José Juan Cervera
El impulso cabal de un crítico literario se sustenta en mantener afinadas sus aptitudes creativas, aunque las haga más visibles en otros géneros que reclaman –de manera paralela– su intervención escrita, si bien a los ojos de algunos no sea más que un desterrado del reino de las musas, como si el ejercicio del criterio transitara en caminos que no comunican con las realizaciones estéticas. Pero las simplificaciones siempre se desligan de una realidad cuya riqueza no alcanzan a mirar los artífices de ellas desde sus frágiles parapetos. La vida fluye ajena a fórmulas manidas y prejuicios inmovilizadores. La tendencia a desarticular nexos significativos entre sustancia y forma es oscura y contraproducente.
La ponderación, la audacia en explorar nuevos derroteros de pensamiento, el análisis y la síntesis que mueven los procesos dialécticos se hacen presentes en figuras que marcan la época en que viven. Así, por ejemplo, Emmanuel Carballo fue un crítico que con su labor rubricó muchas décadas en la historia reciente del país, En el siglo XIX hubo varios que honraron las letras mexicanas. Uno de ellos fue Francisco Gómez Flores.
Francisco Gómez Flores (1856-1892) hizo de su vida intelectual amalgama y reflejo de sus inquietudes políticas en su apasionado propósito de abrir cauces al mejoramiento social. Nacido en la capital de la república, desde pequeño fue llevado a Sinaloa, en donde desempeñó cargos públicos como diputado, ministro de justicia y regidor del Ayuntamiento de Mazatlán. Javier Gaxiola lo considera “el verdadero propagador y fundador del periodismo” en ese estado. Fue catedrático en la Escuela Normal de México.
Juan de Dios Peza encomió el acierto de sus juicios, lo mismo que la pulcritud y la belleza de sus escritos, tal como lo hace ver cuando comenta uno de sus libros: “El estilo siempre es galano porque es de Gómez Flores y ya he dicho, desde hace varios años, que cincela las frases, que construye filigranas de lenguaje y en verdad que lo admirable de su pluma es que no decaiga ni se fatigue en la polémica ni en las disertaciones históricas”.
Algunas obras suyas llevan por título Bocetos literarios; Humorismo y crítica. Monólogos de Merlín y Narraciones y caprichos. Apuntamientos de un viandante. Su nombre se enlaza con los de dos notables escritores yucatecos, ambos dramaturgos y poetas, ya que escribió prólogos para libros suyos: José Peón Contreras y Antonio Cisneros Cámara: Romances históricos mexicanos, del primero de ellos, y del segundo un poemario que permaneció inédito.
Acerca de Peón Contreras, Gómez Flores aseguró que fue el auténtico creador del teatro mexicano, el más genuino de sus representantes por encarnar el impulso revitalizador que significó su pluma en este campo. De Cisneros Cámara destacó su destreza en la versificación, su versatilidad en el empleo de metros diversos en sus composiciones y, en general, la gallardía de su lenguaje poético, añadiendo que “vale más como lírico que como dramático, aunque en uno y en otro terreno sea poeta de estimación y crédito”. Otro hecho que lo vincula con Cisneros Cámara fue el haber coincidido con su hermano Adolfo en el Primer Congreso Pedagógico Nacional, de 1889, apoyando con su voto las iniciativas del delegado que representó a Yucatán.
Gómez Flores tuvo plena conciencia de la responsabilidad que entraña la labor del crítico para allanar camino al florecimiento de la literatura nacional, a la vez que consideró errónea la pretensión de desligar las expresiones del arte de las demás actividades que dan vida y movimiento a una sociedad. Estas reflexiones siguen vigentes porque las inercias que agobian a las letras patrias son las mismas que opacan el sentido del acto creador como realidad unitaria.


