Inosente Alcudia Sánchez
Supongo que la migración es casi una condición humana, inevitable. Recuerdo que un día, mi hermana menor le preguntó a mamá por qué se iban o no se quedaban en casa, con nosotros, nuestros hermanos mayores. La respuesta fue geométrica: “no entraríamos todos”. Así que, hasta por cuestiones de espacio, los humanos tendemos a migrar. Desde que guardo memoria, mis hermanos migraron del hogar familiar. La razón era educativa. Mis padres confiaban en la educación como la herramienta que nos ayudara a escapar de los mosquiteros en los que nacimos. Se trataba de vencer aquel aforismo de que “origen es destino”. Así, gradualmente, nos esparcimos a distintas partes del orbe. Somos una familia de migrantes. Muchos descendientes de mis padres caminan hoy por las avenidas de grandes urbes de diversos países o han asentado su residencia en varios estados de nuestro país, lejos de los montes donde empezó todo.
La migración tiene sus costos afectivos. En mi niñez, yo añoraba la presencia de mis hermanos. Regresaban en las vacaciones escolares a la casa que estaba a la vera del río y yo era feliz durante su estancia, que siempre me parecía una fiesta demasiado breve. En el aislamiento a que nos obligaban los pantanos, pasábamos los días añorando a los parientes lejanos y alegrándonos, a veces, con la entrega de una carta que vencía la distancia para traernos noticias atrasadas de mis hermanos. Quizás el tiempo transcurría a otro ritmo en aquellas soledades y las epístolas llegaban con un desfase parecido a las noticias que leía en las páginas de los viejos periódicos con que envolvían en la tienda las galletas de animalitos.
La migración es una dualidad que tiene mucho de esperanza, pero, también, de una carga inevitable de tristeza. Imagino la fuga hacia delante de mis abuelos y no puedo despojarme de la épica que significó dejar atrás, para siempre, sus ombligos y sus muertos, sus querencias y sus dolores. Quizás fue un viaje que desafiaba al azar, o una huida de supervivencia, en todo caso una travesía hacia lo incierto, lo desconocido. De alguna manera, somos muchos los que hemos estado en alguna de las dos caras de la experiencia migrante: en la añoranza por el ser querido ausente, o en la emoción que combina el miedo y el asombro de quien emprende la aventura. Somos una especie que no ha abandonado su condición nómada, esa marca trashumante que acarreamos en los genes.
La vida es un ir y venir de trotamundos: millones y millones de Ulises dispuestos a sufrir la lejanía de seres queridos, a enfrentar las barreras del idioma; a someterse a las reglas desconocidas de comunidades extrañas; a resistir el rechazo social, la soledad, la preocupación, la zozobra ante lo incierto de lo nuevo. Un día nativo y otro día foráneo, acaso todos fuimos expulsados del Edén, todos participamos en la edificación de la Torre de Babel, todos descendemos de la promesa de Abraham, todos padecemos del virus errante que infectó a nuestros ancestros. El derecho a migrar, por la razón que sea, es un primerísimo derecho humano.
Yo desembarqué en Campeche la calurosa noche de un domingo de julio de 1984. Después de una infancia y adolescencia errantes, la entonces sombría ciudad amurallada me recibió con la amabilidad cosmopolita de los puertos abiertos al mundo. Era el inicio de una aventura definitiva en mi vida, el viaje en pos del sueño universitario. Era el arribo a mi Ítaca, aunque pasarían muchos años para que lo comprendiera: el tiempo justo para dejar de ser un foráneo, un migrante, y confundirme con los parroquianos que bolean sus zapatos en el parque del centro, se guarecen del sol en El Rincón y aguardan con nostalgia y ansiedad el retorno del hijo ausente, migrante.
(México es un país en el que coexisten diversos flujos de migración internacional: emigración de connacionales [principalmente a Estados Unidos], migración de retorno, migración de tránsito e inmigración y refugio. Si bien entre 2020 y 2024 la proyección del saldo neto migratorio presenta valores inferiores [117 mil en promedio anual] a los del promedio anual de la década pasada [172 mil], persiste la pérdida de población por migración internacional. PROGRAMA NACIONAL DE POBLACIÓN 2026-2030)


