6 septiembre, 2026

Palizada: donde el río guarda secretos y el tiempo decidió quedarse a vivir

Entre techos franceses, sabores campechanos y una selva que ruge de noche, este Pueblo Mágico parece una postal olvidada donde la historia, la naturaleza y la alegría de sus habitantes navegan juntas 

Sergio Masté

Hay lugares que no necesitan gritar para llamar la atención. Palizada es uno de ellos. Escondido a orillas del río que lleva su mismo nombre, cerca de la frontera entre Campeche y Tabasco, este pequeño Pueblo Mágico parece haberle pedido permiso al calendario para quedarse detenido en otra época, donde las casas de colores con techos de teja roja, los portales antiguos y el canto de las aves cuentan historias de siglos pasados.

Pero que nadie se confunda: Palizada no está dormido, simplemente tiene otro ritmo. Aquí el tiempo camina despacio, acompañado por el sonido del agua, el aroma del mango y el chocolate, y los curiosos visitantes que llegan buscando una aventura distinta. Eso sí, hay que andar con cuidado: en este pueblo los habitantes más famosos no siempre son humanos; los cocodrilos, manatíes, tortugas y peces también tienen su propia agenda turística y suelen aparecer para recordar quién manda en el río.

Palo de tinte, recurso valioso

La historia de Palizada nació del comercio y de la madera. Durante la época colonial, su puerto cobró importancia por la exportación del Palo de Tinte hacia Europa, un recurso tan valioso que los barcos regresaban cargados de mercancías, entre ellas las famosas tejas de Marsella, Francia, que originalmente servían como lastre en las embarcaciones y terminaron convirtiéndose en el sello arquitectónico del pueblo.

Así surgió una curiosa mezcla: techos franceses, calles mexicanas y una selva campechana como escenario. Mientras otros lugares presumen edificios modernos, Palizada presume casas antiguas que parecen decir: “aquí seguimos de pie”. Decenas de viviendas conservan sus paredes blancas y tejados rojizos, una postal que le dio identidad y encanto a su Centro Histórico.

El recorrido por sus calles también es un viaje por los sentidos. En el mercado municipal, una construcción de estilo porfiriano con hermosos arcos, se mezclan los aromas del pejelagarto asado, los tamales colados, el atole de maíz nuevo, la cochinita pibil, los panuchos y las empanadas. Afuera, los vendedores ofrecen pescado fresco y productos de la región, mientras los habitantes reciben a los visitantes con esa hospitalidad que no aparece en los mapas turísticos, pero sí en la memoria.

Ecosistemas únicos

En el Parque Benito Juárez, corazón de la comunidad, la marimba y la música local acompañan las tardes bajo los portales, mientras los visitantes buscan refrescarse con los tradicionales helados de la “Perla de los Ríos”. Y cuando cae la noche, el malecón cambia de rostro: las luces iluminan el río y la réplica de la Estatua de la Libertad recuerda la influencia histórica y cultural que llegó desde otros continentes.

Rodeado por ecosistemas únicos y cercano a los humedales de la Reserva de la Biosfera Pantanos de Centla, Palizada ofrece recorridos en lancha donde la naturaleza se convierte en protagonista. Entre manglares y cuerpos de agua habitan cientos de especies vegetales y animales que hacen de esta región un santuario para quienes buscan contacto con la vida silvestre.

La aventura también pasa por la mesa. El pejelagarto asado, los tostones, los plátanos rellenos de carne, el caldo de pavo, el chocolomo y la hueva de topota —conocida como el “caviar paliceño”— forman parte de una gastronomía que no necesita adornos para conquistar paladares.

Palizada es ese rincón donde Europa dejó sus tejas, el río conserva sus historias y la selva pone la música de fondo. Un pueblo donde los cocodrilos parecen vecinos, las casas tienen memoria y el pasado no es una carga, sino el principal atractivo, donde, más que visitar un destino turístico, uno entra a una historia que todavía sigue escribiéndose.

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