Claudio Obregón Clairin
Las primeras naciones de Norteamérica practicaron diferentes juegos de pelota, uno de ellos fue el “Pasuckuakohowog”, complejo vocablo que significa gente que se reúne para jugar con la pelota al pie.
De manera simultánea, más de un millar de personas se involucraban en la práctica de este rudo, peligroso juego de pelota que además contaba con escasas reglas.
Los contendientes usaban estrafalarios ornamentos y pintaban sus cuerpos con símbolos de guerra. Era común que los juegos duraran varios días, y que al final de los partidos se celebrara con festines.
Otro juego de pelota multitudinario de Norteamérica fue el Choctaw, practicado por los Sioux como se representa en esta pintura del s. XIX, realizada por el pintor y antropólogo Jorge Catlin. Se utilizaban unos bastones, lo jugaban también las mujeres y es muy semejante al deporte canadiense “Lacrosse”.

Choctaw juego de pelota sioux, pintura de Jorge Catlin

Choctaw juego de pelota sioux, practicado por mujeres, pintura de Jorge Catlin.
Los Inuits —mal llamados esquimales— practicaron el juego de pelota Aqsatuq en el que los jugadores pateaban una pelota manufacturada con cuero de foca rellenada con musgo, plumas, virutas de madera y pelo.
Antes de iniciar el partido acostumbraban realizar emotivas batallas de canto para desconcentrar a los adversarios; nombraban a sus equipos con apelativos de aves boreales, los más célebres eran los ptarmigans (una variedad de gallo salvaje) quienes se enfrentaban a los long-tail (que es una ave marina).
La longitud de la cancha era enorme y los abuelos inuits contaban que las porterías se colocaban a la entrada de sus pueblos y que hubo casos en los que el terreno de juego midió 20 kilómetros. Cuando concluían los partidos, se reunían para celebrar y convivir en el iglú comunal llamado qaggi.
En esta pintura de finales del siglo XIX de Maurice Potter vemos cómo se practicaba el Juego de Pelota con bastones árabes llamado Koura. Los bastones eran de madera y la pelota de hojas de palmas entrelazadas.

Koura, juego de pelota árabe, pintura Maurice Potter
El Episkyros fue el juego de pelota de los griegos. El balón estaba fabricado de lino, cabellos envueltos y no rebotaba. Algunos balones fueron manufacturados con vejigas infladas de cerdo y envueltos en un cuero apretado.
El juego era practicado entre dos equipos integrados usualmente por 12 o 14 jugadores desnudos por bando y las reglas permitían usar las manos.
Esparta fue una ciudad griega caracterizada por su disciplina militar, consecuentemente, el Episkyros fue más violento que en el resto de las ciudades helénicas y se celebraba durante el festival anual de la ciudad y que incluía a cinco equipos de 14 jugadores cada uno.
Los equipos intentaban lanzar el balón sobre las cabezas del otro equipo. Existía una línea blanca a la mitad de la cancha y otra detrás de cada equipo. Los jugadores peloteaban hasta que uno de los dos era forzado a ir hasta el final de su línea de fondo (muy semejante al Ulama que se practicó en Mesoamérica y aún se practica en el Occidente de México).
Al principio, el Episkyros fue jugado sólo por los hombres, posteriormente las mujeres también lo jugaron. Los griegos idearon una pelota sin relleno desde el siglo III a.n.e.
Desde el año 300, los Japoneses han practicado un juego con una pelota llamado Kemari (también conocido como Kenatt). Se practicaba con ocho personas y un balón de cuero de venado relleno con aserrín, con un diámetro de 25 centímetros.
Los jugadores evitaban que el balón tocara el suelo haciendo malabares con sus pies y realizando pases de uno a otro jugador.
El campo de juego para el Kemari era llamado Kikutsubo. Por tradición, es de forma rectangular con un árbol plantado en cada esquina (la versión clásica muestra cuatro árboles diferentes: cerezo, arce, sauce y pino), lo que nos remite a la percepción cuatripartita del espacio horizontal de las sociedades primigenias del mundo.
Cuando se patea el balón hacia arriba, el jugador debe decir “¡ariyaaa!” (allá va) y “¡ari!” (acá) cuando se la pasa a alguien más. Está tradición revela la importancia de acompañar con la palabra a la acción y de esta manera evidenciar la intención.
Del siglo X al XVI fue la edad de oro para el Kemari. El juego se extendió a las clases bajas y se convirtió en la inspiración para poetas y escritores de historias.
Una anécdota japonesa afirma que un emperador, con la ayuda de su equipo, dominó un balón en el aire por 1000 puntapiés. Los poetas aseguraron que el balón “parecía suspendido, colgado del cielo”.
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