17 abril, 2026

Me siento muy herido… – Así nos vemos

Edgar Prz

El pasado viernes 14 de marzo, desde su rancho “La Chingada”, López Obrador rompió el silencio y no solo eso, sino que pasó por alto, otra vez, una máxima de la política mexicana: “el respeto al guardar silencio”. Los expresidentes tienen un código no escrito: evitan hacer declaraciones para no entrometerse en asuntos internos. Son reglas no escritas, pero que han sido respetadas y eso ha permitido evitar infinidad de problemas para el presidente en turno. Esta regla también bajó a los estados y todos la han respetado.

López Obrador no solo insiste en seguir siendo primer actor, sino en demostrar que aún conserva, controla y domina los hilos de la política mexicana. Los últimos acontecimientos así lo reflejan: aún le profesan fidelidad los coordinadores de la Cámara de Diputados y de Senadores, además de la mayoría de los personajes de primer nivel del gabinete actual, y esto es lo que ha fragmentado y retrasado el establecimiento del “estilo personal de gobernar” de Claudia Sheinbaum. López escoge los momentos exactos y parece dictar, desde Palenque, los pasos a seguir; da las indicaciones y sus “súbditos” las acatan sin ningún reparo.

Escribió en sus redes sociales: “Me siento muy herido por lo que le pasa al pueblo de Cuba”. Recordemos que desde hace muchos años Estados Unidos y otros países establecieron un bloqueo comercial contra la isla, la mayor de las Antillas. Es un bloqueo que no permite una fluidez económica, lo que ha impedido su crecimiento. Con la llegada de Trump se agravaron las cosas: aumentó la intensidad del bloqueo y se pidió a países petroleros como Venezuela y México que dejaran de proveer ese insumo. Su fuente de abastecimiento incluía a Rusia y a Irán; este último, al igual que Venezuela, ha sufrido severas sanciones que incluyeron bombardeos, destrucción y desestabilización de sus gobiernos.

México insistió y Trump lo reprendió, amagándolo con un incremento mayor en el cobro de aranceles. Se difundieron los envíos de petróleo a Cuba y eso enardeció y causó molestia entre el pueblo mexicano, ya que el país se había convertido en “farol de la calle y oscuridad en la casa”. El apoyo de petróleo lo sustituyeron estos últimos días con ayuda humanitaria: víveres, agua, medicamentos, granos y otros. El gobierno mexicano tuvo que ceder para no tensar las relaciones bilaterales con Trump; recordemos lo que decían hace algunos años: “Si a los Estados Unidos les da gripa, de inmediato México tendrá calentura”.

Trump se refiere a la presidenta Claudia como una mujer admirable, inteligente, pero temerosa, y ha ido más a fondo al sugerir que en México gobiernan los cárteles de la droga. La presidenta apela a tener una buena relación con su vecino del norte, al respeto a la soberanía y a la no intromisión. Esto refleja que las relaciones están bajo amenaza y no atraviesan su mejor momento. Por ello, la ruptura del silencio de López Obrador no abona a una relación más cordial; por el contrario, atiza el fuego y los pocos logros alcanzados hasta hoy podrían verse en riesgo si enfurece la postura de Trump.

Es humanitario el grito de Obrador; es justo el reclamo de apoyo. Lo que no es válido es que sea él quien salga al frente, menos en estos momentos en que México atraviesa serios problemas económicos, y que le ponga presión a la presidenta en cuestión de diplomacia. No podemos obviar, cerrar los ojos y negar nuestra dependencia con el país vecino; no podemos ver la paja en el ojo ajeno y lamentarnos.

Si las condiciones económicas y el desarrollo fueran integrales y equitativos, ayudar sería humano; pero México presenta serias deficiencias, verdaderas lagunas de disparidad. Hay varios estados que acarician la pobreza extrema; hay grupos vulnerables que no son atendidos como se debe, solo se les obsequian donativos que al final son paliativos instantáneos. México requiere seriedad en su diplomacia, respeto a su gente y, antes de cualquier apoyo externo o de aparentar ser magnánimo y generoso, hay que atender lo interno, lo local, lo nuestro.

Obrador expone una realidad y recuerda al Tata Lázaro Cárdenas; da un número de cuenta de Banorte, de una asociación civil, Humanidad con América Latina. Dice que ve con tristeza que se quiera exterminar a este pueblo. Ahora sí le ganó la nostalgia, lo invadió la tristeza, y cabe preguntar: ¿por qué cuando estuvo en el poder extinguió los fideicomisos que servían para ayudar a damnificados y clases desprotegidas? ¿Por qué, en lugar de pedir, no dona “alguito” de lo que tiene? ¿Por qué insiste en dejar ver que el aroma del poder lo tiene hipnotizado y enfermo?

Hay varias interrogantes que surgieron y deben ser aclaradas. El sistema financiero y la UIF deberían verificar el origen de los donativos y cuál sería el destino verdadero de esos recursos. La idea de ayuda no es mala; solo hay que redirigirla con transparencia, para evitar sorpresas, ¿no lo cree usted?

Mejor seguiré caminando y cantando: “Sé que aún me queda una oportunidad, sé que aún no es tarde para recapacitar, sé que nuestro amor es verdadero y con los años que me quedan por vivir demostraré cuánto te quiero…”

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