Edgar Prz
Hace algunos años un compadre me dijo: “En este pueblo se están muriendo muchos que no se habían muerto antes”. Cuánta razón tenía, casi todos los días te sorprende la noticia del fallecimiento de algún amigo, conocido, familiar o simplemente vecino del lugar. De inmediato te invade la nostalgia y tu mente inicia un viaje retrospectivo en donde ubica lugares, charlas, encuentros con el difunto.
El primer ejercicio es recordar dónde lo encontraste la última vez, ¿lo saludaste o lo viste de lejos? La mente es susceptible de olvidar, pero el corazón no, más si hubo una relación afectiva, con respeto, pero amigable. Te inundan los pasajes de su vida: si jugaba algún deporte, quiénes eran sus íntimos, en qué trabajaba y mil cosas que saca tu mente a relucir.
Morirse en estos tiempos de crisis es cuestión de valentía, ya que se inicia una larga cadena de problemas: desde el pago del hospital, el precio del ataúd, si se va a enterrar o cremar, todo tiene un costo. La velación, la renta del toldo (en el pueblo ver un toldo en la calle y que esté cerrado al tráfico vehicular es síntoma de un velorio), renta de mesas, sillas, café, vasos, servilletas, pan, galletas, jamón, queso, pan para sándwiches, veladoras, flores, pago de las rezadoras, refrescos, hielo… un rosario de gastos que el lindo difunto nunca previó; él jaló discretamente y se murió. La friega es para la viuda y los hijos, muy pocos prevén estos gastos.
Los mexicanos son así: espontáneos, frescos, disimulados, valemadristas, todo se soluciona a la última hora. Les da pánico ser previsores y más en el aspecto funerario; lo primero que te dicen: “¿Ya te quieres morir? Es de mala suerte anticipar eso”. Cuidadito lo hagas, esa es la mentalidad que sale a relucir.
Hay temporadas en que la actividad funeraria se dispara; los meses de septiembre y octubre, preámbulo de las festividades de los “Fieles Difuntos”, aumentan las estadísticas y todos dicen: este año el difunto que acaba de morir no bajará del inframundo, le tocará ser vigilante, centinela, cuidador; debe hacer méritos para que venga y sea comensal el próximo año. Son las tradiciones de la gente, aún perduran esos criterios y se siguen conservando al paso de los años.
El gobierno debería poner funerarias municipales; eso abarataría los costos y ayudaría muchísimo a la gente, es algo que inevitablemente todos tendremos que padecer. Si el gobierno es dueño de los panteones, ¿por qué le deja a los particulares el manejo de toda la travesía que sufren los difuntos? Muchos hacen su negocio, lucran con el dolor ajeno y la autoridad complaciente recibe un diezmo y se hace de la vista gorda.
Son temas que no pierden actualidad, son cotidianos y las autoridades del sector salud nunca se aparecen, y los panteones están terribles: son foco de infecciones, llenos de inmundicias, basura, hierba, a oscuras, mal planeados los accesos, en fin, un laberinto de problemas. Olvidaba que se paga una contribución al erario municipal para que te asignen un pedacito de tierra.
El pago solo incluye el espacio para tu sepulcro, nunca lo limpian, solo para finados; no hay recolección de basura, hay charcos de agua, moscos, contagios de enfermedades y surge la pregunta: ¿dónde andará el regidor comisionado en mercados y panteones? ¿Será que nunca se ha muerto alguno de sus familiares y no conoce las condiciones reales del cementerio? Esta postal que narro es un denominador común en todos los municipios.
El panteón no debería ser el último lugar en limpiar y en atender, ya que todos algún día seremos huéspedes de ese espacio, entonces ¿qué sigue?
Vaya, pues, un agradecimiento por su amistad a grandes amigos que en los últimos días se han adelantado; su cita con el destino fue impostergable, sus decesos causaron sorpresa y de inmediato surgieron los comentarios. La vida sabemos cuándo se inicia, pero no cuándo se acaba. Es una incertidumbre constante y hay que acostumbrarse a vivir con ella. Hace poco partieron mi hermano Roger, los amigos Pepe Jara, Marcos Vega, Osvalito, el compadre Narciso y apenas Alfonso Fuentes, el profesor Venado, quien no soportó la soledad y fue al encuentro de su amada esposa Margarita Villanueva. Excelentes amigos con los que compartimos hermosos pasajes de la vida.
Descansen en paz…
Mejor seguiré caminando y cantando del poeta Nicolás Guillén: “De qué callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera yo muriendo. Quién le dijo que yo era siempre risa, nunca llanto, como si fuera la primavera y yo muriendo, yo muriendo”…







