Gerardo Ruiz
No soy tan apasionado del fútbol. Lo que realmente me apasiona es la estadística y la probabilidad. Por eso, el Mundial de 2026 representa mucho más que un torneo deportivo: es un enorme experimento matemático.
La expansión de 32 a 48 selecciones amplía el universo de posibilidades. Cuando aumenta el número de participantes, no solo hay más equipos y más partidos; también crecen las combinaciones, los cruces posibles y la probabilidad de que ocurran resultados que antes parecían improbables.
El campeón únicamente disputará ocho partidos, pero su historia se construirá dentro de un torneo de 104 encuentros. Cada resultado modifica el siguiente cruce, altera el árbol de posibilidades y redefine el camino hacia el título. Un solo gol, un empate inesperado o una tanda de penales pueden cambiar el destino de varias selecciones al mismo tiempo.
Desde una perspectiva estadística, el nuevo formato modifica varios elementos. Hay más partidos y más selecciones tienen la oportunidad de alcanzar las fases de eliminación directa; un solo buen encuentro puede llevar a una selección de nivel medio mucho más lejos que en ediciones anteriores y, por lo tanto, las probabilidades de que aparezcan sorpresas aumentan, y cada resultado reescribe el camino hacia la Copa del Mundo.
Pero yo iría un paso más allá. Hablaría de un multiverso de probabilidades y posibilidades. Cada selección representa un universo propio: once jugadores, un cuerpo técnico, una estrategia, un estado físico y emocional, una historia y una forma distinta de entender el juego. Cuando un universo se enfrenta a otro, nace uno nuevo. Cada partido crea un escenario irrepetible y, al repetirse ese fenómeno a lo largo de 104 encuentros, el Mundial se convierte en un auténtico multiverso de posibilidades.
Como prueba de ello, basta un ejemplo. Con el formato anterior de 32 selecciones, México ya habría quedado eliminado. El partido que hoy le permitió seguir soñando simplemente no habría existido.
Al mismo tiempo, una selección históricamente poderosa como Alemania quedó eliminada antes de lo esperado, a pesar de haber sido una de las más goleadoras del torneo. En un sistema de eliminación directa, los goles acumulados ayudan a explicar el desempeño, pero no garantizan la permanencia. Basta una mala tarde, un penal fallado o una extraordinaria actuación del rival para que una de las favoritas quede fuera de la competencia.
No cambió el talento de los futbolistas; cambió el sistema y, con él, las oportunidades para escribir una historia diferente. La estadística ayuda a entender el comportamiento de un sistema, pero no garantiza el resultado de un evento individual. Por eso existen las probabilidades: no para predecir el futuro con absoluta certeza, sino para comprender qué tan posible es que ocurra.
La pregunta es si incorporar más selecciones elevará la competitividad del fútbol mundial al brindar mayor experiencia internacional a países que antes rara vez llegaban a esta instancia o si, por el contrario, reducirá el nivel promedio del torneo. Esa respuesta solo podrá construirse con datos después de varias Copas del Mundo disputadas bajo este formato.
Como aficionado a la estadística y a la probabilidad, sigo este Mundial con un interés distinto al de muchos. Más que buscar un favorito, observo cómo un simple cambio en las reglas modifica el comportamiento de todo un sistema.
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, verías que las probabilidades no determinan quién será campeón; únicamente nos recuerdan que, cuando cambian las oportunidades, también puede cambiar la historia.
Sí, las probabilidades quizá no estén a nuestro favor… pero ¿y si esta vez sí sucede?
¿Y si sí?
¡Vamos, México!
Mientras la probabilidad y estadística hacen su trabajo, la historia y el destino del Mundial 2026 termina por escribirse en la cancha.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

