Inosente Alcudia Sánchez
El tiempo se desploma detrás de ti como la roca de Sísifo que se te viene encima, de vuelta después de haberla llevado hasta la cumbre.
Corres.
En medio del mal sueño, intentas escapar del derrumbe, pero las piernas no responden, se vuelven de plastilina, la angustia te envenena el cuerpo.
Despiertas sofocado en la oscuridad de la madrugada, el corazón trepidante.
La casa duerme ajena a los peligros que preceden el amanecer.
En medio del silencio escuchas un coche lejano avanzar por las calles desiertas, malhumoradas.
Con el alma incendiada, piensas que has dedicado tu existencia a empujar la roca y a esquivarla en su vertiginoso descenso.
Has transitado altas planicies y, también, rutas empinadas.
En medio de duras tormentas o bajo el sol abrazador; aguijoneado por el frío o cobijado por la ternura primaveral, no dejaste de perseverar en subir la montaña, en mover la pesada piedra.
Ese es el pasado que en la duermevela miras ahora en perspectiva.
Es imaginario, dirían muchos, pero no lo es: los sueños son reflejos de la realidad, como las cenizas humeantes de viejos incendios.
La vida es síntesis de tiempo, amalgama de dolores y felicidades, de alegrías estridentes y aflicciones silenciosas, de emociones que todavía te estremecen bajo las sábanas al despertar de la pesadilla.
El ayer viene desde lejos, como huracán que acumula fuerzas, hasta llegar al hoy convertido en avalancha.
Cada día demanda fuerza y ánimo para mover la piedra, para enfrentar los desafíos del presente, no los del pasado, aunque desde allá provengan.
Y el futuro está más allá de la neblina que cubre la cumbre de la montaña.
Por eso el porvenir rueda también con la roca que vuelve contra nosotros. Pero, el futuro no viene solo y la piedra se ha hecho más pesada: se ha cargado de experiencias, de madrugadas y atardeceres, de rostros y nombres, de sonrisas y lágrimas, de canciones y silencios, de soledades y fiestas.
Viene la roca tras de ti. Es más maciza que nunca. No sabes si podrás detenerla y, menos aún, si conseguirás empujarla de regreso a la cumbre.
Ahora no sientes ansiedad ni nostalgia.
Observas a la piedra descender otra vez. No es un sueño y tampoco tienes a dónde hacerte para esquivarla. En efecto, el presente es un amasijo brutal que retumba como un alud inevitable.
La claridad comienza a filtrarse por la ventana. Con el amanecer te reinventas y el cobarde que eres se asume valiente.
Saldrás a dar la batalla, resistirás el día sabiendo que todo está como debe ser, que en el absurdo orden de las cosas todo tiene su lugar, que eres peón en la infinitud de movimientos de una partida de ajedrez que, acaso, nunca llegues a comprender.
No has podido dormir muy bien, pero confías en tener una buena jornada.
Sísifo, seguro la tuvo.


