En Yucatán, la expansión de las plataformas digitales, la proliferación de máquinas tragamonedas y la escasa regulación impulsan un trastorno que deja graves secuelas económicas, emocionales y familiares, mientras una industria multimillonaria continúa creciendo
Eduardo May
Lo último que hizo doña Bertha fue llevar los pocos recursos que aún conservaba al mismo lugar donde se lo habían quitado todo. Meses antes había perdido su patrimonio entero: una propiedad, un terreno y varias joyas heredadas, además de otras adquiridas con el esfuerzo de toda una vida. Dona Bertha era ludópata y dejó miles de pesos en los casinos ubicados en la frontera de Chetumal, en la zona libre de Belice.
Después de perderlo todo, y tras la última frustración, decidió quitarse la vida. Ya no tenía nada. Había sido despojada de todo lo que había alcanzado e incluso gastó los pequeños ahorros que sus hijos le entregaron con la esperanza de ayudarla a recuperarse. Casos como el suyo reflejan una problemática que, de acuerdo con la Secretaría de Salud federal, afecta a cerca de 40 mil personas en la Península de Yucatán.
Los juegos de azar existen en la región desde tiempos remotos. Registros históricos documentan su presencia desde la llegada de los españoles. Sin embargo, las apuestas actuales poco tienen que ver con aquellas prácticas. Hoy predominan sistemas automatizados operados mediante algoritmos diseñados para maximizar las ganancias de las empresas y minimizar la frecuencia de los premios.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda, los casinos establecidos en la Península de Yucatán generan ingresos cercanos a los 190 millones de pesos mensuales, sin considerar los centros de apuestas ubicados en la frontera con Belice, cuyos registros fiscales pertenecen a ese país.
La ludopatía constituye un trastorno de salud mental que afecta principalmente a adultos mayores, aunque cada vez alcanza con mayor frecuencia a jóvenes e incluso a menores de edad. Las casas de apuestas han diversificado su oferta mediante promociones en plataformas digitales, transmisiones deportivas y espectáculos de entretenimiento.
Las cifras más recientes indican que, durante 2024, la industria del juego y las apuestas obtuvo ingresos cercanos a los 5 mil 500 millones de pesos, según la Asociación de Permisionarios, Operadores y Proveedores de la Industria del Entretenimiento y Juego de Apuesta en México (AIEJA). El gasto promedio diario por jugador ronda los 480 pesos, lo que refleja el dinamismo de este mercado.
El crecimiento sostenido de esta industria amplía la exposición de miles de personas que son atraídas por la expectativa de cambiar su suerte y transformar su situación económica.
Reportes de la Secretaría de Salud advierten que los adultos mayores constituyen uno de los grupos con mayor riesgo de desarrollar trastornos asociados a esta adicción. Al mismo tiempo, el Centro de Integración Juvenil de Yucatán ha ampliado sus servicios de atención debido al aumento de menores con problemas de juego, principalmente derivados de las apuestas en línea.
En las casas de apuestas la única que siempre gana es “la casa”. Con el paso de los años, estos establecimientos han perfeccionado sus estrategias para resultar cada vez más atractivos. El diseño de los espacios, la programación de las máquinas, la atención al cliente y las herramientas de mercadotecnia responden a estudios psicológicos cuyo objetivo es prolongar el tiempo de permanencia del jugador y aumentar sus pérdidas.
¿Cómo surgieron las casas de apuestas?
Las apuestas son mucho más antiguas que los casinos modernos. Constituyen una práctica profundamente arraigada en la historia de la humanidad que, con el paso del tiempo, evolucionó desde acuerdos informales hasta convertirse en una industria global respaldada por sofisticadas plataformas digitales.


Las primeras formas de apuesta probablemente surgieron hace unos nueve mil años, vinculadas a enfrentamientos entre clanes, competencias de fuerza o disputas por territorio. Aunque rudimentarias, compartían un elemento común con las actuales: la expectativa de obtener una recompensa mediante el azar o la competencia.
Con el desarrollo de las primeras civilizaciones, las apuestas comenzaron a organizarse. Lo que inicialmente era un intercambio ocasional dio paso a sistemas regulados, en los que aparecieron intermediarios encargados de resguardar el dinero y garantizar el pago al ganador, a cambio de una comisión.
Diversos registros históricos atribuyen a las culturas griega y romana un papel fundamental en el desarrollo de las apuestas organizadas. También existen evidencias de prácticas similares entre vikingos, pueblos árabes del norte de África, sumerios, mesopotámicos, chinos e hindúes, quienes las incorporaron a ceremonias, rituales religiosos, celebraciones y diversas actividades sociales.
En contraste, existe poca información sobre la práctica de las apuestas entre los pueblos mesoamericanos. No obstante, los investigadores consideran probable que se realizaran transacciones relacionadas con ceremonias religiosas, el juego de pelota, las cosechas o intercambios comerciales entre distintos grupos.
Durante siglos, las apuestas permanecieron como una forma de entretenimiento presencial. Sin embargo, la llegada de internet transformó por completo la industria al permitir que millones de personas pudieran apostar desde cualquier lugar mediante plataformas digitales.
Un informe de Grand View Research estima que el mercado mundial de las apuestas en línea crecerá a una tasa promedio anual de 11.7 por ciento entre 2022 y 2030, reflejo del enorme crecimiento que ha experimentado este sector.
Hasta hace apenas unas décadas, tanto las apuestas deportivas como el intercambio de dinero se realizaban exclusivamente de manera presencial. La revolución digital modificó por completo ese modelo y convirtió a las plataformas en línea en el principal motor de expansión de la industria.
Hace algunos años, el psicólogo y especialista en neurología Alfred Mantulis resumió esta transformación al señalar que “las apuestas hunden sus raíces en la historia de la humanidad”. Sin embargo, éste es otro tiempo. El proceso se ha acelerado gracias a la tecnología y ahora la ‘suerte’ está controlada por algoritmos programados para no perder.
Los juegos de azar en la región peninsular
Los primeros juegos de azar en la región llegaron con los europeos. Como parte de las costumbres introducidas por los españoles durante la Colonia, estas prácticas comenzaron a difundirse entre la población, muy distintas a las formas de convivencia de los pueblos originarios. El primer casino del Caribe se estableció en Cuba durante el siglo XVIII y algunos de esos juegos llegaron posteriormente a Yucatán, donde comenzaron a practicarse de manera clandestina.


Uno de ellos fue “la bolita”, un juego de azar que alcanzó gran popularidad en billares, clubes, centros recreativos y asociaciones frecuentadas por los sectores con mayor poder adquisitivo. Detrás de las apuestas existía un “banco”, integrado por comerciantes o grupos organizados que concentraban el dinero, verificaban los resultados y pagaban a los ganadores.
El juego de la bolita fue una lotería clandestina profundamente arraigada en Yucatán y hoy prácticamente desaparecida. Consistía en apostar a los tres últimos números del premio mayor de la Lotería Nacional o de sorteos extranjeros. Surgió durante el siglo XX como una alternativa popular y accesible para los yucatecos.
Su origen se atribuye a familias de comerciantes libaneses y turcos establecidas en Mérida. Estos grupos buscaban mantener las apuestas durante los días en que no había sorteos oficiales, utilizando como referencia los resultados de loterías extranjeras, principalmente de Belice y Guatemala, para organizar rifas locales.
A diferencia de la Lotería Nacional, cuyos billetes son emitidos oficialmente, la bolita funcionaba mediante una red informal de “boliteros”, quienes registraban las apuestas en libretas o entregaban papeletas a los participantes. Bastaba apostar unos cuantos pesos y, si se acertaban los tres últimos números, el premio podía alcanzar hasta 500 veces el monto invertido.
Al operar al margen de la ley, este juego sobrevivió gracias a la confianza entre vecinos y a una amplia tradición oral que se extendió por Mérida y numerosos municipios del estado. Con el paso del tiempo dejó de realizarse exclusivamente de manera presencial y también encontró espacio en plataformas digitales.
Otra modalidad tradicional es la Lotería Campechana, un juego de azar muy distinto de la lotería convencional. Se integra por 90 figuras numeradas, en lugar de las 54 tradicionales, mientras que las cartillas presentan un formato de cinco por cinco casillas, con 25 imágenes y algunas repetidas dentro de una misma serie. Su dinamismo y la variedad de combinaciones para obtener el premio la distinguen como una de las expresiones lúdicas más características de Campeche.
Historiadores campechanos ubican su origen en 1895. Fue creada por el empresario tabacalero español José María Evia Grignett como una estrategia publicitaria para promover los cigarrillos de su fábrica La Esperanza.
Las cajetillas incluían estampillas numeradas coleccionables que, combinadas con los sorteos oficiales, permitían ganar premios en efectivo. Lo que comenzó como una campaña de mercadotecnia pronto se convirtió en un popular juego familiar, presente en ferias, reuniones sociales y eventos comunitarios.
En la Lotería Campechana no se cantan cartas, sino números contenidos en un bombo que se hace girar hasta extraer una esfera a la vez. El ganador es quien logra completar alguna de las figuras establecidas en su cartilla y obtiene el monto reunido con la venta de todas las tarjetas participantes.
Con el paso de los años, este juego también adquirió gran arraigo en Mérida, especialmente en los barrios de Santa Ana, Santiago y San Sebastián, donde era común que familias enteras, particularmente mujeres, se reunieran para participar en las tradicionales jugadas.
La salud mental de los ludópatas
El juego patológico se caracteriza por la necesidad incontrolable de apostar, la pérdida de control sobre esta conducta, la prioridad que adquiere frente a otras actividades y la persistencia en el juego a pesar de sus consecuencias negativas. A nivel mundial, entre el 1 y el 5 por ciento de la población presenta señales de juego problemático y entre el 1 y el 2.2 por ciento cumple con los criterios de juego patológico, de acuerdo con el estudio Magnitud y extensión del juego patológico en la población mexicana, elaborado por ocho especialistas.


El documento explica que el juego patológico fue reconocido oficialmente como un problema de salud en 1992. La Organización Mundial de la Salud adoptó los criterios diagnósticos de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), definiéndolo como una conducta caracterizada por episodios repetidos y frecuentes de apuestas que terminan por dominar la vida del paciente, desplazando sus responsabilidades sociales, laborales, familiares y económicas.
Más recientemente, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) señala que el juego patológico consiste en un patrón persistente o recurrente de apuestas, ya sea en línea o de manera presencial, sobre el cual la persona pierde el control, le concede prioridad frente a otras actividades y continúa practicándolo pese a las consecuencias negativas.
Los primeros criterios diagnósticos de la ludopatía aparecieron en 1980 en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III), de la Asociación Americana de Psicología, donde fue clasificada como un trastorno del control de los impulsos. Actualmente, el DSM-5, publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría en 2014, la ubica entre los trastornos relacionados con adicciones y la define como una conducta persistente y recurrente que afecta la vida personal, familiar, social y laboral.
Este manual también establece distintos grados de gravedad —leve, moderado y grave— según el número de criterios diagnósticos que presente el paciente.
Los especialistas coinciden en que se trata de un trastorno progresivo caracterizado por la necesidad incontrolable de apostar sin importar las consecuencias. El jugador arriesga bienes de valor con la expectativa de obtener una recompensa mayor.
Además del jugador patológico, los especialistas distinguen otros perfiles. El jugador social apuesta de manera ocasional, dentro de sus posibilidades económicas, y puede dejar de hacerlo cuando lo decide. En contraste, el jugador profesional participa únicamente cuando considera que existen probabilidades razonables de obtener ganancias, pues esa actividad constituye su medio de vida. Entre ambos se ubica el jugador problemático, quien presenta dificultades para controlar sus apuestas y comienza a sufrir afectaciones económicas.
Al analizar la magnitud de este fenómeno, Europa concentra buena parte de las investigaciones sobre el juego patológico. En Gran Bretaña, por ejemplo, datos de 2017 muestran que el 45 por ciento de la población mayor de 16 años participó en alguna modalidad de apuestas durante las cuatro semanas previas al estudio. De ese total, el 8 por ciento fue identificado con problemas de juego, de acuerdo con el Índice de Problemas de Juego Severo (PGSI), mientras que el 3.9 por ciento fue clasificado como jugador de riesgo bajo o moderado conforme a los criterios del DSM-IV.
En América, un estudio realizado en Brasil con 3 mil 7 participantes encontró que el 1.3 por ciento fue clasificado como jugador problemático y otro 1.3 por ciento como jugador patológico, también con base en los criterios del DSM-IV.
Magnitud del juego patológico y sus síntomas
En México, la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2016-2017 —la más reciente que aborda este tema— ofrece un panorama sobre la magnitud del problema entre la población de 12 a 65 años.
Los resultados indican que el 24.5 por ciento de las personas ha participado alguna vez en juegos de azar con dinero. La proporción es mayor entre los hombres, con 32 por ciento, frente al 17.4 por ciento registrado entre las mujeres. Por grupos de edad, los adolescentes de 12 a 17 años presentan la prevalencia más alta, con 35.7 por ciento, seguidos por los jóvenes de 18 a 29 años, con 28.6 por ciento, mientras que entre las personas de 30 a 65 años el porcentaje desciende a 18.8.


Las máquinas tragamonedas encabezan la lista de juegos más practicados, con una prevalencia de 11.8 por ciento. Les siguen la Lotería, Melate y Tris, con 8.3 por ciento; los juegos de cartas, con 7.3 por ciento; las apuestas por internet, con 8 por ciento; las apuestas en casinos, con 2.5 por ciento, y los dados, con 1.8 por ciento.
Aunque otras modalidades, como las carreras de caballos, las apuestas deportivas, el bingo, los sorteos inmediatos o los juegos de habilidad registran menor participación, los hombres mantienen niveles de prevalencia significativamente superiores a los de las mujeres, con excepción del bingo y la lotería, donde ambos sexos presentan porcentajes similares.
El estudio también señala que los hombres presentan una mayor incidencia en seis de los nueve síntomas asociados al juego patológico. Entre los más frecuentes destacan perder relaciones personales importantes, sentirse inquietos o irritables cuando no pueden apostar e intentar abandonar el juego sin conseguirlo.
Por edad, los jóvenes de 18 a 29 años muestran menor frecuencia de pensamientos compulsivos relacionados con las apuestas y menor tendencia a regresar para recuperar el dinero perdido, en comparación con los adolescentes. En tanto, las personas de 30 a 65 años presentan menor dificultad para abandonar el juego, aunque registran una mayor tendencia a apostar como una forma de escapar de sus problemas.
Los resultados también indican que las personas con un nivel socioeconómico medio y alto presentan menos síntomas de juego patológico que quienes pertenecen a los estratos de menores ingresos, particularmente en aspectos como la necesidad de apostar, recurrir al juego para evadir problemas, intentar recuperar pérdidas o solicitar dinero prestado para seguir apostando.
Respecto a las modalidades de juego, quienes apuestan por internet presentan el mayor porcentaje de ludopatía, con 4 por ciento. Les siguen las apuestas en carreras de caballos o perros y las peleas de gallos, con 3.9 por ciento, así como los juegos de habilidad, con 3.6 por ciento. En contraste, las máquinas tragamonedas registran un 1.6 por ciento; los sorteos inmediatos, un 1.8 por ciento, y las apuestas deportivas, un 2 por ciento.
El estudio confirma que las máquinas tragamonedas son el juego de apuesta más extendido entre la población mexicana y el preferido por los adolescentes, con una prevalencia de 26.6 por ciento dentro de ese grupo de edad.
Paradójicamente, las máquinas tragamonedas están prohibidas en México. La Secretaría de Gobernación advirtió desde 2018 que representan una modalidad de alto riesgo por su capacidad para generar adicción en poco tiempo, alimentar la expectativa de obtener dinero fácil y facilitar la corrupción de menores de edad, particularmente entre adolescentes, quienes constituyen el grupo más vulnerable a desarrollar problemas de ludopatía.
Las tecnologías y los nuevos ludópatas
El más reciente informe de la Fiscalía General de la República señala que en Yucatán operan alrededor de 12 mil “minicasinos”: máquinas tragamonedas instaladas de manera ilegal en Mérida y numerosos municipios. Pese a carecer de autorización, se encuentran en plazas comerciales, tiendas, pequeños comercios, mercados, paraderos de autobuses e incluso cerca de escuelas.



El principal objetivo de este negocio son los nuevos apostadores. El Centro de Integración Juvenil (CIJ) de Mérida ha advertido un incremento en los casos de ludopatía infantil, con niños de entre siete y doce años que apuestan tanto en plataformas digitales como en estas máquinas instaladas en espacios públicos y privados, donde prácticamente no existen mecanismos de control para impedir su acceso.
El organismo señala que muchos padres de familia desconocen la magnitud de este problema de salud pública o prefieren minimizarlo. Al mismo tiempo, cuestiona la falta de acciones por parte de las autoridades para retirar estas máquinas, cuya presencia se ha normalizado en prácticamente toda la ciudad.
De acuerdo con el CIJ, la ludopatía infantil crece de manera silenciosa, pero con consecuencias cada vez más graves. El problema suele comenzar con videojuegos y aplicaciones instaladas en teléfonos móviles que los menores utilizan desde edades tempranas. A ello se suma el constante bombardeo de publicidad de casas de apuestas en páginas deportivas y plataformas digitales, sin que exista una regulación específica que limite su exposición.
Mientras varios países europeos han establecido normas para restringir la publicidad de las apuestas en eventos deportivos y medios de comunicación, en México todavía no existen controles efectivos que frenen la difusión masiva de este tipo de contenidos entre menores de edad.
La expansión de las apuestas en línea y el fácil acceso a dispositivos electrónicos han incrementado los casos de ludopatía en Yucatán. El CIJ sostiene que la combinación de plataformas digitales y la presencia física de casinos convierte a niñas, niños y adolescentes en el grupo con mayor riesgo de desarrollar esta adicción.
Arsenio Rosado, psiquiatra y colaborador de Jugadores Anónimos A.C. en Yucatán, considera que la combinación de tecnología, falta de regulación y aislamiento social favorece el crecimiento silencioso de la ludopatía.
Respecto a los adolescentes, advirtió que el uso temprano de pantallas constituye un importante factor de riesgo.
“Hoy un niño no debería tener una pantalla; sin embargo, vemos que desde los cuatro o cinco años ya las utilizan. Esto genera retrasos en el desarrollo intelectual, emocional y social, además de abrir la puerta a adicciones conductuales, como los juegos en línea”, señaló.
Rosado añadió que muchos jóvenes permanecen hasta ocho horas diarias frente al teléfono celular.
“Esto afecta tres aspectos fundamentales de la salud mental: la convivencia social, la actividad física y las relaciones familiares. Cuando esas bases se deterioran, los juegos en línea y las apuestas pueden convertirse en una vía de escape, favoreciendo problemas como ansiedad y depresión”, explicó.
El especialista insistió en que la escasa regulación agrava el problema, pues la publicidad de las plataformas de apuestas invade transmisiones deportivas, televisión y redes sociales, sin que existan mecanismos eficaces de prevención o restricciones similares a las aplicadas en otros países.
Finalmente, llamó a las familias a permanecer atentas a señales como el aislamiento, el abandono de actividades habituales o cambios emocionales en menores y adolescentes. Reiteró que la ludopatía debe tratarse como una enfermedad que requiere atención médica, apoyo psicológico y acompañamiento especializado.
Asimismo, consideró indispensable fortalecer la cultura de la prevención e impulsar una regulación federal que limite la promoción de las apuestas y establezca mayores mecanismos de protección para niñas, niños y adolescentes. Advirtió que muchos menores comienzan apostando en juegos aparentemente inofensivos, pero terminan migrando a plataformas digitales donde algoritmos diseñados para mantener su participación los introducen gradualmente en la adicción.
La era digital de las apuestas
¿Qué aceleró realmente el crecimiento de las apuestas en los entornos digitales? La respuesta es sencilla: las plataformas en línea. En un mundo donde prácticamente todo está al alcance de un clic, las apuestas por internet se han convertido en una de las formas de entretenimiento más accesibles y, al mismo tiempo, en uno de los mecanismos más eficaces para atraer nuevos jugadores.
La oferta también se ha multiplicado. Mientras que las antiguas casas de apuestas limitaban sus opciones a unos cuantos deportes o competencias locales, las plataformas digitales permiten apostar prácticamente a cualquier acontecimiento: desde carreras de caballos o partidos de futbol hasta dardos, futbol sala, tenis de mesa, boxeo, artes marciales, automovilismo e incluso ceremonias de premiación o espectáculos.


Hoy también es posible apostar a resultados electorales, programas de televisión, estrenos cinematográficos, publicaciones editoriales, conciertos o concursos de mascotas. El crecimiento del negocio ha sido tal que, durante un reciente torneo internacional de futbol, una casa de apuestas desembolsó alrededor de 340 millones de pesos para obtener los derechos de patrocinio que le permitieron colocar su nombre en un estadio.
La tecnología también transformó la forma de apostar. Las llamadas apuestas en vivo permiten realizar pronósticos mientras un partido o evento deportivo está en desarrollo. A ello se suman las llamadas prop bets, que consisten en apostar sobre situaciones específicas, como quién anotará el primer gol o de qué lado caerá la moneda antes del inicio de un encuentro.
Las plataformas ofrecen además estadísticas en tiempo real, herramientas de análisis y aplicaciones móviles que permiten apostar desde cualquier lugar mediante un teléfono inteligente. Paralelamente, los métodos de pago evolucionaron desde el efectivo hacia transferencias bancarias, billeteras digitales y monederos electrónicos, facilitando operaciones cada vez más rápidas, discretas e inmediatas.
La facilidad para apostar y pagar se ha convertido en uno de los principales motores del crecimiento de esta industria. La tecnología ya no sólo acerca el juego al usuario: elimina prácticamente cualquier barrera entre el impulso de apostar y la posibilidad de hacerlo.
¿A qué jugamos?
La ludopatía, considerada clínicamente un trastorno del control de los impulsos, dejó hace tiempo de ser un problema exclusivo de los grandes casinos para convertirse en un fenómeno silencioso que afecta también a Yucatán. En un estado reconocido por su riqueza cultural y sus elevados niveles de seguridad, miles de personas ven deteriorarse su patrimonio, su estabilidad emocional y sus relaciones familiares como consecuencia de la dependencia al juego.


Las causas que favorecen esta adicción son diversas. Entre los adultos mayores influyen la soledad, el retiro laboral y la falta de espacios de convivencia. En la población económicamente activa pesan la incertidumbre financiera y la expectativa de obtener dinero fácil. Sin embargo, el fenómeno más preocupante es su avance entre niñas, niños y adolescentes.
Lejos de iniciarse en los grandes casinos, muchos menores tienen su primer contacto con las apuestas mediante máquinas tragamonedas instaladas ilegalmente en pequeños comercios, tiendas de barrio, fruterías, mercados y otros establecimientos donde no existe supervisión alguna.
Sin controles efectivos por parte de las autoridades ni restricciones para impedir el acceso de menores, estas máquinas normalizan desde edades tempranas la práctica de apostar a cambio de unas cuantas monedas.
Las consecuencias van mucho más allá de las pérdidas económicas. La ludopatía suele provocar ansiedad, depresión, insomnio y un profundo sentimiento de culpa que deteriora la autoestima. El juego deja de ser una forma de entretenimiento para convertirse en la falsa esperanza de recuperar el dinero perdido.
Las dificultades económicas aparecen casi de inmediato. Muchas personas agotan sus ahorros, recurren a préstamos con intereses elevados, empeñan su patrimonio familiar e incluso llegan a cometer delitos para sostener la adicción. Las pérdidas económicas terminan afectando no sólo al jugador, sino a toda su familia.
El deterioro de las relaciones familiares constituye otra de las consecuencias más severas. Las mentiras, el ocultamiento de deudas, el desvío del dinero destinado al hogar y los conflictos derivados del estrés terminan por romper la confianza entre los integrantes de la familia. En numerosos casos, las apuestas desembocan en separación, violencia familiar o abandono de responsabilidades.
Enfrentar la ludopatía en Yucatán exige reconocerla como un problema de salud pública que requiere prevención, tratamiento y una regulación más efectiva. Mientras no existan campañas permanentes de información, servicios especializados accesibles y acciones contundentes para retirar las máquinas tragamonedas ilegales, esta adicción continuará afectando en silencio a miles de familias.
Porque, al final, cuando se trata de las apuestas, la casa casi siempre gana.


