Edgar Prz
El pasado miércoles por la noche, la gente le dio una lección de justicia a la autoridad. Cansada de tanta impunidad, tanto olvido, tanta lentitud en resolver controversias, en permitir desmanes, arbitrariedades, en hacerse de la vista gorda mientras el cielo se cae a pedazos…
La respuesta de la turba enardecida, de la gente a la menor provocación, nos indica que el pueblo ya no confía en nadie; hemos arribado a lo que los psicólogos llaman “pérdida de confianza”. Hay un vacío, hay voces que reclaman, que piden atención a gritos, que parecen decirle a las autoridades: psst, psst, voltea a verme, de favor hazme caso, deja de tejer arañas, deja de ignorarme.
La catarsis colectiva solo requiere de una pequeña chispa, de un minúsculo incidente para manifestarse, para soltarse el chongo, para sacar el “fua” interno, el desfogue, la irreverencia, y el mejor ejemplo es lo sucedido con el cubano.
Esto da inicio por la mordida de un perro y la obstinación del joven de saber si el perro estaba vacunado. Pregunta a una mujer que estaba jugando con su celular, una, dos, tres veces la misma interrogante y no recibe ninguna respuesta, hasta que sale un hombre corpulento y le recrimina. Insiste con la misma pregunta y al final lo único que obtiene es una agresión física; lo golpean y algunos vecinos, como buenos samaritanos, intervienen. Se grabó el incidente y ese asunto, que podría ser trivial, se convirtió en el “Waterloo” del cubano.
Suben el video a las redes sociales y rápido se viraliza, contagia el enojo, la impotencia, la sed de venganza y, en un par de horas, a una simple convocatoria, la gente ya estaba arremolinándose frente a la casa del cubano.
Piedras, latas, palos, todos los objetos encontrados eran tirados a la fachada de la casa, que estaba resguardada por protectores en la puerta y las ventanas. Le rompieron los vidrios; el portón del garaje, con los embates de una motocicleta, fue roto; los gritos, los reclamos, las mentadas de madre eran en mayor cantidad que las piedras. Para esto ya la muchedumbre era significativa; llegaron patrullas con policías municipales, Guardia Civil, y parecía que solo fueron a mirar. La gente no tuvo respeto a los uniformes; clamaban sangre, venganza, sacaron gritos racistas, clasistas, es más, hasta el tema del hambre y el envío de petróleo y víveres hacia la isla. Parecía que el odio aumentaba muy rápido, los decibeles de los gritos ya habían espantado a los vecinos.
Había voces que exigían castigo: “Vamos a lincharlo”; otros: “Hay que entrar a sacarlo”. No había un parámetro que midiera el ambiente que se había generado. Los desmanes ya eran parte de una postal que me remite a la excelsa obra de García Lorca, aquel episodio donde la turba frenética, agobiada por tantas injusticias, violaciones y abusos, entra a la Casa de la Encomienda. Laurencia da el discurso que enciende todo, entra y les grita cobardes a los hombres por no defender a las mujeres del pueblo. Todos participan, matan al Comendador a golpes para que no haya un culpable único.
Los Reyes Católicos mandan un juez, quien tortura a todo el pueblo. Les pregunta: ¿Quién mató al Comendador? Y la respuesta siempre es la misma, todos gritan: “Fuente Ovejuna, señor”. ¿Y quién es Fuente Ovejuna? Todos a una. Aquí, como en el caso del cubano, no hay un protagonista, es el pueblo quien pretende ejercer justicia. La frase icónica “Fuente Ovejuna, todos a una” manifiesta un grito de resistencia colectiva contra el abuso del poder. Esto pasa cuando un pueblo está harto, se une y asume la responsabilidad junto.
Fue una lección muy dura lo acontecido, son focos rojos en donde la autoridad tiene que dejar su inercia, su vedetismo, su cofradía, su zona de confort y ponerse a gobernar. La zona centro de Cancún, parte del casco antiguo, está saturada de cubanos quienes hacen y deshacen, no hay respeto ni moralidad. Una cosa es darles posada y otra que se tomen atribuciones que ni los locales toman.
Este llamado de alerta no es aislado, no es en solitario, las cosas están difíciles en la calle y quien debe imponer orden y respeto tiene miedo o está coludido. Entonces, ¿en qué país vivimos? Lo que inició como un asunto trivial ha desencadenado en cárcel y hasta Migración ha intervenido. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, ¿no lo cree usted?
Todo inició con la actuación de “Firulais”, quien solo se regocijaba y sonreía a lo lejos, tímidamente…
Mejor seguiré caminando y cantando: “Me voy pa’ La Habana y no vuelvo más, estos mexicanos me van a matar. Me voy pa’ La Habana y no vuelvo más…”





