Harold Amábilis
CAMPECHE.- Hay fechas que en esta tierra no se celebran, pero que tampoco se olvidan, y el 6 de julio es una de ellas. Ese día, en 1685, la Villa de San Francisco de Campeche amaneció bajo el control de dos de los filibusteros más temidos del Golfo, Laurens de Graaf, apodado Lorencillo, y Michel de Grandmont, el caballero de Agramont. Antes de la ocupación, los vigías habían visto alejarse la flota enemiga y respiraron aliviados, convencidos de que el peligro se desvanecía en el horizonte; sin embargo, aquello fue un espejismo, puesto que las naves corrigieron el rumbo a la altura del paraje de Beque, donde hoy se ubica el Barrio de San Román, y aprovechando la oscuridad, desembarcaron sobre la playa a una fuerza de casi dos mil hombres armados. Lorencillo avanzó por la franja costera, mientras Agramont descendía desde la ruta de los montes, y mediante una estrategia de pinza, los piratas se cerraron sobre una población que jamás logró alcanzar a organizar una defensa articulada.
Los atacantes se adueñaron de un tercio de la villa durante la primera jornada y en los días siguientes extendieron su dominio hacia diversas posiciones estratégicas de la plaza. La mañana del domingo 8 de julio, el sonido de trompetas y chirimías anunció la caída de campeche, mientras mujeres y niños se apretujaban en la iglesia parroquial bajo la custodia del capitán Lázaro Canto. Las gestiones del gobernador yucateco Juan Bruno Téllez de Guzmán resultaron estériles, y la ocupación se prolongó por más de cuarenta días. En ese lapso los corsarios no se limitaron al saqueo del puerto, sino que incursionaron tierra adentro y arrasaron los pueblos de Multunchac, Ébula y Chiná, así como numerosas haciendas y milpas en un radio de cuatro leguas. La intención manifiesta de invernar en la villa, reforzando trincheras con palo de tinte, dejaba entrever que la codicia inmediata había dado paso a un proyecto de permanencia.
El ataque evidenció la fragilidad de San Francisco de Campeche, cuyo comercio y posición en el Golfo la volvían blanco constante de expediciones corsarias. La ocupación de Lorencillo y Grammont demostró que la villa requería una defensa permanente, y debido a lo anterior, en enero de 1686, pocos meses después de que los filibusteros se retiraran—derrotados en Hampolol el 28 de agosto —, comenzó la cimentación del sistema de fortificaciones que el ingeniero Martín de La Torre había propuesto años atrás. Aquel cinturón de piedra fue cerrando el perímetro hexagonal de la villa con ocho baluartes —San Carlos, La Soledad, San Francisco, San Juan, Santa Rosa, San Pedro, Santiago y San José— hasta alcanzar, hacia 1704, la configuración que redefinió la traza urbana.
La huella de Lorencillo y Grammont quedó grabada en la memoria colectiva, no como una gesta heroica, sino como un recordatorio de la fragilidad y la resiliencia de un pueblo que supo levantarse de sus cenizas. Campeche conmemora el suceso sin épica, porque sólo la memoria de lo que se perdió y se temió aquel verano permite entender las decisiones que terminaron por definir la ciudad que habitamos.

