Por el Abogado Luis Esquiel
Hay momentos en la vida de un país que duran apenas unos minutos, pero dejan al descubierto una realidad que muchos se han empeñado en ocultar durante años. Así ocurrió después del triunfo de la Selección Mexicana frente a Corea del Sur. Bastó un gol y el silbatazo final para que millones de mexicanos salieran a las calles, se abrazaran sin preguntar por quién votaron, sin importar su condición económica, su religión o su ideología. Por unas horas desaparecieron las etiquetas y volvió a aparecer el verdadero México: el de la alegría compartida, la solidaridad espontánea y el orgullo de pertenecer a una misma nación.
Ese momento dejó una lección que va mucho más allá del futbol.
Durante los últimos ocho años hemos vivido un letargo social y político alimentado por un discurso que, lejos de construir unidad, ha privilegiado la confrontación. Se ha normalizado dividir al país entre buenos y malos, entre quienes apoyan al gobierno y quienes lo cuestionan, entre “el pueblo” y quienes supuestamente no forman parte de él. Esa lógica empobrece la vida pública porque convierte al adversario en enemigo y sustituye el debate por la descalificación.
Sin embargo, el futbol recordó algo que nunca debimos olvidar: los mexicanos somos uno solo.
No somos un país condenado al enfrentamiento permanente. No vivimos buscando razones para odiarnos. Cuando las circunstancias lo permiten, demostramos que sabemos convivir, celebrar juntos y recibir al mundo con hospitalidad. Esa capacidad de unión no nació con ningún gobierno ni pertenece a ningún partido político; forma parte de nuestra identidad nacional.
También conviene poner los pies sobre la tierra. Quienes seguimos el futbol sabemos perfectamente cuáles son las limitaciones de nuestra selección. No tenemos un equipo que inspire absoluta confianza ni un proyecto deportivo que transmita continuidad. El partido estuvo lejos de ser brillante. Se observó un conjunto cauteloso, nervioso por momentos, con pocas ideas ofensivas, recurriendo a pelotazos y sacrificio defensivo. El gol llegó en una jugada favorable y el portero terminó siendo el gran héroe del encuentro.
No conquistamos la Copa del Mundo. Ganamos un partido. Y, sin embargo, la celebración fue inmensa. ¿Por qué?
Porque la victoria deportiva terminó representando algo mucho más profundo: la necesidad de los mexicanos de reencontrarnos después de años de desencuentros políticos y sociales.
Esa alegría colectiva demostró que el país real es muy distinto al que con frecuencia describen algunos discursos oficiales y opositores. México no es únicamente violencia, corrupción, polarización o desesperanza. También es trabajo, esfuerzo, solidaridad, creatividad y una enorme capacidad para salir adelante aun en medio de las dificultades.
El mundo volvió a mirar a un pueblo alegre, hospitalario y unido.
Esa imagen vale mucho más que cualquier campaña publicitaria.
Pero mientras la sociedad demuestra que sabe reencontrarse, la política parece empeñada en profundizar las divisiones.
Existe una práctica cada vez más recurrente en el discurso gubernamental: responder a toda crítica con comparaciones constantes al pasado. Cada vez que se señalan errores de la administración actual, la respuesta suele ser la misma: “antes era peor”. Cada cuestionamiento termina convertido en una comparación histórica.
Ese razonamiento no resuelve los problemas presentes.
Nadie niega que en el pasado existieron corrupción, abusos, impunidad y decisiones equivocadas. La historia de México está llena de episodios que merecen ser criticados. Precisamente por ello millones de ciudadanos votaron por una opción que prometía hacer las cosas de manera distinta.
La promesa nunca fue parecerse al pasado. La promesa fue superarlo.
Cuando un gobierno utiliza permanentemente los errores de administraciones anteriores para justificar sus propias deficiencias, termina cayendo en una contradicción evidente. Si aquello era inaceptable ayer, también debe serlo hoy. Si antes se condenaban ciertas prácticas, hoy no pueden relativizarse simplemente porque quien gobierna es otro.
La comparación permanente no sustituye la rendición de cuentas.
La responsabilidad política es personal e intransferible. Cada administración debe responder por sus decisiones, por sus resultados y también por sus omisiones. Gobernar implica resolver los problemas actuales, no administrar explicaciones sobre los errores de otros.
La legitimidad democrática tampoco se agota el día de la elección.
Las urnas otorgan legalidad para ejercer el poder, pero la legitimidad se construye todos los días con resultados, instituciones sólidas, respeto a la ley, diálogo con quienes piensan distinto y capacidad para corregir cuando las circunstancias lo exigen.
Un gobierno verdaderamente fuerte no necesita buscar culpables cada mañana. Necesita ofrecer soluciones cada día.
México no puede vivir atrapado en una discusión interminable entre el ayer y el presente. Los ciudadanos enfrentan problemas concretos que requieren respuestas concretas: seguridad, crecimiento económico, acceso a la salud, educación de calidad, certeza jurídica y oportunidades para las nuevas generaciones.
Las familias no viven de narrativas. Viven de resultados.
El país necesita menos confrontación y más acuerdos. Menos propaganda y más políticas públicas eficaces. Menos descalificaciones y mayor capacidad para escuchar. Gobernar para todos significa entender que la diversidad política no es una amenaza, sino una característica natural de toda democracia.
El gol frente a Corea del Sur nos recordó una verdad sencilla pero poderosa: cuando dejamos de lado las diferencias, los mexicanos sabemos caminar juntos. Esa misma voluntad colectiva debería reflejarse en la vida pública.
Porque el México que salió a celebrar a las calles no preguntó por colores partidistas.
Preguntó dónde estaba la fiesta. Ese es el país que vale la pena recuperar.
Un México donde nadie tenga que pensar igual para ser respetado; donde la crítica no sea considerada una traición; donde el gobierno gobierne para todos y no únicamente para quienes coinciden con su proyecto político.
Después de ocho años de discursos que con frecuencia han privilegiado la confrontación, quizá ha llegado el momento de despertar del letargo y recordar una verdad elemental: México será más fuerte cuando entienda que ningún partido, ningún gobierno y ningún líder está por encima de la nación.
Porque al final del día, más allá de las diferencias políticas, todos defendemos la misma bandera, compartimos la misma historia y tenemos la misma responsabilidad: construir un país unido, libre y con oportunidades para todos.

