José Bonilla | Purple Hat Coders
MÉRIDA.– Si una empresa vende tu información médica a una aseguradora, si tu banco comparte tu historial de compras con terceros sin avisarte, si una app que descargaste hace dos años sigue usando tus datos mucho después de que la borraste, antes tenías a dónde ir a quejarte. Desde 2024, ese lugar dejó de existir. El Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales fue eliminado por decreto y sus funciones absorbidas por una secretaría que depende directamente del Ejecutivo federal. Para efectos prácticos, México quedó sin árbitro independiente que proteja los datos de sus ciudadanos.
La Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares sigue vigente en el papel. Pero una ley sin órgano que la aplique es solo texto. Las empresas que recopilan datos de usuarios en México (desde grandes plataformas digitales hasta la clínica de la colonia que escanea tu credencial sin aviso de privacidad) operan hoy en un vacío regulatorio que, en la práctica, yo considero que es una invitación a hacer lo que quieran sin consecuencias reales.
Bajo mi perspectiva, para un ciudadano en Mérida esto se traduce en opciones que son casi ninguna: quejarse ante la Profeco, que no tiene competencia real en la materia, o contratar un abogado para litigar individualmente contra una empresa con más recursos legales que tú. Las filtraciones de bases de datos gubernamentales (el padrón del IMSS, registros del SAT, listas de beneficiarios de programas sociales) que en México ocurren con una frecuencia que ya no sorprende a nadie, ahora enfrentan aún menos rendición de cuentas que antes.
Lo que se perdió con el INAI no es un trámite burocrático ni una institución más del gobierno. Es el único mecanismo formal que existía para que un ciudadano común pudiera exigirle a una empresa o a una dependencia pública que respondiera por sus datos. Sin eso, la protección de tu información personal depende de la buena voluntad de quienes la tienen, y la historia reciente sugiere que esa no es una apuesta ganadora.
Mientras no exista un órgano autónomo con dientes reales, mi recomendación práctica es: leer los avisos de privacidad antes de aceptarlos, limitar los datos que se comparten con apps y servicios, y asumir que cualquier información que entregues a una plataforma puede terminar en manos equivocadas.


