Inosente Alcudia Sánchez
“Al paso de los días, la selva se fue transfigurando a base de hachas y serruchos que no respetaban tamaño ni edad de sus víctimas frondosas. Los taladores se regaron por todos los rumbos, acompañados siempre por alguno de los lugareños, abriendo brechas y tumbando árboles convertidos luego en trozas y tablas que demandaban carpinteros desde el otro lado del mundo, mucho más allá de los límites de la montaña.
Los animales de carga cedieron su lugar a camiones que sólo podían transitar en temporada de seca y, en lo que llevaban troncos completos o en pedazos, traían el combustible que mantenía vivo el aserradero y las mercancías que aprovisionaban la tienda, donde podíamos gastar en chucherías inútiles las monedas con que cada semana nos pagaba la compañía. Atrás del mostrador hecho a base de retazos de madera roja, estaban globos de distintos colores para adornar fiestas que nunca sucedieron, disfraces que entre el polvo añoraban la alegría de carnavales lejanos, ropa para vestir de domingo a quienes no tenían el sentido de las semanas, collares y adornos inútiles como juguetes para duendes. De golpe, sin decir “agua va”, el progreso se instaló en esa parte del mundo y sus pobladores disfrutamos el dulzor de los refrescos gasificados, del café soluble y de las galletas de animalitos y, aunque nunca nos gustó, en los anaqueles de la tienda siempre había latas de sardinas en salsa de tomate.
La noticia del auge del nuevo pueblo se extendió más allá de la montaña y un día asomó un hombre a pie que fue de casa en casa, igual a como había hecho el gringo Richard, convocando a estrenar la iglesia y a escuchar la palabra del Señor. Curiosos, asistimos todos, niños y adultos, y hasta algunos obreros que andaban en su hora de descanso. En lo que fue la primera misa del pueblo, nos habló del fin del mundo y nos ofreció un cielo distinto al que conocíamos. Aprovechó esa visita para bendecir un pedazo de tierra a las afueras del poblado para que tuviéramos dónde enterrar a nuestros muertos, ya que —dijo— “no era bueno dejarlos donde quiera, si no eran animalitos ni fieras, sino criaturas del Señor”.
Antonio era el nombre del sacerdote que, huyendo igual que muchos de nosotros, se había internado en los montes para alejarse de las amenazas del Santo Oficio, el cual había descubierto en los delirios de su imaginación algunos rasgos demoniacos. Y es que sus sermones eran intensos, tanto que daba gusto verlo hablar de esos lugares donde el alimento caía del cielo o donde los ángeles se desquiciaban abrumados por la carga del bien. Decía que el pecado era el motor de la vida y que sólo la soberbia, cuando inhibe el arrepentimiento, es motivo de perdición.
Al padre Antonio lo acompañaba un chamaco, muy joven, de piel blanca y rostro lampiño como de niña, que lo auxiliaba en los protocolos de la liturgia y, en las noches, una vez que la oscuridad caía sobre la aldea o cuando la luna llena asomaba entre los árboles, armaba un artefacto de cristales con el que el sacerdote espiaba el cielo y él anotaba a ciegas sus balbuceos. Así se quedaban hasta la madrugada, escudriñando el cielo en busca de las señales de santidad que predicaba. “Algún día el hombre irá en pos de Dios –profetizó- y aparatos como el Arca de la Alianza surcarán el tiempo hasta encontrar el rostro luminoso de la divinidad”.
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Gracias a que siempre estaban acompañados por alguno de nosotros, no se extravió ninguno de los jornaleros, y los que no regresaron fue porque los mordió una culebra venenosa o porque no se salvaron de pleitos viejos. A estos muertos los enterrábamos en el monte para recordarlos siempre vivos y ahorrarles lástimas ajenas. Estaba también el caso de los que se tumbaron a descansar a la sombra del chechén y emprendieron sueños tan remotos que les dio flojera retornar, o se enredaron con distintas alucinaciones y confundieron la ruta para despertar. A estos les prendíamos lumbre, no fuera ser que se les ocurriera resucitar ya engusanados o en los puros huesos.
Así que durante mucho tiempo nadie usó el solar del cementerio para evitar evocaciones imprudentes que alentaran afanes de venganza en los deudos, malos recuerdos a los homicidas involuntarios o, en el peor de los casos, vergüenzas de más al finado. Además, la mayoría de los que se quedaron en el monte no tenían ni quien los llorara, así que el gringo Richard anotaba en una libreta el nombre con el que se le conoció, una descripción con los recuerdos del finado, las supuestas causas del fallecimiento y el mapa con el lugar aproximado de su entierro, por si algún interesado llegara a preguntar.
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Entretenidos en la tolvanera del progreso, ni cuenta nos dimos de que la selva enflaqueció. Durante años, cercenamos sin piedad a los más antiguos habitantes de esta tierra —porque yo sé que antes que gente, antes que todo, aquí sólo había árboles y bajo su sombra fue que crecimos plantas y animales—, hasta que no hubo qué darle de comer al aserradero y enmudeció su rugir de engranes y cuchillas. Entonces, sin hacer alharaca, como si se tratara de una rutina, el gringo Richard nos reunió en la iglesia a los pobladores originales —mujeres y varones, niños y adultos— y dio a conocer su retirada: se iban a otra parte y nos dejaban todo: las casas, la iglesia, el sanatorio; dijo que los caminos habían sido una enorme inversión y eran un regalo que nos dejaban los anónimos dueños de la empresa; que en esos pocos años nos habían civilizado, enseñado a trabajar, y eso no tenía precio; también, nos donaban el aserradero por si queríamos seguir con el negocio, al fin que nosotros éramos los dueños del monte y estaba de moda aquello de “la tierra es de quien la trabaja”. La tienda no nos la regalaban, porque era de don Elías y él nos seguiría surtiendo de abarrotes; que éramos ricos, aunque no lo supiéramos.
No se llevaba nada, aseguró resoplando Richard, porque a él le gustaba empezar de cero y sentir la satisfacción que sólo disfrutan muy pocos, los que son capaces de cambiarle la cara al mundo. Así que ahí viéramos qué hacer con los montones de herramientas y cachivaches que quedaban en las bodegas —y en las casas que con urgencia desalojaban obreros y taladores—.
Nunca pudimos comprobar si la bolsita con monedas que nos entregó a cada uno era la justa paga por haberle prestado, nos agradeció, un pedazo de suelo para que se asentaran. Nos trató bien, hasta con benevolencia diría yo, a pesar de que en ocasiones escuchamos hablar de su mal carácter y de que traía en la conciencia más muertes que una epidemia. Y por eso, quizás, su partida nos dejó un vacío, un hueco que nos llevó tiempo cubrir, como los que dejaron los árboles abatidos en la espesura.
Al cabo de una semana no quedó ninguno de los trabajadores en el pueblo. Sólo don Elías, el tendero, aguantó un tiempo más hasta vaciar los anaqueles de su almacén. Salió apurado en su mula porque amenazaban las lluvias, cargado de monedas que era lo único que le serviría a donde iba. Se despidió casa por casa, agradeciendo la hospitalidad y lo buenas personas que fuimos con él, desapegados del maldito dinero y no como otros tacaños que no comían plátano por no tirar la cáscara, y nos regaló los costales vacíos, que antes nos vendía, para que envasáramos nuestras futuras cosechas.
Los últimos trabajadores se habían ido al clarear un día de principios de abril. Iban levantando más mariposas que polvo en el camino blanco, con las mismas risas y el entusiasmo impecable de cuando llegaron, porque los trashumantes no pueden permitirse el disfrute de la añoranza. Iban cargados de cotorros tan inteligentes que podías platicar con ellos como con un adulto, de tucanes que deslumbraban con sus magníficos picos de colores, de mapaches que obedecían mejor que sabuesos viejos, de desconocidos insectos conservados en alcohol, de flores exóticas que los ayudaron a recordar sus amadas ausencias.
Richard, el gringo de panza descomunal, hizo lo mismo que en sus previos adioses: cargó con una niña de catorce años, a la que había hecho su ahijada, para mostrar –dijo- cómo eran los naturales de estos rumbos y contribuir a la felicidad del mundo resolviéndole la vida, por lo menos, a esa criaturita de Dios”.


