6 junio, 2026

Mahahual y el ruido del progreso – Si tú pudieras ver lo que yo escucho

Gerardo Ruiz

Si tú pudieras ver lo que yo escucho, entenderías por qué algunos lugares duelen incluso antes de ser destruidos.

De niño veía los documentales de Ramón Bravo Prieto (1925-1998) sobre Banco Chinchorro. Recuerdo aquellas imágenes del Caribe mexicano todavía intacto, el arrecife vivo, el azul profundo del mar y esa sensación de misterio que tenían los grandes documentales submarinos de otra época.

Mientras muchos niños se entretenían con juegos propios de la edad, yo pensaba algo mucho más sencillo: “Cuando sea grande quiero conocer ese lugar”.

Quería conocer aquel Caribe que parecía infinito. Aquel México donde todavía existían espacios capaces de convivir con el silencio natural.

Hace ya una década que vivo por estas tierras. Tierras que tuve la oportunidad de conocer en parte de su esplendor, cuando todavía algunos rincones del Caribe mexicano conservaban ese equilibrio extraño entre naturaleza y presencia humana.

Y aunque hoy ya no pueda verlas como antes, me duele profundamente sentir cómo aquella imagen poco a poco se desvanece. 

Se desvanece en el recuerdo. Pero también físicamente. Porque el paisaje cambia. Los manglares desaparecen. La costa se modifica. El arrecife se debilita. Y todo ocurre bajo el mismo argumento repetido hasta el cansancio: el progreso.

A veces pareciera que en este país modernizar significa borrar. Como si cada generación necesitara destruir algo hermoso para demostrar que está avanzando.

Cada vez que escucho el nombre de Mahahual, vuelvo un poco a aquellos documentales y a esa idea de un Caribe todavía vivo.

Pero también escucho otra cosa. Escucho el ruido del progreso. Porque en México el progreso casi siempre llega acompañado de una frase peligrosa: “inversión histórica”.

Todo termina siendo histórico: El muelle histórico. El puente histórico. El tren histórico. La transformación histórica. Y mientras las palabras crecen, el entorno desaparece.

Es triste escuchar cómo, día tras día, se normaliza la idea de que destruir manglares, modificar arrecifes o alterar ecosistemas completos es simplemente el costo inevitable del desarrollo.

Pero lo más preocupante no es únicamente el proyecto. Es el momento político en el que aparece. El próximo año será electorero. Y en tiempos electorales todos necesitan convertirse en héroes.

El funcionario que “defiende” el medio ambiente. El político que “escucha al pueblo”. La autoridad que “detiene” un proyecto. El aspirante que promete rescatar la costa. Y mientras más heroica parezca la batalla, más rentable resulta políticamente.

La escena se repite tanto en este país que parece parte del propio modelo de negocio.

Primero llegan las promesas de empleo, los renders brillantes y los discursos sobre modernidad. Después aparecen las alertas ambientales, los ciudadanos incómodos, los científicos y expertos ignorados y las dudas sobre el verdadero impacto del proyecto.

Entonces entra en escena el héroe institucional. El gobernante. El juez. La autoridad. El funcionario que suspende temporalmente el proyecto y aparece públicamente como protector del territorio. La fotografía perfecta para temporada electoral.

Porque en política también se administra el conflicto. Se prolonga. Se dramatiza. Se negocia. Y muchas veces el problema no necesita resolverse de inmediato; necesita mantenerse vivo el tiempo suficiente para generar rentabilidad política.

Después pasan los años. Cambian las administraciones. Cambian los colores. Cambian los discursos. Pero el mecanismo permanece intacto. Regresa entonces otra “inversión histórica”. Otro megaproyecto. Otra promesa de prosperidad. Otra campaña publicitaria disfrazada de desarrollo. 

Hasta que un día alguien finalmente logra imponer su obra. Y entonces aparecen los boletines triunfalistas: el corte de listón, los aplausos, las cifras infladas sobre derrama económica y algunos empleos temporales utilizados para justificar daños permanentes.

Mientras tanto, el paisaje cambia para siempre. El manglar desaparece lentamente. La costa pierde estabilidad. Los arrecifes se debilitan. La fauna se desplaza. Y el Caribe comienza a parecerse cada vez más a cualquier otro sitio consumido por la explotación turística descontrolada.

Tal vez por eso, cuando escucho hablar de Mahahual, no escucho únicamente turismo o inversión. Escucho advertencias. Escucho campañas anticipadas. Escucho héroes fabricados para tiempos electorales.

Pero también escucho al niño que un día soñó con conocer aquel mar que veía en los documentales de Ramón Bravo. Y me pregunto cuántos años más seguirá existiendo ese Caribe antes de convertirse solamente en un recuerdo.

Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo

X: @gruizcun

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