17 marzo, 2026

La zopilotera más grande del mundo – Desde El Rincón 

Inosente Alcudia Sánchez

—Seguro la picó una maldita nahuyaca —dijo Benjamín, dando por hecho que se trataba de una vaca muerta.

El remolino altísimo de zopilotes se alzaba hasta casi rozar las nubes grises de aquella mañana todavía húmeda por el rocío de la madrugada. Era abril y estaban secas las camperías arenosas que se extendían entre el Maluco y Bajadas Grandes.

Los dos hombres —jóvenes, recién entrados en la adolescencia— avanzaban al ritmo del trote de sus caballos. Iban por las reses semisalvajes que habían parido en el último mes, para arrearlas a los potreros de ordeña. En esas incursiones casi siempre aparecía algún animal muerto y las zopiloteras no eran extrañas en las vastas planicies donde el ganado pastaba y se reproducía sin más cuidado que el que le brindaba la propia naturaleza.

Conforme se acercaban a la isla de monte sobre la que giraban los pájaros, notaron que los árboles negreaban de carroñeros que habían ganado lugar cerca del festín.

—Que lo parió —exclamó Chepe, sorprendido—. Nunca había visto tanto pinche chombo junto.

—Vamos a ver qué animal se van a almorzar esos cabrones. Seguro es alguna vaca pendeja —respondió Benjamín.

…..

Los vaqueros no tardaron en descubrir el motivo que reunía a tanto pájaro.

—¡Que lo parió! ¿Qué madre es eso? —soltó Chepe, mientras intentaba tranquilizar el nerviosismo de su caballo, alterado por la multitud de aves.

—Pos un colgado, coño. Ni modos que sea una piñata —respondió Benjamín, queriéndose hacer el valiente.

Los caballos resistieron a acercarse y, desde lejos, intentaron infructuosamente encontrar algún rasgo conocido en el cadáver que se bamboleaba empujado por la brisa.

…..

La imagen era parte de la cotidianidad en aquellos tenamastales que se extendían a la vista, inacabables, como pantanos de arena, donde los ganaderos soltaban sus reses para que sobrevivieran meses y años a la buena de Dios, en lo que los novillos alcanzaban el peso de embarque y las novillonas y las vacas se preñaban.

En aquellas sabanas solitarias, los animales padecían la amenaza constante del hambre de los tigres, del veneno de una decena de variedades de serpientes y de la ambición de criminales que aprovechaban la lejanía de los caseríos para descuartizar una res o llevarse varias de las que andaban mostrencas, sin la marca de hierro de su propietario.

Los ganaderos tenían respuestas para estos peligros: durante la temporada de sequía organizaban grandes cacerías para capturar o ahuyentar a los felinos; y en la temporada de lluvias, cuando los ríos se desbordaban anegando las planicies de la campería, dotaban a los ejidatarios de escopetas y rifles para que se ganaran el jornal matando las culebras venenosas que se resguardaban de la creciente en las ramas de los árboles.

En cuanto a los robavacas, junto con la Montada —como se conocía a la policía rural que recorría a caballo los caminos reales, imponiendo orden y justicia a discrecionalidad— los terratenientes hacían redadas para limpiar la región de cuatreros y abigeos. No fueron pocos los inocentes que, por venganza o malos entendidos, perdieron la vida en aquellas batidas donde el acusado era capturado y juzgado en la indefensión y en la intemperie legal.

Si los rancheros “convencían” a los policías de la culpabilidad del acusado, la condena era proporcional a la gravedad del delito presuntamente cometido y, en esos años, el más castigado era el robo de ganado: en el árbol más cercano se colgaba del cuello al condenado y ahí quedaba, meciéndose al viento, a la espera de que sus familiares o algún alma caritativa y valiente se atreviera a descolgar el cuerpo antes de que los zopilotes comenzaran a sacarle los ojos y a abrirle la panza.

…..

—Está feo el diantre, cabrón —soltó Chepe nomás para hacerse el valiente.

—¿Y cuándo has visto un muerto bonito, coño? —respondió Benjamín.

El eco de su voz le hizo advertir que algo no encajaba en la escena: había una quietud brutal que sólo era rota por el respirar agitado de los caballos. Los pájaros estaban quietos y en silencio, mostrando una calma desconocida. Como un apretado público sentado en sus butacas, las aves tenían fijas sus miradas en el cuerpo colgante y ni graznaban, ni se picoteaban, ni se movían. Únicamente miraban.

—Vámonos, coño, esta madre da miedo —dijo Benjamín, y emprendieron el galope de regreso al caserío.

…..

Avanzada la tarde volvieron los vaqueros acompañados por los comisarios ejidal y municipal, el profesor, una rezadora y dos o tres chismosos que se sumaron a la caravana al escuchar la historia de la zopilotada en duelo. Al llegar, los chombos ya no giraban en el aire; los que no hallaron sitio en las ramas se apostaron a ras de suelo, formando una barrera que impedía acercarse al colgado. El silencio seguía siendo el mismo: profundo, inexplicable.

—¡Ave María Purísima! —se persignó la rezadora.

Los zopilotes no se movieron ante la cercanía de la gente y, al contrario, picotearon las patas de los caballos que, azuzados por sus jinetes, intentaron acercarse al cuerpo. El profesor consiguió ubicarse en un punto desde donde alcanzó a ver el rostro del muerto: la luz amarilla de la tarde le permitió observar los ojos cerrados, la cara limpia de rictus de dolor, la frente grande y lisa, sin los surcos de la edad ni del sol, los labios delgados, la nariz afilada, la barba blanca de hombre sabio, los hombros caídos. Más que de un ahorcado, el cuerpo emanaba el hálito de alguien que descansaba.

—Es mi tío Procopio… el tío Poco —dijo el profesor, con calma, como si no quisiera romper la paz que reinaba en el lugar.

También notó que el hombre colgaba de una rama delgada que, sin siquiera doblarse, aguantaba la levedad de sus huesos y de sus pocas carnes. El cuerpo le pareció pequeñito, como si la muerte le hubiera quitado tamaño y peso.

—Puta madre, coño —murmuró Benjamín.

—Cállate, pendejo, ¿no ves que está rezando la señora? —lo reprendió Chepe.

…..

No hubo manera de espantar a los chombos. Intentaron echarles los caballos encima, pero los carroñeros apretaron su caterva y repelieron el avance a fuerza de picotazos. En un último intento por romper la muralla emplumada, el comisario municipal desenfundó su pistola, dispuesto a abrirse paso a balazos.

—No es necesario que gastes tus balas por un muerto, comisario —dijo el profesor, sin alzar la voz.

Se acomodó el sombrero.

—Se ve que el tío Poco escogió bien dónde colgar sus huesos. Yo soy su único familiar en quién sabe cuántas leguas y les pido, sobre todo a ustedes que mandan, que respetemos su última voluntad.

Hizo una pausa breve y acarició la crin de su caballo, como para darle naturalidad a sus palabras.

—De todos modos, no creo que haya mucha diferencia entre que se lo coman los chombos o los gusanos. Además, aquí no hay delito: nomás la prueba de que un hombre se cansó de tanta vida y tomó su decisión. El tío era gente buena, y quien lo trató lo sabe.

Volvió a acomodarse el sombrero, escupió el bocado de tabaco que le amargaba la voz y concluyó.

—Dejemos que el monte haga lo suyo. Y aunque el tío no creía en estas cosas, se agradecen los rezos, doña Chonita.

En el fondo, a todos les pareció conveniente la propuesta que ofreció el profesor y nadie cuestionó sus palabras. Antes de que anocheciera, después de que la señora concluyó los rezos, emprendieron el regreso a sus casas, convencidos de haber tomado la mejor decisión posible, aunque asombrados por el espectáculo de los cientos —¿o miles?— de aves congregadas en una inusitada actitud marcial.

…..

El chisme de la zopilotera más grande del mundo se esparció como reguero de pólvora por los caseríos de la comarca tepetiteca, inundando de incredulidad las tierras altas y bajas del Tepetitán. Llegaba gente de todos lados para atestiguar aquel desfiguro de la naturaleza que algunos tomaban por milagro y otros por anuncio del fin de los tiempos.

Ese año las lluvias tardaron en caer y los ríos no se desbordaron sino hasta mediados de octubre, de modo que los curiosos podían llegar a caballo o a pie. Chepe y Benjamín suspendieron las faenas de la vaquería y se dedicaron al negocio de guiar a los visitantes que casi a diario aparecían para ver al ahorcado y a los chombos que lo custodiaban.

La zopilotera duró meses. Los carroñeros no se comieron al tío Poco y su cuerpo tampoco se pudrió, como ocurre con la mayoría de los mortales. Se quedó tal como lo hallaron: bien muerto, con el pelo y las uñas creciendo, cada vez más flaco, vistiéndose del verdín que cubre los troncos.

…..

Primero el cuerpo enverdeció y lo poblaron mariposas; después los bejucos lo fueron envolviendo hasta inmovilizarlo, y una mañana lo encontraron a todo florear. Un picaflor hizo su nido entre lo que habían sido sus barbas y, a fuerza de costumbre, el colgado se volvió vara, luego carne de madera, hasta convertirse en un tronco decente que no desentona entre los árboles de la campería.

No hay registro del día en que, para desgracia de Chepe y Benjamín, los chombos se fueron.

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