Durante un siglo fue el símbolo del progreso urbano de la capital; hoy, el deterioro de su infraestructura, el abandono de sus monumentos y las dudas sobre el alcance de su anunciada rehabilitación reabren el debate sobre la conservación de uno de los espacios públicos más emblemáticos del estado
Harold Amábilis
San Francisco de Campeche, una ciudad que mira al Golfo de México, ha tenido en su malecón uno de los escenarios fundamentales de su vida cotidiana. Este paseo, construido sobre terrenos ganados al mar a lo largo del siglo XX, se consolidó como el principal referente urbano para habitantes y visitantes. Durante décadas, los sucesivos gobiernos estatales lo proyectaron como símbolo de modernidad y progreso mediante constantes ampliaciones y remodelaciones. Sin embargo, la realidad actual contradice esa imagen.
El deterioro progresivo del paseo ha llevado a las autoridades a reconocer la urgencia de intervenirlo, pero las soluciones anunciadas —trabajos de pintura, nivelación del asfalto, instalación de bolardos, entre otras— generan tantas dudas como expectativas, pues parecen dejar de lado los problemas estructurales más graves que afectan este histórico corredor costero.
En un recorrido realizado por El Despertador a lo largo de gran parte de sus más de seis kilómetros, desde el muelle de San Román hasta el extremo norte de la ciudad, se constató un panorama de abandono y riesgo latente. Aunque la Secretaría de Obras Públicas, Movilidad y Desarrollo Urbano (SEDUMOP) ha reconocido en diversos comunicados que al menos dos kilómetros requieren mantenimiento inmediato, el trabajo de campo mostró que el deterioro de la infraestructura es mucho más amplio y severo.
En este contexto, el malecón se ha convertido en un símbolo de las contradicciones que enfrenta Campeche: mientras se impulsan nuevas atracciones turísticas, la infraestructura existente se deteriora y los monumentos históricos continúan perdiendo sus condiciones de conservación. La pregunta que atraviesa el debate ciudadano es si la rehabilitación anunciada logrará romper el ciclo de inauguración y abandono que ha marcado este espacio durante décadas o si, por el contrario, perpetuará las deficiencias acumuladas mediante una intervención superficial.
El malecón, símbolo de progreso
La fisonomía actual del malecón de Campeche es el resultado de un siglo de decisiones políticas y aspiraciones urbanas que fueron configurando el perfil de la ciudad frente al Golfo de México. Durante la Colonia y buena parte del siglo XIX, la ciudad permaneció resguardada tras sus murallas, con la vida pública concentrada en la plaza principal, mientras la actividad portuaria se desplazó hacia Lerma ante la dificultad de recibir embarcaciones de gran calado y la competencia de otros puertos nacionales.

El primer intento por abrir la ciudad al mar se concretó en 1914, durante la administración del general Manuel Rivera, con la construcción del llamado Jardín Costero. Ubicado entre los baluartes de Santiago y San Carlos, aquel espacio, adornado con flores y palmeras, representó una novedad para la sociedad de la época. En su informe de gobierno, Rivera sostuvo que se convertiría en el sitio favorito de los campechanos para disfrutar de las brisas del litoral, una visión que desplazaba el centro de la vida colectiva de la plaza principal hacia la costa. Esa asociación entre infraestructura pública, aprovechamiento del litoral y bienestar ciudadano se convertiría en una constante del discurso oficial durante gran parte del siglo XX.
En la década de 1930, el gobernador Benjamín Romero Esquivel construyó el primer malecón propiamente dicho, al que denominó Justo Sierra, en homenaje al ilustre campechano conocido como el “Maestro de América”. La obra consistió en una calzada y un parque concebidos con fines tanto higiénicos como sociales, en consonancia con el modelo del Estado benefactor impulsado por los gobiernos posrevolucionarios. La elección del nombre resultó significativa porque, por única ocasión, se privilegió una figura sin filiación política explícita. Con esta intervención, el pequeño Jardín Costero dio paso a un paseo de mayor escala que inició el proceso de ganar terreno al mar.
Héctor Pérez Martínez, gobernador entre 1939 y 1943, impulsó la segunda etapa del malecón hacia el barrio de San Román, en la zona de sotavento. Su administración introdujo un cambio importante al compartir la responsabilidad y el financiamiento de la obra entre el gobierno y la ciudadanía, convencido de que debía fortalecerse el espíritu de cooperación colectiva. Un comité integrado por propietarios de predios ubicados en el área del malecón aportó quince mil pesos y supervisó el avance de los trabajos.
La tercera etapa correspondió a Eduardo Lavalle Urbina, quien convirtió al malecón en una de las principales obras de su administración. Durante su gobierno se desarrolló el tramo de barlovento hacia el barrio de San Francisco, bautizado como Malecón Miguel Alemán en reconocimiento al presidente de la República. Lavalle abandonó el esquema de colaboración vecinal utilizado por su antecesor y orientó el proyecto hacia el financiamiento federal, fortaleciendo los vínculos con el gobierno central. El malecón adquirió entonces el carácter de emblema gubernamental y plataforma para proyectar el liderazgo político. En su informe de 1949, el gobernador afirmó que aquel paseo constituía uno de sus mayores anhelos y que sería el sitio predilecto para el tránsito de peatones y vehículos.
A finales de la década de 1950, Alberto Trueba Urbina impulsó el proyecto del Campeche Nuevo, una propuesta urbanística que buscaba ganar terreno al mar para construir una ciudad moderna articulada en torno a un nuevo malecón. Convencido de que a los gobiernos se les recuerda por sus obras, pretendió diferenciarse de sus antecesores mediante un proyecto concebido como eje del desarrollo urbano. El plan contemplaba la remodelación del malecón existente y su ampliación mediante el relleno de la franja costera, con la creación de una zona urbana de 250 mil metros cuadrados que aspiraba a competir en altura y diseño con las ciudades más modernas del país. Así nació lo que posteriormente se conocería como la Zona Ah Kim Pech. Durante esta administración se construyó el Malecón Adolfo Ruiz Cortines.
Los gobiernos posteriores mantuvieron la estrecha relación entre obra pública y legitimación política. José Ortiz Ávila edificó la Plaza de la República, el Palacio de Gobierno y la Cámara de Diputados sobre terrenos ganados al mar. Eugenio Echeverría Castellot construyó la Avenida Costera, mientras Abelardo Carrillo Zavala impulsó parques y monumentos como la Plaza 4 de Octubre y la escultura de la Novia del Mar. Antonio González Curi hizo del malecón el proyecto emblemático de su sexenio: lo reconstruyó por completo y lo amplió en varias etapas hasta presentar la denominada Nueva Grandeza de Campeche.
La administración de Alejandro Moreno Cárdenas (2015-2019) realizó la intervención de mayor alcance de los últimos años. En 2019 inauguró la escultura El Ángel Maya, el parador turístico del Encuentro de Dos Culturas y las fuentes danzarinas Poesía del Mar. Un año después, ya durante el gobierno de Carlos Miguel Aysa González, se entregaron el parque acuático infantil, un nuevo muelle peatonal en la zona de Montecristo y Bosques de Campeche, además de la modernización de la ciclovía y la trotapista.
Tras la llegada de Layda Sansores San Román al gobierno estatal en 2021 y hasta el anuncio de la rehabilitación del malecón, difundido en junio de 2026, no se emprendió una obra civil de gran magnitud en este corredor. El deterioro acumulado desde la última gran intervención evidenció la necesidad de actuar, aunque las medidas anunciadas han despertado dudas sobre su alcance y profundidad.
A lo largo de este proceso, el malecón dejó de ser únicamente una obra para mejorar la imagen urbana y se convirtió en uno de los principales símbolos de la capital, representación del progreso y la modernidad. También pasó a ser el espacio donde los gobiernos materializan y proyectan sus principales logros. Sin embargo, la historia reciente demuestra que las grandes inversiones no garantizan la permanencia de la infraestructura cuando no van acompañadas de mantenimiento preventivo y una planeación de largo plazo.
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Infraestructura en ruinas y peligros a la vista

El contraste entre el esplendor prometido y la realidad actual resulta abismal. Durante la última semana de junio de 2026, un recorrido por más de seis kilómetros del malecón, realizado El Despertador, evidenció un paisaje de abandono que compromete directamente la seguridad de sus usuarios.
• El malecón de San Román
En el extremo sur, el área del Muelle de San Román concentra severos riesgos estructurales. Las banquetas presentan huecos, las mesas de exposición carecen de techo y el arco de acceso muestra una columna agrietada. Uno de los faros del paseo escultórico presenta una fisura con riesgo de derrumbe; los postes de alumbrado no funcionan y una sección completa del muelle colapsó al hundirse en el mar. Las escaleras utilizadas por los pescadores para acceder a sus embarcaciones también se encuentran deterioradas.

En el trayecto hacia la plazuela frente a Telesur, la pista de tartán para corredores y la ciclovía han perdido amortiguación y agarre en varios segmentos. El antepecho y el murete que bordean el malecón están agrietados a lo largo de todo el recorrido, mientras el talud de amortiguamiento presenta hundimientos y desniveles. Los drenajes pluviales, colapsados, han socavado la base del muro de contención marítimo. Los letreros informativos permanecen oxidados e ilegibles y no existen botes de basura en este tramo.
En la plazuela, las jardineras han perdido casi todos sus mosaicos decorativos y las tapas de los registros públicos —alcantarillas y válvulas— presentan grietas que representan un riesgo para los peatones. La fuente central permanece seca e inoperante, mientras que un tanque subterráneo de agua, visible desde el exterior, se ha convertido en un depósito de basura.
Desde este punto hasta Torres de Cristal, los desniveles en la superficie peatonal obedecen al cedimiento del muro de contención. Diversas tapas de tomas de energía eléctrica están agrietadas y con riesgo de ruptura. Existen rampas de acceso universal, pero están mal ubicadas y no conectan con ningún cruce peatonal. Frente a Torres de Cristal, la pista de skate inaugurada durante el actual sexenio ya muestra un deterioro considerable: la superficie del quarter pipe (rampa curva) de concreto está cuarteada, los barandales metálicos presentan oxidación y la mayoría de las luminarias permanece fuera de servicio, dejando la zona en penumbra. Las gradas tienen un techo de madera deformado por la humedad y los encharcamientos frecuentes vuelven inseguro el espacio para los skaters.
• El malecón del Campeche Nuevo
En el trayecto hacia las fuentes Poesía del Mar, el tartán de la trotapista continúa deteriorándose, con registros abiertos y grietas visibles en la superficie. Las fuentes, inauguradas en 2019, se conservan en condiciones relativamente aceptables; sin embargo, los aspersores que riegan las jardineras fallan constantemente y provocan acumulaciones de agua sobre la pista deportiva.

Del parador del Ángel Maya hacia el Obelisco a los Marinos, la ausencia de botes de basura obliga a utilizar elementos decorativos como depósitos improvisados. El parador se mantiene en condiciones aceptables, aunque el piso presenta grietas y losas faltantes. A un costado, las letras monumentales con la palabra “Campeche” tienen dañadas las luminarias empotradas en el piso. Además, un código QR adherido al conjunto promociona un atractivo turístico del estado de Puebla, en lugar de ofrecer información sobre el malecón o la ciudad. Junto a las letras, la Secretaría de Turismo estatal impulsa la construcción de un galeón monumental como parte del circuito cultural Legado de Astilleros.
La mayoría de las rampas de acceso universal construidas en esta sección no conecta con paso peatonal alguno. Algunas barras metálicas del gimnasio al aire libre, frente a la glorieta Pedro Sainz de Baranda, presentan un avanzado proceso de oxidación que vuelve riesgoso su uso, mientras que un letrero de advertencia para los usuarios está igualmente oxidado e ilegible. En diversos puntos, el cableado eléctrico de las luminarias permanece expuesto, con el consiguiente riesgo de electrocución y cortocircuitos.
En la plazuela del Obelisco a los Marinos, tres profundos hoyos —vestigios de árboles desaparecidos— representan un peligro permanente para los peatones. A ello se suma el deterioro de la trotapista, cuyo material se desintegra hasta dejar expuesta la base en numerosos tramos. El malecón presenta múltiples desniveles en dirección a la Plaza 4 de Octubre, evidencia del debilitamiento progresivo del muro de contención marítimo. Como remate, varias rampas de acceso universal distribuidas en los senderos de esta sección no conducen a ningún paso peatonal, por lo que resultan completamente inútiles para las personas con movilidad reducida.
En el sector correspondiente al Campeche Nuevo, particularmente entre el parador del Ángel Maya y la Plaza 4 de Octubre, el antepecho y el murete presentan un avanzado deterioro, con ornamentos desprendidos que han caído al mar.
• Malecón hacia los Cocteleros
Esta es una de las secciones más abandonadas del malecón. La mayoría de las luminarias está fuera de servicio, no corresponde al modelo utilizado en el resto del paseo y no ha recibido mantenimiento en más de una década. La playa utilizada por los pescadores permanece cubierta de basura y desechos, mientras que el tartán de la trotapista presenta un deterioro extremo, con grietas a lo largo de varias secciones. El manglar contiguo acumula residuos sólidos que afectan el ecosistema.

El acceso al muelle de pescadores conserva bolardos metálicos oxidados y rotos. Las estructuras de las sombrillas también presentan oxidación y han perdido por completo sus techumbres. El estacionamiento registra múltiples baches y grietas.
Los Cocteleros, espacio que durante décadas fue un punto de encuentro, atraviesa una crisis que amenaza su permanencia. El incendio de mayo de 2024 destruyó numerosos locales y, aunque algunas palapas fueron reconstruidas, la mayoría de los puestos semifijos desapareció. De más de dos docenas de establecimientos originales, hoy apenas cinco operan de forma permanente. Las estructuras remanentes, abandonadas y sin demolición, presentan techos colapsados, muros agrietados y escombros convertidos en focos de insalubridad. La basura atrae fauna nociva y el agua estancada favorece la proliferación de mosquitos, lo que representa un riesgo sanitario para vecinos y visitantes. Los comerciantes que permanecen en la zona denuncian que el abandono de los locales contiguos ahuyenta a la clientela y genera una creciente sensación de inseguridad, manteniendo este tradicional espacio en un limbo que amenaza con hacerlo desaparecer.
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Monumentos y memoria: un legado en el olvido
Los monumentos del malecón fueron concebidos para contar quiénes somos. Placas, esculturas y nombres grabados buscaban anclar la identidad campechana al paisaje cotidiano. Sin embargo, el recorrido realizado por El Despertador confirmó que ese relato comienza a borrarse por efecto de la negligencia.
• Obelisco a los Marinos (1977): un homenaje sin nombres

Erigido para honrar a los cadetes de Chapultepec y a los tenientes de Veracruz, este monumento ha perdido buena parte de su propósito. Las cuatro placas de bronce con los nombres y grados de los homenajeados fueron robadas y nunca fueron repuestas. Hoy queda una columna muda. No existe ningún código QR ni recurso tecnológico que sustituya la información desaparecida. Quien pasa frente a ella no puede saber a quién honra ni por qué fue erigida. El vínculo entre Campeche y sus marinos caídos se ha desdibujado por completo. En la plazuela que lo rodea, el tartán se desintegra y tres profundos hoyos —donde antes hubo árboles— son un riesgo para los peatones.
• Novia del Mar (1990): el ícono que se inclina

Esta escultura encarna la leyenda más arraigada de la capital campechana. La historia de la joven que espera el regreso de su amado marinero, convertida en piedra por el embrujo del mar, ha trascendido generaciones y forma parte esencial de la identidad local. La figura fue instalada originalmente en otro punto de la ciudad y trasladada al malecón en diciembre de 2004, durante la administración de Jorge Carlos Hurtado Valdez. En 2019, bajo el gobierno de Alejandro Moreno Cárdenas, fue rehabilitada con piedra natural en sustitución de materiales artificiales.
Sin embargo, su estado actual contradice el carácter emblemático que representa. La estructura metálica de soporte presenta una ligera inclinación, señal de que la rehabilitación fue insuficiente o de que el mantenimiento posterior brilló por su ausencia. Las luminarias destinadas a realzarla durante la noche están deterioradas o apagadas, condenándola a la penumbra apenas cae el sol. Bajo la base, una tapa de registro abierta constituye un riesgo para los visitantes y un evidente descuido urbano. A ello se suma la ausencia de un código QR que relate la leyenda que da sentido al monumento. Quien se detiene frente a la Novia del Mar no encuentra ninguna herramienta para conocer su historia. El ícono se inclina, se apaga y, peor aún, se queda sin voz.
• Plaza 4 de Octubre (1990): el encuentro de dos mundos convertido en basurero

Tres esculturas de bronce —un cacique maya, un fraile y un conquistador español— representan el mestizaje del que surgió San Francisco de Campeche. Se trata de un discurso de identidad forjado en metal. Sin embargo, las fuentes que las rodean permanecen secas y funcionan como depósitos de basura. Varias luminarias están fuera de servicio, dejando las figuras en penumbra durante la noche. Tampoco existe un código QR que explique el significado histórico del conjunto escultórico ni el aniversario que motivó su construcción. El diálogo entre culturas que estas esculturas proponen queda silenciado por partida doble: por la falta de mantenimiento y por la ausencia de herramientas que permitan interpretar su significado.
• Muelle de San Román (2000): el pescador sin historia

El monumento dedicado a los pescadores carece de placa conmemorativa y de cualquier código QR que explique su significado. El visitante no puede saber que esa figura en forma de vela rinde homenaje a quienes han sostenido la economía y la cultura local durante generaciones. El material, vulnerable a la salinidad, presenta grietas que dejan expuesto el armazón de acero. El faro monumental del mismo muelle también muestra una fisura con riesgo de derrumbe. La identidad pesquera de Campeche no se honra aquí: se desmorona sin que exista una sola herramienta que explique su significado.
• Busto de José Martí (2012): una placa que ya no habla

El busto del prócer cubano representa un gesto de hermandad entre ambos pueblos. Ese mensaje se ha perdido, pues la placa que explicaba su presencia es ilegible y nunca fue sustituida por un código QR u otro recurso informativo. La estructura que lo rodea refleja abandono. Lo que debía ser un puente simbólico entre Cuba y Campeche hoy es un objeto anónimo, sin contexto ni cuidado. La vocación diplomática y solidaria de la ciudad también se desvanece en este punto.
• Parador del Ángel Maya (2019): la tecnología que sí está, pero miente

Este parador constituye quizá el caso más evidente de ruptura entre el monumento y el visitante, porque aquí sí existe una herramienta tecnológica, aunque resulta inútil. Fue inaugurado con un código QR en su base, concebido como la vía para explicar el significado de la columna. Sin embargo, al escanearlo dirige a un dominio de internet inexistente. La promesa de información termina en una pantalla en blanco. El monumento se vuelve incomprensible y su razón de ser permanece inaccesible.
• Letras monumentales (2019): el nombre de la ciudad apagado y desviado

A un costado del parador, las letras monumentales que forman la palabra “Campeche” funcionan como un monumento en sí mismas, al celebrar el nombre de la ciudad y del propio malecón. Su estado actual contradice ese propósito. Las luminarias empotradas en el piso, diseñadas para iluminarlas por la noche, están rotas. El resultado es un letrero que pierde protagonismo al caer el sol, como si la ciudad retirara su propio nombre del espacio público.
A este deterioro se suma una falla difícil de justificar. Sobre las letras fue colocado un código QR que, al escanearse, no conduce a información sobre Campeche ni sobre el malecón, sino que promociona un atractivo turístico del estado de Puebla. El único código QR funcional del conjunto monumental desvía al visitante hacia otra entidad federativa. La herramienta que pudo servir para difundir la historia local termina contando otra distinta. El nombre de la ciudad está apagado y, cuando alguien intenta recuperarlo mediante la tecnología disponible, es enviado a un destino diferente.
• Galeón monumental (2026): un nuevo ícono y una promesa

Junto a las letras monumentales, la Secretaría de Turismo estatal construye un galeón a escala como parte del circuito Legado de Astilleros. La obra, con una inversión aproximada de nueve millones de pesos, evoca las embarcaciones que distinguieron al barrio de San Román a partir de 1650, cuando Campeche albergó los astilleros más importantes de la Nueva España. El cronista José Manuel Alcocer Bernés ha destacado que el proyecto rompe con la narrativa pirata para centrar la atención en la tradición constructora naval, un episodio histórico que merece mayor difusión.
A su favor, el galeón incorpora al corredor monumental un tema hasta ahora ausente: el legado de la industria naviera campechana. Su construcción promete convertirse en un nuevo punto de atracción turística, en un contexto donde los periodos vacacionales recientes han registrado una afluencia menor a la esperada.
En contra, el proyecto introduce una contradicción difícil de ignorar. Mientras los monumentos existentes pierden placas, leyendas y elementos informativos, la administración destina recursos a construir uno nuevo. No se restaura la memoria deteriorada; simplemente se añade otro elemento al paisaje. En redes sociales han surgido críticas sobre su propuesta estética, su integración con el entorno y la pertinencia del gasto cuando buena parte del patrimonio monumental existente reclama mantenimiento urgente.
El galeón aún no está concluido y se desconoce si contará con códigos QR u otros recursos que expliquen su contexto histórico. Por ahora representa una paradoja: es el único monumento del malecón que está naciendo, en medio de un corredor donde los demás comienzan a apagarse.
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La rehabilitación prometida: luces y sombras en un proyecto cuestionado

El 29 de junio de 2026, a pocos meses del cierre de la administración estatal y en la antesala del proceso electoral, el secretario de Desarrollo Urbano, Movilidad y Obras Públicas, Bernhard Rehn, anunció el inicio de los trabajos de rehabilitación del malecón. El presupuesto autorizado asciende a casi 12 millones de pesos —el funcionario lo ubicó entre 11.7 y 11.9 millones— y ya fue formalizado mediante un contrato con una empresa campechana con sede en Ciudad del Carmen, cuya razón social no fue dada a conocer.
De acuerdo con la información oficial, la primera etapa contempla la rehabilitación del murete, la trotapista, la ciclovía y las áreas de circulación. También se informó sobre la fabricación de esferas ornamentales que serán colocadas sobre el murete y se precisó que ya existe un primer lote de bolardos, cuyo suministro continuará conforme avancen los tiempos de entrega. Se estima que en aproximadamente un mes estará disponible la mayor parte del material necesario para concluir esta fase. Durante los trabajos habrá cierres parciales por tramos para garantizar la seguridad.
Las primeras cuadrillas comenzaron labores en el área de las Fuentes Danzarinas Poesía del Mar y el Parador Turístico, dos de los puntos más emblemáticos del paseo marítimo. El simbolismo del arranque no pasó inadvertido. Iniciar por los espacios más fotografiados y visitados sugiere una apuesta por el impacto visual inmediato, aunque deja abierta la interrogante de si los tramos más deteriorados, ubicados hacia el sur y el norte del corredor, recibirán la misma atención.
El anuncio despertó entre los campechanos una mezcla de expectativa y desconfianza. Después de años de abandono, la sola noticia de que el malecón recibiría atención oficial generó optimismo. Sin embargo, conforme se conocieron las acciones previstas y la escasa precisión con que fueron explicadas, el entusiasmo dio paso a preguntas cada vez más incómodas. El momento elegido para iniciar las obras —al final de la administración y muy cerca de las elecciones— alimenta las dudas sobre el verdadero alcance de la intervención y su capacidad para dejar resultados duraderos.
Vecinos, comerciantes y deportistas que utilizan diariamente el paseo se preguntan si pintar y reasfaltar bastará para impedir que el mar continúe erosionando el muro de contención. Les preocupa que los trabajos devuelvan brillo al corredor durante unas semanas para después dejarlo, otra vez, a oscuras. La falta de transparencia sobre la empresa contratista y los aspectos técnicos del proyecto no hace sino reforzar ese escepticismo.
El diagnóstico de campo muestra que la intervención anunciada deja fuera los daños más graves. Las losetas de concreto en forma de rombo de la zona peatonal, ubicadas junto al muro marítimo, presentan el mayor deterioro del corredor, con desniveles, grietas profundas y tramos cubiertos de maleza, evidencia de que la base misma del paseo comienza a desplazarse. La pista de tartán, castigada por el sol y el salitre, presenta grietas longitudinales a lo largo de prácticamente todo el recorrido por la ausencia de sellado elástico y reencarpetamiento. En el carril ciclista, la capa superficial del asfalto perdió la emulsión bituminosa y dejó expuesta una grava suelta que vuelve insegura la circulación de bicicletas y aumenta el riesgo de caídas.
El mobiliario urbano agrava este panorama. A lo largo de los 5.4 kilómetros comprendidos entre el Muelle de San Román y el extremo norte, por la avenida Filiberto Qui Farfán, se contabilizaron 505 luminarias, de las cuales 188 están físicamente dañadas. La cifra de luces inservibles es todavía mayor, ya que muchas de las que permanecen intactas tampoco funcionan, dejando extensos tramos en penumbra. En materia de limpieza, apenas existen 43 botes de basura distribuidos a lo largo de todo el recorrido, todos con evidentes signos de desgaste y mal ubicados. La carencia es tal que en algunos puntos se recurrió a tambos improvisados que rompen por completo la imagen urbana. A pesar de ello, la licitación no contempla un programa específico para renovar el mobiliario.
En la zona de Los Cocteleros, los pocos locatarios que permanecen tras el incendio de 2024 observan el ir y venir de funcionarios y contratistas con la esperanza de que alguien atienda los escombros que todavía rodean sus palapas. Hasta ahora, nadie les ha confirmado si la rehabilitación incluirá ese sector o si volverá a quedar fuera de las prioridades oficiales.
La ciudadanía también se pregunta quién dará mantenimiento a lo que ahora se repare. No olvida que las fuentes danzarinas, el Ángel Maya y el parque acuático infantil fueron inaugurados entre 2019 y 2020 y que, apenas unos años después, ya mostraban un deterioro evidente. Esa experiencia reciente alimenta el escepticismo: ¿por qué esta intervención habría de ser distinta? La respuesta oficial sigue sin llegar y, mientras tanto, el proyecto permanece suspendido en un incómodo punto intermedio entre la promesa y la incertidumbre.
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Las preguntas sin responder
• ¿Por qué anuncian una “rehabilitación integral” si las partidas solo cubren unas cuantas obras que no abarcan los problemas estructurales del malecón?
Porque el calificativo de “integral” es un adjetivo gratuito que adorna los boletines administrativos, y lo que alcanza después es la cosmética de banqueta. La integralidad real —aquella que tocaría el esqueleto del malecón y no solo su epidermis— se mide en sexenios, no en partidas.
• ¿Qué problemas graves detectados en el malecón no aparecen en la licitación?
El muro de contención que se hunde, los drenajes colapsados que lo socavan, casi 200 lámparas rotas, cables expuestos, rampas que no llevan a ningún lado, así como el antepecho y murete agrietado en toda su extensión. La intervención atiende lo visible a nivel de piso; lo estructural tendrá que esperar otra ventana presupuestal.
• ¿Qué ocurrirá con las secciones del antepecho y murete que ya colapsaron hacia el mar?
Nada. Los 260 metros de forjado cubren una fracción mínima. Lo que cayó al mar probablemente se quedará allí como escollera involuntaria y recordatorio físico de que el malecón tiene más heridas.
• ¿Cincuenta metros cúbicos de carpeta asfáltica corregirán los desniveles del talud o solo mejorarán la superficie?
Es un curita sobre una fisura en la pared mientras la cimentación sigue cediendo. Corrige la superficie por un tiempo, pero el problema de fondo volverá a manifestarse en cuanto el mar y los drenajes colapsados hagan de las suyas.
• ¿Está contemplada alguna acción para los locales siniestrados de Los Cocteleros?
No. Las estructuras calcinadas desde 2024 siguen en pie con techos colapsados y escombros acumulados. Es un paisaje congelado en espera de otra partida, otra administración y alguien que se decida.
• ¿Cuántos kilómetros recibirán mantenimiento y en qué condiciones quedará el resto del malecón?
SEDUMOP admite que al menos dos kilómetros requieren intervención inmediata. El resto seguirá prestando servicio con sus grietas, hundimientos, registros abiertos y tartán desintegrado. Un traje nuevo para unas cuadras; el resto, con el mismo vestido remendado de hace años.
• ¿Existe una estrategia permanente de mantenimiento para evitar que las obras vuelvan a deteriorarse en pocos años, como ocurrió con las intervenciones de 2019 y 2020?
Si existió para aquellas obras, fue tan discreta que no dejó huella. Nada en el anuncio actual menciona un fondo etiquetado, una brigada permanente o un calendario de revisiones. La garantía, como siempre, queda depositada en la fe de que “esta vez sí será diferente”.
• ¿Dónde está contemplada la señalética digital si la información para los visitantes sigue siendo prácticamente inexistente?
No aparece. La señalética que se licita es vial, irónicamente no es informativa ni turística. El visitante seguirá sin saber qué está viendo, a qué distancia está el siguiente punto de interés o qué especie de ave acaba de cruzar frente a él. Lo digital, como lo estructural, no inaugura.
• ¿Se realizará un dictamen de ingeniería costera o de protección civil sobre el estado estructural del malecón?
No está contemplado en la licitación. Se está pintando y asfaltando sobre una estructura que no ha sido diagnosticada formalmente. El dictamen, si algún día se hace, corre el riesgo de llegar cuando el diagnóstico ya lo haya emitido el mar.
• ¿Dónde está la partida presupuestal para renovar el mobiliario urbano?
No hay. Los 543 bolardos que se instalarán son lo más parecido, pero el resto del mobiliario seguirá siendo ese collage de administraciones pasadas que nadie homologa porque unificar no tiene placa.
• ¿Se resolvió el conflicto de competencias entre el Estado y el Ayuntamiento sobre el mantenimiento del malecón?
No. Es el clásico del urbanismo campechano: mientras uno dice que le toca al otro y el otro responde que no, el malecón sigue sin responsable claro. La rehabilitación puede entregarse impecable, pero si al día siguiente nadie sabe a quién llamar, el ciclo de abandono no se rompió, solo se pospuso.
¿Por qué construyen cosas nuevas si no pueden cuidar las que ya existen?
Porque una escultura nueva lleva placa con el nombre del gobernante en turno; una vieja reparada, no. La memoria histórica no vota, no aplaude ni sale en el noticiero. Construir desde cero es vanidad; conservar, un acto de humildad que la política campechana no se puede permitir.
¿Volveremos a ver a nuestro malecón brillar? ¿O será solo el rostro triste de una ciudad que alguna vez sonrió al salir el sol?

