16 abril, 2026

Los Huay Chivos vs. los Therian… – Así nos vemos

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Edgar Prz

Hace algunos años, no muchos, cuando atravesaba mi infancia y alcanzaba la pubertad, escuchaba historias, cuentos y profecías de personas adultas, vecinos o clientes que venían a comprar a la tienda de mi padre; otros llegaban a jugar billar y se desplayaban contando anécdotas, chismes y toda clase de relatos que surgían en los confines del pueblo.

Generalmente eran señores los que ponían los temas sobre la mesa. Escuché por vez primera la existencia del Huay Chivo (chivo brujo), del Huay Pek (perro brujo). Eran cuentos cortos, pero uno, como adolescente, les prestaba atención y con cierto sigilo los escuchaba.

Decían que en la madrugada, a la luz de la luna, un carpintero del pueblo se transformaba en Huay Chivo y salía a las pocas calles a correr espantando a la gente. No se recomendaba verlo, ya que toda su maldad podría caer sobre uno. Brincaba albarradas, se metía en los patios y mataba gallinas, ganado; destrozaba gallineros, corrales, los arbolitos que los circundaban; en fin, hacía un desastre y luego huía. Ese era su peregrinar toda la noche; antes del amanecer regresaba a su casa y se volvía a transformar en ser humano.

Desde esa época se usaba la transformación, palabra muy socorrida ahora por un partido político, pero que no es de su autoría.

El Huay Chivo era atacado en ocasiones al hacer su aparición; no faltaba algún valiente o borracho que lo apedreara y correteara. Se desplazaba igual que los chivos: tenía cascos, pelo, cola, rostro de animal y brincaba con extrema facilidad; por eso era difícil alcanzarlo y agarrarlo. En ocasiones las pedradas que recibía lo sangraban y se escapaba. Algunos decían que al otro día la persona que se transformaba lucía golpes, moretones y se excusaba diciendo que se había caído.

Todo el pueblo sabía de su existencia y eso, en los jóvenes de esa época, generaba temor de pasar en la noche por el domicilio del brujo.

Así fueron transcurriendo los años en los pueblos. Todos se acuerdan de quién fue el primer director de la escuela, quién fue el primer policía, el zapatero, la primera pillita, el primer afeminado, el galán; en fin, la boutique completa. Por eso causa risa ver que actualmente los jóvenes, para estar a la moda, copian patrones tóxicos de las redes sociales y creen ser los primeros descubridores. La historia ya existía antes que ellos y, por desconocerla, se denigran.

Los llamados Therian —término que proviene del griego “therion”, que significa bestia salvaje o animal— son personas que se identifican con un animal, generalmente gatos, zorros, perros o lobos, ya sea de manera espiritual, emocional o psicológica. Buscan imitar su comportamiento y apariencia. Usan máscaras, guantes, orejas, colas y demás accesorios.

Estas actitudes son, para muchos, síntomas de degradación de la sociedad; andan en búsqueda de trivialidades pueriles para darse a notar. Lo cierto es que su presencia causa molestia y desconcierto, dando a pensar que presentan indicios de problemas de salud mental.

La autoridad debe intervenir, no para reprimirlos, sino para orientarlos: nuestra sociedad no requiere ese tipo de pasatiempos, distractores u ocupaciones de tiempo. Se necesita una juventud comprometida con su entorno social, que se distinga por plantear soluciones a los enormes problemas que les estamos heredando; que se preparen, se capaciten, que vean a la educación como su palanca liberadora y su pasaporte al desarrollo y a la estabilidad mental y emocional.

Hay un vacío en ese sector y la juventud, en su afán de abandonar la orfandad, copia modelos, actitudes, poses y modas de otras latitudes.

En los pueblos, eso de sentirse animalitos es un fenómeno social de muchos años atrás. Cuando alguien empieza a volverse más femenino, tiene preferencia por la costura, el corte de cabello, la cocina, manicure, pedicure, raspado de carcañal, de inmediato le ponen el mote de “perrita” y hasta se cambian el nombre: de Manuel pasan a Jessica, de Jesús a Priscila, de Beto a Sheila, algo rimbombante. Y se veía con cierta normalidad: son perritas de alto registro, con “pedigree”; existen también las simplonas, las pobretonas, las perritas de patio, la ix Salomé, ix Lupe, ix Bertha, ix Toña; de todo hay un poco.

No como ahora, que las perritas quieren andar en cuatro patas, disfrazadas, agresivas, ruidosas, enmascaradas, y eso puede al final resultar peligroso; recordemos los asaltos y robos que se cometen por personas disfrazadas de payasos. Sus atuendos y vestuarios los harían difíciles de reconocer.

¿Hasta dónde llegará la sociedad?, ¿qué otras cosas veremos?, diría el Mío Cid.

Mejor seguiré caminando y cantando: “Las rosas decían que eras mía y un gato me hacía compañía. Desde que me dejaste yo no sé por qué la ventana es más grande sin tu amor. El gato que está en nuestro cielo no va a volver a casa si no estás…”

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