14 mayo, 2026

Los Juegos de Pelota del Mundo II: Los orígenes del fútbol moderno – LA COVACHA DEL AJ MEN

Claudio Obregón Clairin

Football

Retomando la serie sobre Los Juegos de Pelota en el Mundo, ahora hablaremos sobre los orígenes ingleses del football, su relación con la masonería y el significado profundo de festejar un gol…

Textos clásicos del siglo III describen a las huestes inglesas celebrando su victoria sobre las hordas danesas con una eufórica sesión de juegos de pateo de pelota. Para la ocasión, se usó una pelota muy particular: la cabeza cercenada del líder invasor. Este evento habría sido la génesis —un tanto cruel— del “moob football”.

Entre los siglos VII y XIX, el “mob football” (fútbol de muchedumbre) se popularizó en las islas británicas. La pelota era elaborada con cueros y tripas de animales domésticos. La “cancha” era enorme: dos aldeas comenzaban el juego en un punto neutral y el propósito era transportar el balón a la plaza o mercado principal del villorrio rival. 

En ocasiones, la disputa se llevaba a cabo en una misma ciudad, entre dos barrios vecinos. Miles de individuos participaban en cada partido. 

Las reglas eran escasísimas. Entre las pocas cosas que excluían se encontraba “el asesinato voluntario”. Los habitantes de los pueblos debían levantar barricadas alrededor de sus casas para proteger sus propiedades y a sus seres queridos. Las autoridades eclesiásticas de la época deploraban el juego, aunque no por su violencia sino por prejuicios metafísicos; en él, se escondía un ritual pagano: el balón, frenéticamente conducido por calzadas y campos de labranza, representaba al Sol, y tenía que ser conquistado a toda costa, ya que su captura (precursora del moderno gol) aseguraba buenas cosechas para el bando ganador e inciertas recolecciones para el bando perdedor.

Mob Football

En el año 1314, el Rey Eduardo II publicó un edicto que prohibía la práctica del mob football, nadie le hizo caso. Su hijo Eduardo III decretó una medida similar y también fue infructuosa. Ricardo II, Enrique IV, Enrique VI y Jaime III, engrosaron el catálogo de reyes ingleses que intentaron prohibir este deporte, sin conseguirlo.

Tras su éxito en las islas británicas, el “mob football” se extendió por diversas regiones de Europa: de tumulto en tumulto, de gresca en gresca, fue sumando adeptos y reformadores. 

A finales del siglo XVI, en la ciudad italiana de Florencia, apareció el primer intento serio por domesticar esta práctica: se trataba de un esfuerzo civilizador que estaba imbuido del espíritu racionalista y científico —propio del Renacimiento— que empezaba a imperar en esa época. De tal suerte, surgió el Calcio Florentino.

Calcio Fiorentino

Las primeras reglas de este deporte fueron oficializadas en 1580. Una de sus mayores novedades fue el hecho de imponer un límite al número de jugadores –veintisiete por equipo. El objetivo del juego era sumar más puntos que el equipo rival. Las dimensiones de la cancha eran similares a las del fútbol actual, pero se cubría de arena en lugar de pasto. La pelota debía ser introducida en unas plataformas con agujeros colocados a ambos extremos del campo de juego. 

Para transportar el balón podían usarse, de manera indistinta, manos o pies. Por cada tiro acertado se obtenían 2 puntos, pero por cada intento errado, se sumaba medio punto al equipo rival. El encuentro duraba 50 minutos y era supervisado por ocho árbitros.

Calcio Fiorentino

Transcurrieron décadas, siglos. Declinaron viejos imperios, surgieron otros. En todo el orbe, antiguas monarquías se transformaron en repúblicas. Colonias y Protectorados devinieron en naciones independientes; grandes sistemas religiosos surgieron o sucumbieron; el pensamiento racional, científico, se enseñoreó el ambiente intelectual, desplazando a la vieja hegemonía de filósofos y teólogos. 

Incólumes, los juegos de pelota sobrevivieron a tales avatares.

En Inglaterra, a mediados del siglo XIX, se dieron los primeros pasos para unificar todos los códigos o reglamentos de football. No fue un proceso tranquilo y no estuvo exento de facciones, disputas y divergencias. De tales encuentros y desencuentros, surgirían, con el paso del tiempo y en distintos países, las reglas de deportes que aún hoy están en boga: el rugby, el footballl americano, el football australiano, el football canadiense, el lacrosse, el hockey en sus diversas superficies, y por supuesto, el deporte más popular del planeta en la actualidad, el fútbol o soccer.

En 1848, dos alumnos de la Universidad de Cambridge, Henry de Winton y John Charles Thring, se reunieron con estudiantes de otras escuelas para redactar un código futbolero. Las reglas de aquel Código Cambridge se asemejan mucho al fútbol actual. Un punto básico de tal reglamento fue la prohibición expresa de transportar el balón con las manos. El objetivo del juego era el de hacer pasar la esférica entre dos postes verticales, justo por debajo de una cinta que los unía. El equipo que marcaba más goles era el ganador. A partir de ese momento, el fútbol entró en el terreno de la racionalidad jurídica, dejando atrás su turbulento pasado de reyertas callejeras y turbas enardecidas. 

En 1857, un código —el Sheffield— adoptó nuevas reglas, tales como los tiros libres, los corners y los saques de banda. La leve cinta atada a los dos postes verticales fue sustituida por un travesaño rígido, dando lugar a las modernas porterías.

Si bien, con estas unificaciones se lograron extraordinarios avances para reglamentar y racionalizar el juego, el código considerado como definitivo para la creación del fútbol moderno fue el suscrito el 8 de diciembre de 1863, en la “Taberna de los Masones” de la calle Queen Elizabeth de Londres. En tal documento, se aprobaron dos puntos fundamentales: la limitación del número de jugadores a 11 por equipo y la eliminación de los tackles, o golpes propinados al cuerpo del jugador, los cuales, de ahí en adelante, pasarían a sancionarse como faltas.

De la masonería, el fútbol recogió el espíritu universalista de igualdad y fraternidad sin distingos de nacionalidad, raza, ideología o religión: de allí que la violencia física en este juego esté severamente penalizada, al contrario de otros deportes como el football americano y el rugby.

Algunas personas consideran que el football está numéricamente relacionado con la masonería y comentan que el número de jugadores —once— fue tomado del diagrama básico de la cábala hebrea, cuyo estudio no es ajeno a los masones. El mismo está compuesto por diez esferas visibles (llamadas sefirot) y una esfera invisible (Daath, el conocimiento): cada una de ellas estaría representada en los once jugadores que componen un equipo; de igual forma, tales esferas están unidas por 22 enigmáticos senderos de esclarecimiento espiritual (el mismo número de jugadores que hay en un encuentro de fútbol).

Cada esfera representa diferentes niveles en el proceso de compresión de Dios, de menor a mayor. De acuerdo con este antiguo sistema de creencia, la persona iluminada, que entra en comunión con el Creador, ha transitado desde la esfera más terrenal y densa de percepción (Malkuth) hasta la más sutil y espiritual (Kether), así como el balón debe ser trasladado desde una portería a otra para ser convertido en gol.

El pensador mexicano Alejandro Huizinga ha escrito: ”la cultura brota del juego –una actividad tan antigua como el alimentarse o cazar- porque dota a los seres humanos de reglas que rigen su comportamiento individual y colectivo, de valores éticos y trascendentes. En el caso de los juegos de pelota, en sus más disímiles variantes, el ser humano ha intentado reproducir las leyes del orden cósmico en las amenas conflagraciones del deporte”. 

Para quienes disfrutamos de su práctica, su contemplación o ambas, el instantáneo momento de acariciar el nirvana con un ¡¡¡goooooooool!!! Llena de sobrenatural e inexplicable regocijo al rutinario tránsito de nuestra cotidianidad, confirma nuestra tendencia a la pertenencia a un grupo, clan, barrio, país y permite que nuestra animalia celebre la satisfacción de sentirnos sobrevivientes cuando con nuestra voluntad logramos un triunfo…

Por un instante, en ese irrefrenable grito de júbilo, quedan abolidos el tiempo, el pasado, el pensamiento y cualquier rastro de pesadumbre: todo se vuelve intenso, gozoso, presente, disfrutable estallido en el que sólo tiene cabida el más profundo sentido del deleite.

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