haber compartido con ella esta devoción que la Virgen de Fátima resguarda.

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Fotos: Harold Amábilis y Rafa Argáez

Agradecemos las imágenes históricas aportadas por el cronista de Calkiní, Santiago Canto Sosa y el historiador Andrés Jesús González Kantún

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